El último cliente de la doctora Vargas

La doctora Elena Vargas, examinó el cuerpo que reposaba sobre la mesa de acero. El frío del mortuorio del hospital contrastaba con el calor sofocante de su ansiedad. Necesitaba ese cuerpo, necesitaba entender la degeneración neuronal que estaba estudiando. El hospital, con sus fondos menguantes, les había negado el acceso a cadáveres frescos, y su investigación se estancaba.
Recordó la llamada de Javier, el dueño de la funeraria «El Último Adiós». Su voz, suave y persuasiva, le había ofrecido una solución.
‒ Cuerpos sin reclamar, doctora. Un servicio a la ciencia, a un precio razonable.
Elena dudada, la ética médica luchaba contra la desesperación científica. Al final, la necesidad ganó.
El cuerpo ante ella era perfecto, sin signos de enfermedad aparente. Comenzó la autopsia, cada corte preciso, cada órgano examinado con meticulosidad. La mente de Elena se sumergió en la investigación, olvidando por completo la procedencia del cadáver.
Al recoger y limpiar el quirófano encontró, entre la ropa del difunto, un rosario de madera, desgastado por el uso. Un escalofrío recorrió su espalda. Recordó la mirada de Javier, su sonrisa demasiado amplia, sus palabras sobre «cuerpos sin reclamar». ¿Y si se había equivocado? ¿Y si ese cuerpo tenía familia, una historia, un nombre?
Esa noche, Elena no durmió. La culpa la consumía, la imagen del rosario permanecía grabada en su mente. Al día siguiente, visitó la funeraria. Javier la recibió con su sonrisa habitual, pero sus ojos brillaban con una frialdad inquietante.
‒ Hoy le puedo ofrecer un excelente espécimen, doctora. Perfecto para la ciencia ‒ dijo Javier, palmeando un ataúd cercano.
A Elena se le revolvió el estómago.
‒ No más ‒ dijo con voz temblorosa ‒ No quiero más cuerpos.
Javier se encogió de hombros.
‒ Como desee, doctora. Pero recuerde, la ciencia tiene un precio. Si cambia de opinión sabe dónde encontrarme.
Elena salió de la funeraria. Sabía que había cruzado la línea, que la ciencia y la ética a veces eran enemigos irreconciliables y que la imagen del rosario de madera, la perseguiría para siempre.

