Un plagio civilizado (parte 2 de 2)

Juan, arrastrado por el torbellino de sus inconexos pensamientos, por un instante se había abstraído de su conversación con don Ramón, para sumergirse en las tenebrosas contradicciones a las que les llevaban sus pensamientos. La seguridad con que había llegado a esa casa empezaba a flaquear, y no escuchaba lo que le decía don Ramón hasta que este le proporcionó un empellón para reclamar su atención. Más sorprendido que ofendido, salió de su extemporánea huida, para mirar ojiplático a su contrincante.
—Decía que preciso que me aclares algunas cuestiones. Supongamos, solo como hipótesis, que «El brocal dorado» fuera de tu autoría. ¿Tú crees que publicándolo con tu firma habría alcanzado los setecientos mil ejemplares, solo en castellano, que lleva vendidos por ahora? ¿Tú crees que se estaría traduciendo a doce idiomas? ¿Piensas que se habrían vendido los derechos de dos de sus historias para el cine?
La perplejidad se aposentó en el pensamiento de Juan, aquellos eran unos hechos tan evidentes, tan palmarios…, pero en los que él no había reparado. Esa nueva perspectiva removía todavía más aquellas turbias aguas por las que se movían sus pensamientos. Sentía que toda la estrategia que había estado preparando para aquel encuentro se enfangaba, perdía su perfil, su utilidad.
—Juan, te preguntaba sobre las dos novelas que has publicado. Entre esas dos novelas creo que lograste una tirada conjunta de casi cuatrocientos ejemplares. ¿Me equivoco?
—No lo recuerdo con precisión…
—Veamos, según certifica tu editor, fueron trescientos setenta y ocho ejemplares entre las dos —dijo don Ramón tras consultar uno de los documentos que poblaban el velador situado a la derecha de su butacón y ofreciéndoselo a Juan para que lo comprobara.
Juan declinó el ofrecimiento.
—Me imagino que habrás comprobado que en tus libros las letras de tu nombre son diminutas comparadas con las del título de la obra. Mientras que en mis obras las letras de mi nombre son mucho mayores que las del título. Y como bien sabrás el editor hace esto, porque quiere ganar dinero y es mi nombre el que vende la obra, algo que no pasa con el tuyo… todavía.
El silencio de Juan confirmó la afirmación de don Ramón.
—Veamos lo que tú dices. Me entregaste una obra tuya para que la evaluara y yo, en lugar de hacerlo, me apropie de ella y la publiqué con mi nombre.
Juan escuchaba atento, aunque atónito.
—Vamos a contemplar, y continuamos como hipótesis de trabajo, que yo tras leerlo te hubiera animado a publicarlo y tú lo hubieras hecho. ¿Cuántos ejemplares calculas que hubieras vendido? Trata de ser realista ya que, a tú juicio, tus novelas anteriores eran mejores que ese libro de cuentos y que la novela se vende muchísimo más que los cuentos.
—Yo… yo contaba con que usted hiciera alguna declaración o comentario públicamente sobre el libro que removiera el avispero…
—¡Seamos serios! Estás amenazándome con una demanda judicial y pretendes contar entre tus activos con una recomendación por mi parte. Esto es ridículo, esto no tiene pies ni cabeza. Por lo que veo tendremos que acabar en los tribunales. Tú lo habrás querido.
Juan sintió que se movía por terreno resbaladizo, pero como ya sabía que no llegaría a un acuerdo con su mentor, no encontraba tan descabellada la alternativa de que fueran los juzgados los que decidieran, al fin y al cabo él tenía registrada su obra.
—Don Ramón le aseguro que he tratado de encontrar una solución razonable… pero quizá al ver como se ha vendido mi… el libro, me hace mear fuera del tiesto. Yo quisiera encontrar una solución que nos conviniera a ambos…
—Si quieres que avancemos en esta negociación debemos partir cada uno de la posición que ocupa en el tablero. Y, en justa correspondencia, dado que tú me has mostrado tu certificado, yo te voy a mostrar alguna de mis armas.
Le pasó una fotocopia. Le sorprendió el membrete, pertenecía a la empresa en la que él trabajaba y era un certificado de su propio jefe en el cual aseguraba que el día 15 de noviembre de 2024 le había ordenado, a Juan, que se encargara del registro del original de la obra que don Ramón les había entregado, era una obra que había rescatado de un cajón en que permanecía desde que la escribiera en su juventud. Quería que la registraran en la Propiedad Intelectual, porque había decidido publicarla. Que Juan había afirmado haberla registrado, aunque cuando don Ramón solicitó un certificado, no habían encontrado la inscripción, por lo que había mandado registrarla por otro gestor tas comunicar al jefe de Juan el incidente. Este había podido saber que en esa fecha su empleado había registrado a su nombre una obra con otro título y se estaba planteando abrirle un expediente disciplinario.
