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Leyenda de Sor María del Socorro Astorga Liceras, la Hija Ilustre de Archidona

Retrato de 1916 por R. Palomo

En Archidona, bajo la mística sombra de la plaza Ochavada, nació un alma excepcional. El 30 de octubre de 1769 llegó al mundo María Claudia Josefa Astorga Liceras, primogénita de Francisco de Astorga Frías y María Rosa Liceras. Bautizada el 1 de noviembre en Santa Ana, ya desde niña se dibujaba en su mirada una sensibilidad distinta hacia el sufrimiento humano.

Cuando apenas contaba diez años, un accidente la marcó para siempre: una tijera que perforó su mano le causó un dolor tan cruel que muchos temieron por su vida. Fue en ese trance cuando, al rezar el Rosario de Nuestra Señora de los Dolores, experimentó un alivio milagroso. Sus dedos, entumecidos, comenzaron a moverse, conservando intacta la huella de su entrega a la Virgen.

A los doce años recibió por primera vez a Jesús Sacramentado; a los once sintió en su interior una voz divina que la guiaba hacia una entrega total. A los catorce oyó una voz que le decía: “no te quiero para ese estado (casada), sino para esposa de mi Hijo”, por encima de promesas terrenas.

Iglesia Santa Ana de Archidona

Antes de vestir el hábito de las Mínimas, María del Socorro vivió un episodio que muchos consideran casi profético. Fue al convento de las Agustinas Recoletas de Antequera, donde al llegar al torno, una parienta, sin más saludo que unas palabras sorprendentes, le dijo: “María, con que te has puesto buena para ser religiosa”. Avergonzada y sin entender cómo lo sabían, pasó al locutorio, donde fue recibida por la comunidad entera como si ya fuera una monja. La priora le ofreció quedarse de inmediato, sin más requisitos. Pero María, obediente a su conciencia, no quiso actuar con precipitación sin informar antes a su padre. Aquella decisión pareció cerrar aquella puerta, pues más adelante, al no poder reunir la dote requerida para ingresar —a pesar de recurrir al obispado y al duque de Osuna—, las monjas comunicaron que no podrían acogerla.

Entonces, durante una novena de San Francisco de Paula, implorando luz al Santísimo, vivió una experiencia mística: de la Sagrada Forma salieron unos rayos que formaron sobre su pecho el escudo de las Mínimas. Allí comprendió que ese era su camino. Lo confirmó más tarde cuando, al pasar un coche por la calle Carrera, escuchó en su interior que quien iba dentro era el padre provincial que debía darle la licencia. Y así fue. Poco después, fray Nicolás Batalla autorizó su entrada. El confesor, las religiosas y la comunidad apoyaron su decisión, aunque algunos familiares se resistieron. Pero la voluntad de Dios ya estaba escrita en su corazón.

Convento de las Monjas Mínimas de Jesús María en un recorrido junto al compañero del Proyecto, Blas Toro

Con veintinueve años, el 28 de agosto de 1799, ingresó en el convento de las Monjas Mínimas de Jesús María, adoptando el nombre de sor María del Socorro. Desde aquella reja, su celda fue campo y escuela donde comenzó a consagrar su vida a la oración, la caridad y el ascetismo. Su servicio abarcó desde la portería al puesto de enfermera, cuidando del cuerpo y el alma de quienes acudían a ella.

Vivió escondida tras el silencio de los muros conventuales, pero su fe ardía en la intimidad. Su misión se amplificó por el fruto de su pluma: por obediencia divina comenzó a escribir sus experiencias místicas y pensamientos teológicos. Estos escritos, conservados en más de 1.100 páginas, son hoy un tesoro espiritual custodiado en su monasterio de Archidona. Estos textos recogen su intensa vida interior, sus experiencias sobrenaturales, su unión con Dios y su fidelidad a la voluntad divina.

Entre agosto y octubre de 1811 experimentó vivencias intensas: un ardor profundo en su pecho, la recepción mística de “flechas de amor” que encendían su corazón, y la certeza de que sus escritos comunicarían “la gran misericordia y bondad de Dios” al mundo.

Durante esos años su fama de santidad creció silenciosa. Su humilde silencio y profunda obediencia la convirtieron en modelo de virtud y ejemplo vivo de espiritualidad ignaciana al calor de la Orden de los Mínimos.

El 31 de marzo de 1814, con 44 años, falleció en olor de santidad. Su muerte no fue olvido, pues pronto comenzaron a brillar los testimonios de su vida de pobreza, profunda humildad y sabiduría. En 1825, el Capítulo General de los Mínimos acordó recolectar información jurídica para su causa, iniciándose el expediente en 1828. No obstante, la exclaustración de 1835 interrumpió el proceso, que se reactivó solo en septiembre de 2019 por la diócesis de Málaga.

Cripta en el Convento de las Monjas Mínimas de Archidona

Hoy, María del Socorro es considerada Sierva de Dios: se conserva su retrato al óleo, su crucifijo, las llaves de enfermería y sus manuscritos. En 2015, sus escritos fueron reunidos y editados en un volumen de 638 páginas. En 2018 se estrenó un documental, Renglones de Luz, que narra su vida basada en sus propias palabras.

El 1 de julio de 2023 se abrió oficialmente en Archidona la fase diocesana de su canonización, presidida por el obispo de Málaga, Jesús Catalá, y el postulador de los Mínimos, con la asistencia de las monjas del convento y el Ayuntamiento local. Fue un acto multitudinario en la iglesia del monasterio, donde la comunidad celebró con esperanza este nuevo impulso hacia los altares.

Ese mismo año, el Ayuntamiento la nombró Ciudadana Ilustre de Archidona, un reconocimiento unánime que enalteció su vida espiritual y su legado humano. La distinción coincidió con el avance de su causa de beatificación, testimonio vivo de su devoción y su entrega a los más necesitados.

Grabado del siglo XIX

Desde entonces, su memoria se ha vuelto leyenda viva: feligreses acuden al convento, rezan por su intercesión, dejan flores y sienten su presencia inspiradora. Para algunos, su imagen sigue impregnando de luz la clausura, recordando que la santidad brota con mayor fuerza en lo cotidiano: el silencio, la compasión y la humildad.

Y así, la historia de sor María del Socorro Astorga Liceras, la hija de Archidona que vivió encerrada en rejas y elevó su voz en silencio, se convirtió en leyenda de fe. Porque una vida ofrecida en secreto al amor divino puede cambiar el corazón de un pueblo y alumbrar la esperanza de generaciones. Y este es el legado eterno de nuestra Sierva de Dios, contada aquí con el respeto que merece su historia real, su entrega, sus escritos y su pasión por Dios y la humanidad.

Carlos Álvaro Segura Venegas

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