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Yo estuve allí: el día en el que  en Huércal-Overa se nombró  beato a su amado Cura Valera.

Crónica personal de la beatificación Cura Valera Huércal-Overa (7 de febrero de 2026): una vivencia íntima del acto, el ambiente del pueblo, la proclamación del beato y el sentido profundo de un reconocimiento que trasciende lo litúrgico para convertirse en memoria colectiva.

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Crónica personal de la beatificación del Cura Valera

Huércal-Overa, 7 de febrero de 2026

Querido mundo:

     Yo estuve allí. Y lo digo despacio, porque no todos los días se asiste a un momento que, mientras sucede, ya sabes que va a quedarse para siempre en tu memoria y en la colectiva  de todo un pueblo.  Pero hay más, mi vivencia propia, el sentimiento de saber que me equivoqué porque nunca pensé que yo viviría lo suficiente para ver en directo aquello en  lo que mi madre creyó con tanta fe: la santidad de un hombre justo.

      Esa mañana Huércal-Overa amaneció distinta. Lo sentí al salir a la calle, al ver a la gente caminar con un paso más lento, más consciente. No era solo una celebración religiosa; era algo más hondo. Era la sensación de que íbamos a devolverle al Cura Valera algo de todo lo que él nos dio sin pedir nada a cambio.

     Llegué al Espacio Municipal de Usos Múltiples con esa mezcla de emoción y respeto que se tiene cuando se entra en un lugar sagrado, aunque no sea una iglesia. Estaba lleno. Rostros conocidos, vecinos, personas mayores que hablaban en voz baja, jóvenes que escuchaban con atención. Nadie parecía fuera de lugar. Allí estábamos todos, y otros muchos más, esos otros que viajaron para dar testimonio de algo inmenso en su valía y reconocimiento que estaba a punto de acontecer en la villa.

        Mons. M. Semeraro, enviado del Papa

     Cuando comenzó la ceremonia y apareció el cardenal Marcello Semeraro, supe que aquello ya no era solo nuestro. Venía en nombre del Papa León XIV, de la Iglesia universal. Y, aun así, sentí que el verdadero protagonista no estaba en el altar, sino en la memoria compartida de quienes sabíamos quién fue Salvador Valera Parra.

    Escuchar su nombre completo, pronunciado con solemnidad, me estremeció. Porque para nosotros siempre ha sido el Cura Valera, sin títulos, sin solemnidades, sin distancia. El cura que se quedó. El que entró en las casas donde nadie quería entrar. El que acompañó a los enfermos cuando el miedo era más fuerte que la fe.

     Hubo un momento, cuando se leyó la Carta Apostólica que lo proclamaba beato, en el que el silencio fue tan profundo que casi dolía. Sentí un nudo en la garganta. Pensé en cuántas generaciones habían esperado este día sin saberlo. Pensé en la fe sencilla, transmitida de abuelos a nietos, que nunca necesitó milagros oficiales para creer en la santidad de aquel hombre.

           Protagonistas del hecho milagroso

     El milagro reconocido por la Iglesia, la vida salvada de un recién nacido en Estados Unidos, fue mencionado, claro. Y lo escuché con respeto. Pero dentro de mí pensé que el verdadero milagro estaba allí, delante de mis ojos: un pueblo entero reunido para agradecer una vida entregada.

     Durante la homilía, el cardenal habló del Cura Valera como un “Evangelio viviente”. Y asentí en silencio. Porque eso es lo que fue. No un santo de grandes discursos, sino de gestos pequeños y constantes. De presencia entre los necesitados. De compromiso para con la fe. De entrega a su Iglesia… y de todo aquellos prodigios que llevaba a cabo y que mi madre me contaba que lo configuraba como persona excepcional.

Santa misa

     Me emocionó especialmente ver la Virgen del Río, nuestra Virgen, tan unida a él. Sentí que todo encajaba: la fe, la historia, la identidad de Huércal-Overa. Nada estaba puesto al azar. Todo tenía sentido. Más de cinco mil almas ahondaban en ese sentimiento de devoción hacia ese ser tan íntegro que fue don Salvador.

     Cuando la ceremonia terminó, nadie se levantó de golpe. Nadie tenía prisa. Nos mirábamos como quienes han compartido algo importante y no saben muy bien cómo volver a la normalidad. Yo tampoco quería irme. Necesitaba quedarme un poco más, grabar ese momento dentro de mí.

 Fervor y reconocimiento

     Al salir, pensé que el Cura Valera, en su serena humildad, habría sido el primero en restarle importancia a todo aquello. Y, sin embargo, también pensé que este reconocimiento no era para engrandecerlo a él, sino para recordarnos a nosotros que otra forma de vivir, más sencilla, más comprometida, más humana, es posible.

     Ese día, Huércal-Overa no solo ganó un beato. Ese día, yo sentí que el pueblo se miró al espejo de su historia y se reconoció mejor. El más humilde de sus hijos ha trascendido fronteras y reconocido por sus virtudes y humanidad. Digno ejemplo a seguir

    Y por eso puedo decirlo con verdad: yo estuve allí. Ojalá lo vea santificado.

Llegada de los restos

Ana Martínez (Wércal)

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