Por nombre Mary
Cuando escribes, buscas la verdad de las cosas, ahondas en ellas, pero al comenzar a ahondar, te mueves por profundidades jamás exploradas, entras en el mundo subterráneo que solo es conocido por propios.
Cuando escribes, te dejas llevar por emociones que abandonan su timidez para convertirse en aliadas de líneas descaradas que relatan hechos, sin el temor a que el viento se lleve las palabras pronunciadas.
Cuando escribes, inventas fantasías nunca soñadas en noches durmientes, inventas historias no explicadas en tardes de espera y los personajes crean relatos que toman vida para compartir sueños.
Cuando escribes, buscas la verdad de las cosas, ahondas en ellas, pero al comenzar a ahondar, te mueves por profundidades jamás exploradas, entras en el mundo subterráneo que solo es conocido por propios.
Cuando escribes, te dejas llevar por emociones que abandonan su timidez para convertirse en aliadas de líneas descaradas que relatan hechos, sin el temor a que el viento se lleve las palabras pronunciadas.
Cuando escribes, inventas fantasías nunca soñadas en noches durmientes, inventas historias no explicadas en tardes de espera y los personajes crean relatos que toman vida para compartir sueños.
Cuando escribes, abandonas el mundo conocido para conquistar otros, inicias proyectos de mejoras de obras empezadas o futuras sin temor a derribos. Cuando escribes, desnudas el alma
¿Quién le iba a decir a Mary de pequeña, que un día viajaría por Montes y Llanos…?
¿Quién dulce niña, sabe los recodos de los caminos de nuestra existencia?
Desenvuelta y juguetona, Mari hacía cautivos de su sonrisa inquieta a cuantos la acunaban en el moisés de su existencia. Niña de ojos canela, cabellos de soleados tonos y manos ágiles con pinceles dibujando lunas en mañanas veraniegas…
De familia andaluza, compartió tradiciones alentándolas a burlar eternamente al tiempo, saboreando una educación llena de matices vivos, lugar, donde cultura y sentimiento se aliaban dando forma a su personalidad vivaracha.
Desde ese lugar donde la infancia fragua las actitudes y valores, aprendía de su abuelo el arte del toreo y el fervor cristiano. Manolo “aficionao y entendio” de la Fiesta, fue docente de ilusiones hacia un toreo de belleza, de magia sin cabida para el dolor y la tragedia, dirigiendo las enseñanzas hacía su nieta, ella, colocada recta sobre el tapiz de arena en una plaza imaginaría, sujetaba con distinción el capote improvisado de colores y tamaños variopintos, sonreía torera la niña, sosteniendo un paño diferente en cada lección, pues este, variaba dependiendo del trapo más cercano al alcance de la mano del profesor de tauromaquia. Manolo o Don Manué, como solían llamarle, en función del cometido de sus tareas, guardó siempre, pese haber dejado de joven la ciudad Tarifa, veneración a su Patrona, la Virgen de la Luz. Fue tanto el empeño en mantener su fervor que contagió a su propia familia, es más, creo haber escuchado a la madre de Mari comentar, que de pequeña soñaba con cambiar su nombre por el de la Virgen Tarifeña.
Manolo, como aquí lo llamaremos, era perseverante como cualquier maestro que se aprecie. La niña escuchaba atenta las lecciones, mientras aprendía chicuelitas… manoletinas… Embriagada por el aroma de viejos barriles centinelas que custodiaban vinos añejos en la bodega de su abuelo, allí, con los oídos del alma, capoteaba al viento oyendo hablar de Manolete antes de saber leer ninguna de las letras que componían su nombre. A ella, le gustaba estar a la espera del regreso del “Maestro” de ferias taurinas donde Manolo, vestido siempre de traje y sombrero de ala ancha, en tarde de corridas, volvía trayendo como equipaje, un paquetito de cidra comprada en algún puesto ambulante, de cualquier ciudad o de pueblo de Andalucía.
Pasaban los días y pasaban los años, y la niña creció sin tardes de “sol y sombra”, recuerdo haberle oído decir que nunca había estado en una corrida de toros, pese a sus clases particulares cuando era niña sentada junto a barriles, ya que creció lejos del aroma de moscateles, vinos de crianza y cidras de antaño, pero siempre que va a una feria mira de reojo los puestos de almendras y turrones, con la añoranza del pasado vivo.
Hoy ya mujer sigue impregnada por ese aroma que desde niña le hizo amar a Andalucia
A mi abuelo. Don Manuel Meléndez Téllez
