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La ilusión que florecía en la sonrisa de Clara estaba tan arraigada que ni el perene malhumor de sor Visitación, que no se esforzaba en disimularlo, lograba que se borrara, y eso que la huraña monja no le escatimaba rencorosas miradas, por hacerla madrugar más que al resto de la congregación. Ninguna de las dos podía evitarlo.

Clara era la primera en llegar al colegio; su padre la acercaba todos los días antes de ir a trabajar; siempre llegaba una hora antes que sus compañeras, pero no quedaba más remedio porque su padre tenía que estar en el trabajo a las ocho y media y el colegio estaba al otro lado de la ciudad, en el barrio de los pudientes.

Sor Visitación abría la puerta refunfuñando, pero sin que su lengua dejara de hurgar entre los dientes buscando reliquias del desayuno que había engullido de cualquier manera en la cocina, pues el comedor no se abría hasta media hora más tarde. ¡Y todo para que aquella estúpida niña no esperara sola en la calle hasta las nueve! «Pero la madre superiora había ordenado que abriera la portería una hora antes y contra eso no habían peros».

Clara, de humilde origen, desentonaba en aquel lugar, demasiado «refinado» para ella, pero había tenido la suerte de ser elegida por el patrón de su padre para compartir estudios con su hija Matilde en aquel prestigioso Colegio. Y, aunque pudiera parecer un simple acto de filantropía, no se trataba más que de la terapia que un sicólogo de moda había urdido para que la melancolía y el complejo de inferioridad que, periódicamente, tendían a adueñarse de Matilde se evitaran humillando a Clara. Matilde, con ella, presumía de poseer el «juguete más exclusivo del colegio», aunque permitía a sus amigas, las que la llamaban Matuca, que lo compartieran.

Clara, en contra de lo que se pueda pensar, agradecía al dios de las monjas cada insulto que recibía, porque a cambio de aquel menoscabo podía tener unos estudios tan completos.

Aunque compartían aulas y estudios, Clara no tenía amigas, ni podía aspirar a temerlas. Su función concluía con que Matuca se encontrara bien y, en eso se incluía hacer más llevadero el aburrimiento de sus amigas. Si Matuca o sus amigas descubrían en ella alguna manifestación de la penuria, les daba otro motivo para burlarse de ella; pero cada afrenta significaba para Clara la posible prórroga de su «beca».

Bordado

Ese día regresaban al colegio tras las vacaciones de Navidad; todas sus compañeras habían llegado, como si se hubieran puesto de acuerdo, cinco minutos antes de las nueve, descendían de impresionantes automóviles tratando de acaparar la expectación de las presentes; intercambiaban entre ellas besos que ennoblecerían el de Judas, mentían sobre lo bellas que se encontraban y, al pasar junto a Clara, escupian algún reproche o menosprecio. También agradecía ese comportamiento; así no precisaba interpretar que intención escondían los besos que no le daban, simplemente le refregaban su opinión.

Todas con regalos de los que presumir, de Papá Noel o de los Reyes Magos, todas habían sido «sorprendidas» con los carísimos regalos que habían exigido a sus progenitores; ahora el juego consistía en despertar la envidia ajena.

Pero Clara sabía que ellas no estaban tan ilusionadas como ella con su regalo ¡Y eso que ni había llegado a mencionarlo! Todos los comentarios de sus compañeras versaban sobre el precio, la marca o lo que de él decía alguna influencer; nunca de la ilusión que les había despertado. A ella el suyo no la había sorprendido; llevaba meses disfrutando la ilusión de alcanzarlo, aún sin estar segura de recibirlo; llegar a tenerlo había sido el colofón.

A ella los Reyes no le habían dejado una Tablet como a Amanda que, aunque ignoraba su manejo, justificaría que se arrimara a Sergio, al que le habían dejado una casi igual, solo que de una generación anterior; el padre de Sergio no tenía negocios en Corea del Sur.

Lo de Gertrudis había sido más espectacular, en cuanto bajó del coche, a pesar del frio que hacía, se había quitado la chaqueta y el chaleco de lana que llevaba hasta dejar al descubierto la blusa, de la que se desabrochó varios botones para que sus amigas pudieran comprobar que sus nuevos pechos eran auténticos, no un vulgar relleno. Durante ese año sería la envidia de sus compañeras, cuyos padres no les permitían la operación hasta que cumplieran los catorce.

