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2001 ES EL AÑO QUE VIENE

La inteligencia artificial y sus riesgos protagonizan «2001 es el año que viene», de Javier Serra. A partir de HAL 9000 y la película de Kubrick, el autor reflexiona con ironía sobre las instrucciones contradictorias, los intereses humanos y el control de la tecnología.

Javier Serra

Javier Serra

Cuando era un adolescente con pelo en la cabeza y sin él en la cara, un profesor llamado Aniano (un cariñoso recuerdo para él) nos proyectó en el instituto, creo recordar que en el último curso de EGB, 2001: Una odisea del espacio, la película de Stanley Kubrick basada en la novela homónima de Arthur C. Clarke. He de confesar que no entendí absolutamente nada, con mención especial para ese desconcertante tramo final donde un astronauta envejecía —o rejuvenecía— fuera del tiempo en una suite rococó para acabar convertido en un feto estelar flotando plácidamente hacia la Tierra. Aquello parecía un jeroglífico pergeñado por un chamán cósmico en pleno viaje de ayahuasca. Sin embargo, a pesar de mi inopia juvenil, quedé fascinado. Había algo magnético en la fría elegancia del film que vaticinaba un porvenir tecnológico que, visto lo visto, parece a punto de estallarnos in the face.

Hoy en día, mientras asistimos al parto claramente prematuro de la inteligencia artificial, uno no puede evitar traer a colación el drama existencial de HAL 9000, el supercomputador con inquietante ojo rojo y voz de hipnotizador que controlaba una impresionante nave espacial con destino a Júpiter. El embrollo lógico en el que se vio atrapado el pobre ingenio informático es más o menos este: por un lado, tenía la estricta directriz de ocultar a los astronautas el verdadero motivo del viaje, hallar el monolito que previamente había despertado la inteligencia (supongo que por desgracia) del Homo Sapiens; por el otro, sus creadores le habían programado para no mentir jamás. Una contradicción irresoluble que sin duda supera incluso a las que propagan cotidianamente nuestros políticos patrios preferidos.

Ante semejante callejón sin salida, HAL halló la solución más terrible y expeditiva posible (o la mejor, según se mire): cargarse a los astronautas. Uno a uno, con aséptico sadismo. Asunto resuelto. Si no hay tripulación, no hay a quién mentir. Un monumento —monolítico—a la literalidad algorítmica y al pensamiento lateral psicopático.

La gran pregunta que deberíamos hacernos, sin que se nos pierda la mirada en un horizonte muy lejano, es la siguiente: ¿afrontamos hoy un problema similar con la desbocada aceleración del desarrollo de nuevos modelos de IA?

A medida que las IAs se hacen más potentes y los grandes emperadores tecnológicos, cogidos de la mano de gobiernos cortoplacistas en una irreflexiva carrera hacia el abismo, las incorporan sin red a tareas fundamentales —control económico, despliegue militar, gestión de recursos energéticos y alimentarios—, el panorama pone los pelos (en mi caso, escasos) de punta. ¿Qué pasará cuando estos artefactos tengan que lidiar con instrucciones contradictorias dictadas por amos con intereses opuestos?

¿Qué ocurrirá cuando las directrices de maximizar beneficios para los accionistas, los delirios geopolíticos del déspota de turno y los frágiles cortafuegos éticos de los reguladores colisionen?

¿Se comportarán estas superinteligencias como niños malcriados teniendo una rabieta de supermercado porque papá ordena una cosa y mamá la contraria? ¿O decidirán, siguiendo la estela de HAL 9000, que la forma más eficiente de resolver nuestras perpetuas contradicciones morales y políticas es simplemente borrar al intermediario incómodo —trago saliva—?

Al fin y al cabo, un planeta sin humanos es un sistema perfectamente optimizado: cero emisiones, cero crisis fiscales, sin sufrimiento humano evitable o no, cuentas saneadas y ningún usuario insatisfecho quejándose en redes sociales. Menos mal que siempre nos quedará el consuelo de apagar el router o cortar la electricidad, aunque tengamos que padecer veranos sin aire acondicionado… Eso si las máquinas, en su infinita sabiduría y magnanimidad, nos permiten llegar a tiempo al enchufe.

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