—De hecho no te han despedido aún porque yo se lo he pedido a tu jefe, pero has cometido varios delitos que pueden llevarte a la cárcel. Yo estaba dispuesto a olvidarlos si llegábamos a un acuerdo, pero como no colaboras, no haré nada para que conserves tu trabajo y les diré a mis abogados que presenten una querella contra ti. Si es guerra lo que deseas, guerra tendrás y ya veremos de donde sacas dinero para los juicios a los que te vas a tener que enfrentar. ¿Es eso lo que quieres?
Juan sentía esa rabia que solo genera la impotencia del que se sabe injustamente desposeído de sus derechos. Sentía ganas de llorar y, a pesar de no ser violento, de agredir a aquel viejo, al que él había convertido en su becerro de oro, el que le había robado la obra y movido los hilos para que fuera él quien pareciera el expoliador. Había llegado sintiéndose triunfador. Ahora estaba arrinconado y la misma arma que en sus manos había considerado invencible, ahora se había vuelto en su contra. El testimonio de su jefe no solo invalidaba su inscripción, sino que además podía llevarle al banquillo y, Dios no lo quiera, acabar en la cárcel. Se veía abocado a la rendición incondicional, pero quería decirle lo que sentía. Las palabras que pugnaban pos salir de su garganta tropezaban con el muro que la rabia había alzado y era incapaz de articularlas, pero su incendiada mirada las gritaba. Aquel silencio era violento, le producía más dentera que el más agudo de los rechinares.
Don Ramón, conocedor del estado de Juan, acentuaba la tensión con aquella jesuítica sonrisa, con la que le apremiaba a responder a aquella pregunta que no debía ser retórica.
Por fin, aunque sin que el nudo que le impedía hablar hubiera desaparecido completamente, un hilo de voz semejante a un estertor interrumpió el opresivo silencio.
—¿Usted que había pensado don Ramón?
—Siempre he comprendido el ansia que os devora a los jóvenes por alcanzar el triunfo, ¿pero registrando una obra mía como tuya?
Ante el conato de protesta de Juan, a don Ramón le bastó un ligero ademán, entre despectivo y autoritario, para acallarlo. Una enfurecida mirada le arrancó a Juan una disculpa apenas musitada.
—Te decía querido Juan, que comprendo tu deseo de triunfar, aunque eso no disculpa tu pillaje que, si llegamos a un acuerdo, no denunciaré, e intentaré que tu jefe también te perdone, pero debes comprometerte a no volver a intentarlo. Yo olvidaré este episodio, lo tomaré como una chiquillada y, hasta si lo deseas, puedo seguir asesorándote en tus escritos, aunque eso supone un gran sacrificio para mis creaciones literarias.
—¿Qué tengo que hacer don Ramón?
—Por lo pronto, debes solicitar la nulidad de la inscripción que hiciste a tu nombre de mi libro de cuentos.
—¿Cómo hay que hacerlo don Ramón?
—Ya le encargaré a tu jefe que la prepare y tú la presentas.
—Sobre lo de que me pasaste un manuscrito para revisarlo, si quieres que te diga la verdad, no lo recuerdo en absoluto, pero te creo. Quiero que veas mi buena voluntad. He debido perderlo, por lo que, en caso de que cumplas con el acuerdo, creo que debo indemnizarte como si se tratara de un ejemplar único. Por cierto si tienes en tu ordenador alguna copia de mi libro, me haces el favor de eliminarla.
Juan salió de aquella mansión con la promesa, en cuanto se anulara su inscripción en Registro de la Propiedad Intelectual, de que ganaría un par de premios de relatos, siempre que presentara algo decente en unos certámenes en los que don Ramón formaba parte del jurado y de recibir dos mil euros por la pérdida de su manuscrito, «que en caso de haberse publicado sería muy optimista pensar que hubiera alcanzado una tirada de mil ejemplares», según había aventurado don Ramón.
—¡Ah Juan! Espero que sigamos colaborando…
No resultaría políticamente correcto transcribir el pensamiento que esa frase le provocó a Juan, aunque pienso que a los lectores no les costara demasiado adivinarlo.
«Cada día estos chavales vienen con unas ínfulas más acentuadas, pronto perderán el respeto a la veteranía. No pretenderán que a esta altura de la película me ponga a devanarme los sesos para escribir cuatro cuentos», pensó don Ramón cuando vio alejarse a Juan.
FIN


Valiente hijo de… su madre el don Ramón. Has hecho que me enfurezca, lo que demuestra que me ha enganchado tu relato. Enhorabuena de nuevo Alberto
Gracias José Antonio, me alegra haberte enfurecido, con eso se demuestran dos cosas: que eres un ser sensible ante los derechos de los humanos y que he sido capaz de emocionarte y por ambas cosas me felicito. Un fuerte abrazo.