A Eloísa, un Papá Noel, espléndido y musical, le había regalado la oportunidad de ser la grupi de su conjunto musical favorito, al que había seguido durante las vacaciones, en cuatro de sus inolvidables actuaciones a través de tres continentes; en una ocasión había compartido hotel con ellos y contaba que había «contactado» con el miembro más guapo; no hubo forma de que aclarara a que se refería con aquel «contactado»; ella lo había dejado a la imaginación de sus amigas; la envidia de Leonor, aliada con su patológica imaginación, no tardó en dar un grosera interpretación al término.

Y todas, absolutamente todas menos a Clara, habían llegado con el último modelo de IPhone. Lo que reducía el campo de la competitividad de sus poseedoras al número de contactos que almacenaban o a sus colores, que era lo único que los diferenciaba. Eran regalos tan cantados que, una vez exhibidos, perdieron el encanto.

Clara, por si le preguntaban que regalo había recibido, había pensado responder lo que esperaban de ella: ninguno. Pero no tuvo oportunidad de decirlo.

Los tiempos, en su casa, no estaban para regalos porque, aunque el colegio, los libros, el uniforme y la media pensión corrieran por cuenta del padre de Matilde, habían pequeños gastos, como la gasolina que consumía el ciclomotor con que su padre la acercaba al Colegio o aquellas pequeñas cosas que, aun siendo necesarias, como el desodorante, la tintorería para algunas prendas del uniforme, que no admitían lavadora, el jabón para la ducha, pues las monjas no le permitían usar la pastilla de Lagarto que se había llevado de casa y otras fruslerías, no estaban incluidas en la beca que su padre negoció con el de Matilde, y aunque minucias desequilibraban el presupuesto doméstico.

Sin embargo, a Clara le había llegado un regalo el día de Reyes, el que su imaginación llevaba disfrutando varios meses; exactamente desde aquella tarde de sábado, en que viendo lo contentos que sus padres se levantaban de la siesta, se atrevió a pedirle a su madre, con voz trémula por la inseguridad, ese regalo para Reyes y recibió por respuesta la segunda frase más pronunciada por su madre: «Ya veremos para entonces… según vayan las cosas»; la primera era «eso no se puede hija mía».

Desde ese día la ilusión había encontrado un resquicio por el que anidar en su esperanza y había disfrutado aquel regalo como si lo poseyera, con la ventaja de que, por mucho que pensara en él, no se desgastaba, ni podía romperse; Fueron miles los proyectos que su imaginación tejió y, a pesar de ello, no se cansó ni se aburrió con él, ni mucho menos cuando lo tuvo en sus manos; lo miraba y contemplaba por todos sus lados y no se cansaba de realizar proyectos sobre él. Era una ilusión que duraría más que el propio regalo: un carrete de hilo de seis hebras de un precioso color rosa francés para bordar a mano; ahora podría escribir sus iniciales en todas las prendas del uniforme y que, a partir de ese momento, serían algo más suyas y que cada vez que las viera recordaría la ilusión con que las bordó.

Ha pasado un año y Clara no deja de soñar lo que seguirá bordando con lo que le queda de aquel hilo; sigue tan ilusionada con aquel pequeño regalo que ha olvidado pedir otro para este año; aunque lo tiene muy pensado: se conforma con no ser nunca como sus compañeras.

 

Alberto Giménez Prieto

Cuesta San Blas 1

MRW

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  1. Preciosa historia y muy humana. Me recuerda los equilibrios k hacían mis padres con lo poco k tenían para sacar adelante la familia y tb ayudar a otras personas.
    Dicen k hay k querer + lo k un@ tiene, k tener lo k uno quiere.
    No es lo mismo valor y precio.
    Me encantó el relato. Gracias. Toda ina enseñanza de vida.

  2. Chapó. No solo es bueno literariamente en su escritura, es lo «siguiente», como se dice ahora, en cuanto al mensaje sobre esta mierda de mundo social en la que se desenvuelve la juventud durante su escolaridad. Es una pena…
    Pero espero que esto lo lean todos esos jóvenes y que haya muchas Clara para que vivan su propio mundo en su día a día.

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