Portada » VUELTA A LA VIDA

Dionisio M. A. estaba en su despacho en casa nervioso, cabreado y con un intenso desasosiego. Repasaba el último informe de las bolsas de todo el mundo. En ellas se reflejaba una gran crisis, un desastre pues la bajada era brutal, pero lo que más le afectaba  a él era el Ibex 35 donde tenía la mayoría de sus acciones, bonos, obligaciones, títulos y otros efectos mercantiles. La Bolsa el día 19 de marzo había bajado un 30% debido a la pandemia del coronavirus. Echó mano de la lista de valores que poseía y de un ligero vistazo calculó lo que había perdido  por causa de este bicho, del coronavirus, que así por encima sumaba unos 400.000 euros. Una rabia incontenible le hacía deambular por los 600 m2 de su casa, día y noche, pues había perdido también el sueño. El confinamiento en casa no le había limitado el ejercicio físico pues sin darse cuenta recorría diariamente en casa  al menos unos diez km. pero con una gran tensión e impotencia.

         En una pausa de esta carrera en casa  llama a su gestor administrativo y le cuenta lo que le está ocurriendo en su economía por la caída de la bolsa. Su gerente con el fin de tranquilizarlo  le dice que como eso es mal de muchos no duele tanto y que en vez de pérdida lo tome  como que ha dejado de ganar y que piense en positivo, pues todo lo que baja suele subir lo mismo que lo que sube baja. También le hizo notar que se contentara con la cuenta de resultados de sus empresas del año 2019, con un total líquido de 4 millones de euros.

         Las palabras de su contable parece que paliaron un poco  su zozobra, pero no eliminó todo su mal, en su interior seguía martilleándole los cuatrocientos mil euros que había dejado de ganar o había perdido según él. En esto estaba cuando le vino  un fuerte golpe de tos. Fue su mujer la que le hizo caer en la cuenta de que desde que se levantó  no había dejado de toser; y ahora además le costaba cierto esfuerzo respirar que achacó el haber estado inclinado sobre la mesa mientras hablaba por teléfono, así que se puso en pie y comenzó la tarea andariega por el piso. Pero las molestias respiratorias y la tos no cedían sino que aumentaba. Llama a su médico de cabecera y se lo cuenta. Éste le dice  que se tome la temperatura y el termómetro se dispara, sube a 40º C. ¡Tiene los tres síntomas del coronavirus: fiebre alta, tos y dificultad respiratoria! En aquel momento pasó por su cabeza que aquellas tres cosas según había oído por la radio y la televisión eran señales claras del contagio del COVID-19. Se quedó sin habla, paralizado, sin reacción; él que siempre había presumido de valentía, de iniciativa, de ingenio, de “hombre echado palante”. Su mujer toma el teléfono y se lo cuenta a su médico y al mismo tiempo le dice que se encargue de su ingreso en la mejor clínica de Madrid sin reparar en gastos.

         Pasada media hora llama el médico a la familia de Dionisio y le dice que lo ingresarían en el hospital de cierta compañía sanitaria porque las clínicas privadas prestigiosas están saturadas de altos cargos de la política y no disponen de personal sanitario y tampoco de espacio. Por otra parte, sólo tienen acceso las personas que no pasen de los 65 años, y Dionisio tiene 73; y añade como coletilla: “no ha sido fácil, es gracias a las amistades que tengo en ese hospital”.

         Dionisio es trasladado de inmediato, casi ahogándose, e semiinconsciente al hospital para su tratamiento.

Hasta aquí lo que cuenta la mujer de Dionisio.

Ahora Dionisio ha sido dado de alta y reposa en su casa. Pasa todo el día en su amplio despacho pero no en su mesa de trabajo sino en un sillón relax, en silencio absoluto, sin aparente preocupación alguna por el desarrollo de la Bolsa, ni por sus muchas empresas. Tiene a mano la Biblia que lee todos los días con largas meditaciones como si nada le importase ya; y sin dar ninguna explicación ha donado a los servicios sanitarios, a Cáritas y a otras instituciones sociales, un millón de euros para atención sanitaria,  ante el asombro y desesperación de su mujer, que le ha comentado a su médico de cabecera que el coronavirus lo ha dejado tonto, y parece estar en el otro mundo y no en éste.

Dionisio que lo oyó todo comentó en voz alta: “tonto he estado hasta ahora; en el otro mundo he estado pero en estos momentos estoy en éste”.

     Han pasado ya 15 días y también la cuarentena a la que estuvo sometido, está totalmente curado. Sólo su mujer insiste en que de su cabeza no está bien y si continua por el nuevo camino que ha emprendido, lo va a llevar a la ruina porque sigue donando grandes cantidades de dinero para obras de caridad.

