VUELVO DE NUEVO AL BUBIA

Quise nuevamente encontrar los odres llenos
de vino nuevo con que alegrar la vida.
Los lagares estaban mudos, los odres vacíos
y la artesa tirada, rota por los suelos.
Y quise llegar al corazón que ya no siento.
Pero el incienso de tu cáliz aromó la tarde.
Que, al fin y al cabo, todos tenemos clavados
millones de espinas en nuestro débil pecho.
Vi la argamasa de tus manos inolvidables.
Y quise sentir el aroma de tus besos en mis labios.
Que se pone la tarde roja de vergüenza,
y las caléndulas de azafrán enmudece el día.
Y volví al Bubia, río que no llega a ninguna parte.
Río en que buscábamos las moras por la tarde.
Volaba el alcotán y supe, en ese momento,
que siempre tus odres para mí estarían vacíos.
Pero no soy el hombre errante que tú piensas
ni de plomo son mis pies para buscarte.
Pues si tus odres están ahora para mí vacíos
yo tengo el corazón rebosante de tu recuerdo.
El recuerdo en lo lejano, y porque fue un día
cuando vi las artesas molturando la uva
y vi los odres a rebosar de oloroso mosto,
y vi tus manos sobre las mías abandonadas.
Puede ser que algún día vuelva de nuevo
a tu río y a tu lagar, si este nuevamente funciona.
Ver las piedras triturar las uvas doradas y crujientes
y que tú me enseñes, sin recato alguno, tus odres llenos.

