Portada » H A C E S D E L U Z Alfredo REFLEXION FILOSÓFICO-TEOLÓGICA: ATEISMO (II)

H A C E S D E L U Z Alfredo REFLEXION FILOSÓFICO-TEOLÓGICA: ATEISMO (II)

Una detenida  lectura – hoy 5 de julio – del apóstol Pablo ( 2Cor.12,7-10) me ha dado la  suficiente  fuerza  para enfrentarme a la terrible y preocupante problemática del hombre actual: la creencia de un Ser Trascendental. “Para que no tenga  soberbia, hermanos, me han metido una espina en la carne, un ángel  de Satanás que me apalea. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: “Te basta  mi gracia, la fuerza se realiza  en  la debilidad”. Por eso, vivo contento  en  medio  de mis debilidades, porque  así  residirá en  mí  la  fuerza de Cristo”. También yo he pedido a Dios la suficiente luz para no  volver a sentir  los estigmas de la duda, sino sentir que Jesucristo me habla – mejor,  nos  habla – de una alegría  compartida, de un gozo  que nos brota de caminar por la vida con  una infinita  esperanza. Sencillamente porque no estamos solos, porque el Maestro  nos  lleva de la mano. Y esto, por  desgracia, no  lo  pueden decir quienes no admiten  la existencia de Dios: ATEISMO, doctrina que  niega la existencia  de Dios, como ya hemos expuesto. Ahora bien, este definición, que  tan  clara y precisa aparece a primera vista, se nos  complica extraordinariamente si nos  detenemos  a  contemplar la enorme diversidad de imágenes de Dios  que existen, han  existido y existirán  en  nuestro  mundo.

Si  Dios “es”, es tan  grande  que se nos  escapa; sólo podemos hablar de El por  medio  de comparaciones, de analogías. Simples  balbuceos. Lo que no podemos hacer  es  definirlo, porque ello fuera  abarcarlo, estar  por  encima de El  y,  en  consecuencia, negarlo. Mal  podemos, pues,  definir  el  ateísmo, ya  que  su  definición  se  asienta en la previa  definición de Dios.

Estoy hablando, queridos  lectores de GRANADA COSTA,  en  un terreno  puramente filosófico, pero intentaré explicarme lo mejor posible. La Teodicea (Teología  Natural) ha sido, desde mis inicios en la Filosofía, la asignatura que mayor interés me ofrecía. Sigamos, pues. Pensemos, además, que en una misma persona existen  sucesivamente diversas imágenes de la divinidad: un  dios de la infancia, color  de rosa, acogedor; un  dios negro de la adolescencia, amenazador; un  dios  adulto, si  se llega a él, puramente incoloro, indeterminado,  vagamente trascendente. Naturalmente, hay toda una serie de imágenes intermedias de los  más  variados matices.

Pensemos igualmente que la imagen  que tenga de Dios una persona,  en un momento determinado  de sus existencia, depende  mucho  del lugar en donde ha ido  caer la tal persona. Las  geografías han  conocido  también  un largo  desfile de dioses  a través  de los tiempos. En la Historia se registran  imágenes de  Dios todavía  en  vigencia, imágenes  en gestación e imágenes ya idas y caducas. En  el  momento  presente podemos reducir a dos grandes grupos las  imágenes de la divinidad: la oriental y la occidental. Oriente tiene un  dios impersonal en perpetua  fluidez; Occidente, heredado  culturalmente de los  judíos, pose un  dios  personal  creador y  amante de su creación. El  primero  anda sujeto  al  fatalismo; el  segundo  disfruta de iniciativa. El primero  es el  del  hinduísmo; el  segundo el de las  religiones judeo-cristianas. Es  decir, judaísmo,  cristianismo, islamismo.

Pero hubo  un  tiempo en  que, en Siria y México, por ejemplo, los  dioses  se  comían  a  los  hombres; en Egipto  hubo  épocas en que sus dioses sólo admitían en  la otra vida a los  faraones y familia; en  Grecia los dioses  se  divertían  jugando  con  los hombres, o enfadándose  unos  con otros a causa de éstos, o copulando  con éstos en las más  variadas formas; Roma, incapaz  de originalidad, coleccionaba  dioses  de todas las nacionalidades. El  mismo  dios occidental  ha pasado por por  un  Antiguo  y Nuevo  Testamento y por una  historia de la Iglesia, adoptando  diversas imágenes  populares. Se ha presentado  como un dios  revolucionario,  un  dios  reaccionario, perseguidor, inquisitorial; para transformarse  más  tarde en un  dios amistoso y democrático.

Al  parecer, pues, resultan  tantas imágenes de  Dios como  circunstancias  y  momentos culturales. Escoger un dios es  ser ateo para infinitos  dioses distintos. El ateo de Molok, el ateo de Júpiter, o de Ra, o de Brahma, de Alá o del  Dios Uno y Trino, no son exactamente  lo  mismo. Es muy probable que tal o cual ateo, en otro  lugar, otro  tiempo o bajo  la tutela  de otra divinidad, dejara de  ser  ateo.

Un filósofo  griego  podía  ser  ateo para  todos  sus contemporáneos y estar más cerca de Dios que ninguno de  ellos, y esto en  el  supuesto de que nuestro Dios de aquí y ahora sea “el verdadero” -yo, al menos, no tengo la menor duda -. Un dios se alimenta – escribe  Octavio  Fullat Genis – de  la negación  de  todos  los demás dioses. Aceptar éste  o  aquél, es sacrificarle todos  los restantes, de alguna manera posibles, cfr. “Historia de las religiones”, Vol. 3, pág. 224 (Barcelona, 1972).

No se puede, pues, dar una definición de ateísmo totalmente aséptica y  aceptada por todos, porque la idea de Dios  está demasiado  comprometida  con  las  circunstancias. Para escapar del ateismo total, uno habría de creer en todos los dioses habidos y por haber. Pero creer en todos es – según  mi criterio – no creer en ninguno.

En vista de todo esto, aunque sólo sea para entendernos, aceptemos como Dios con mayúscula a nuestro Dios occidental  según  la tradición  judeo-cristiana. Y ello, por de pronto, por la sencilla razón de que nosotros vivimos en Occidente. Este Dios se caracteriza por  ser  Creador y Trascendente, Causa incausada de todo cuanto hay, ama a los  hombres y ejerce su providencia sobre todas las criaturas. Entendemos, pues,  aquí por “ateo” a todo aquel  que niega la existencia de Dios tal como  es  concebida  en nuestra civilización occidental.

Una vez negada la existencia  del Trascendente, el ateo ya no lucha contra  Él porque sería  luchar  contra nadie; lucha, al menos en teoría, contra la idea de Dios  en  el  hombre  y, por tanto,  todo  ateo  es  antirreligioso. En la práctica, el ateo  corriente dejará andar  al mundo para no  complicarse la  vida.

 

Julio de 2015

 (Continuará).

Alfredo  Arrebola, Doctor  en Filosofía y Letras

Deja un comentario