         Ante la desesperación de la mujer y su insistencia, su médico se encerró con Dionisio en su despacho y le pidió una explicación a su nuevo modo de actuar. De entrada se negó pero después de un buen rato de reflexión accedió a contarle lo que sigue, no sin antes advertirle que no saque conclusiones rápidas y simplistas porque serán erróneas:

      “Lo único que recuerdo antes de mi ingreso en el hospital es que me encontraba en mi despacho repasando las informaciones sobre la Bolsa y el balance de mi situación económica. Después como si se tratara de la secuencia de una película vi mi cuerpo en una cama  con una especie de mascarilla parecida a la de un buzo enchufada a una máquina, unos cables conectados a una pantalla como de ordenador en la que una luz oscilaba en forma de dientes de sierra y una enfermera pendiente de aquella luz. Yo permanecía por encima de mi cuerpo a una distancia de unos dos metros, como si flotara en el aire. No comprendía nada de lo que estaba ocurriendo. No obstante, yo me encontraba muy feliz, tranquilo, con una gran sensación de paz. De repente aquella lucecita oscilante en vez de trazar una línea en pico lo hizo en una línea recta. La enfermera se puso muy nerviosa al tiempo que musitó: ¡Se va, se va! Salió corriendo de la habitación para avisar al médico y cuando éste llegó habían  pasados varios  minutos. Empezó a mirar y a  tocar las máquinas, a tomarme el pulso y otras cuantas maniobras, y después miró a mis ojos, y sentenció: “No hay nada que hacer”. Mientras mi cuerpo permanecía inmóvil en la cama yo era atraído hacia una zona de luz muy brillante que no molestaba a los ojos. Era un lugar resplandeciente. La sensación de paz y alegría era inmensa; no sabía hacía dónde iba pero tenía que ser algo bueno y hermoso. De repente me di cuenta de que no llevaba nada en las manos ni en el cuerpo, iba desnudo. Entonces, haciendo un gran esfuerzo  volví a la habitación donde permanecía mi cuerpo que ya estaba a punto de desconectarlo de todos los aparatos. De repente en la pantalla apareció de nuevo  aquella luz oscilante que  trazaba la luz en forma de triángulos. La enfermera comenzó a dar saltos de alegría  al tiempo que decía: “¡Ha vuelto, ha vuelto!” y salió fuera de la habitación para comunicarlo a todos. Cuando el médico llegó y miró a la pantalla y después a mí, sólo dijo: ¡increíble!  Efectivamente había resucitado.

         Está claro que esto que he contado no es fácil explicarlo y menos aún de comprenderlo por increíble, pero yo así lo he vivido y puedo decir con toda seguridad que he regresado del otro mundo o como se le quiera llamar. Cada uno puede pensar lo que quiera ya que, el pensar es lo único para lo que tenemos libertad. Por medio de esta experiencia he llegado a comprender muchas cosas, soy un hombre nuevo a pesar de que mi mujer diga que he salido tonto de la enfermedad.

         Toda mi vida ha sido un continuo apetito desmedido de triunfar  y acumular riqueza para lo que en ningún momento he regateado esfuerzo. Ciertamente, he vivido en un mundo muy limitado, encorsetado en lo financiero y nunca pensé que mi éxito en los negocios pudiera depender, más que de mi inteligencia y de mis capacidades, de todas aquellas personas que trabajaban en mis empresas, de las circunstancias y de algún don o privilegio  que se me había concedido gratuitamente por… yo lo intuyo pero no me atrevo a decirlo.

La extraña experiencia por la que he pasado  al encontrarme entre la vida y la muerte, y darme cuenta  de que iba desnudo y sin nada en las manos, interpreto claramente que en la Tierra no he hecho nada que tuviera valor para el otro mundo; y entonces sentí  un miedo infinito y también vergüenza. Sí el miedo y la vergüenza  fue tan intenso que creo  que eso fue lo que me hizo volver de nuevo  a este mundo, y mi más vivo deseo es aprovecharlo  para cuando emprenda el próximo viaje.

         Ahora muchas de mis muchas lecturas giran en torno muchos  temas incluidos los religiosos, y donde he encontrado un verdadero tesoro ha sido en el Nuevo Testamento: “No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones los pueden robar…” ¿Acaso he hecho yo otra cosa en la vida que acumular riquezas?  Y el mandato más importante de esta religión es “Ama a tu prójimo”.  Jamás pensé en él, salvo cuando era para mi provecho. Por eso en esta mi segunda oportunidad  deseo repartir mi tesoro y pensar más en mi prójimo. Devolved a la sociedad parte de lo que ella me ha dado hasta el punto de que ese precepto o consejo sobre la Justicia que dice: “no hagas a otro  el mal que no quieras para ti”,  deseo transformarlo  en “haz a los otros el bien que tú quieras para ti”. Así la próxima vez no iré al otro mundo con las manos vacías y desnudo.

Quiero terminar con una oración de Mahatma Gandhi: ¡Señor enséñame a querer a la gente como a mí mismo y si yo me olvido de ti, Señor, nunca te olvides de mí!

 

               Rogelio Bustos Almendros

 

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