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Torrefarrera en Fiesta Mayor

Torrefarrera se viste de fiesta en un septiembre que huele a pólvora, música y memoria. Un poema que celebra la identidad, la alegría compartida y la fuerza de un pueblo que late unido en su Fiesta Mayor.

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Septiembre amanece distinto.

Hay un rumor en las calles,

un brillo en las ventanas cerradas,

un murmullo en la plaza que huele

a pólvora y a promesas viejas.

Las banderas tiemblan en el aire

como si el viento también quisiera bailar.

Los niños pintan el suelo con tizas gastadas,

los abuelos repiten las historias

de cuando el mundo era un poco más pequeño

y el campanario marcaba el tiempo del alma.

La fiesta se acerca.

Y Torrefarrera —tranquil, que tot arriba—

se pone su mejor voz:

la que canta verdades sin micrófono,

la que recuerda que el pueblo no es solo un lugar,

sino la gente que lo levanta cada día.

Hay peñas que afinan espacios

y calles que ensayan carcajadas.

La pólvora escribe su poesía en el cielo,

y en cada rincón

hay un abrazo guardado para quien regresa.

Pero también,

en medio de la música y las luces,

alguien susurra que no hay fiesta sin memoria:

que celebrar también es cuidar lo que somos,

que un pueblo no se mantiene en pie

solo con bailes y promesas,

sino con manos dispuestas

a reconstruir lo que el tiempo deshace.

Torrefarrera late fuerte,

como un tambor que desafía al silencio.

Late en las plazas llenas,

en las canciones de barra,

en el cansancio dulce del amanecer

cuando las calles huelen a churros y a historias nuevas.

Porque en esta Fiesta Mayor

no se trata solo de vivir un septiembre más,

sino de recordarnos —entre risas y brindis—

que estamos hechos de la misma tierra,

del mismo cielo que guarda

todas las voces que alguna vez dijeron:

“Aquí, aquest és el meu poble.”

José Manuel Gómez

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