Un plagio civilizado (parte 1 de 2)
En Un plagio civilizado, Alberto Giménez Prieto narra con maestría la tensa confrontación entre un discípulo y su mentor, acusado de apropiarse de su obra. Un relato sobre la traición, la vanidad literaria y los límites de la ética en el arte.

Desde que comprobó la fechoría, Juan había dejado pasar un par de semanas, quería recapacitar antes de tomar una decisión.
Había leído de cabo a rabo el libro dedicado de don Ramón, su mentor, a cuya presentación fue invitado y había asistido. Lo había comparado escrupulosamente con el original de su libro de cuentos y, si se exceptuaban los cambios efectuados en algunos de sus términos y la corrección de algunos fallos sintácticos y hasta uno ortográfico, efectuados muy acertadamente según tenía que admitir, el resto era una copia fotográfica de su manuscrito, el mismo que le había llevado hacía casi un año a don Ramón, para que lo evaluara.
Juan había achacado a las múltiples ocupaciones de don Ramón que tardara tanto en decirle algo de su manuscrito, pero ahora lo comprendía todo.
Siguiendo el consejo de un colega, había consultado con un abogado especialista y cuando le pagó sus honorarios de la consulta, había quedado convencido de que lo mejor que podía hacer era tratar de llegar a un acuerdo con don Ramón.
Tras darle muchas vueltas al asunto y como don Ramón llevaba tiempo sin aparecer para darles clases, se decidió a llamarle por teléfono. No esperaba que fuera él quien le atendiera, pero tampoco esperaba que quien lo hiciera, le propusiera una entrevista personal con su maestro. Sobre todo después de que desvelara a aquel empleado cual era el motivo de su llamada. El administrativo, muy amablemente, quizá demasiado, le había dicho que su nombre figuraba en la lista que le había dejado don Ramón, sobre las personas que eran atendibles y le había prometido que se lo comunicaría inmediatamente y que no tardaría en tener noticias de él.
Días después ese mismo empleado le había comunicado que don Ramón estaba dispuesto a recibirle, pero que la entrevista debería aplazarse debido a la gira de presentación de su nuevo libro. Pero que en cuanto su jefe estuviera de vuelta, él se comprometía a encontrar un hueco en el que encajarlo.
Para inquietud de Juan, habían transcurrido varios meses sin volver a tener noticias de aquella entrevista. En ese tiempo su relación laboral se le había complicado enormemente sin saber porque y andaba muy angustiado. Pero cuando más negro veía su futuro, había recibido la añorada llamada que le comunicaba el lugar y la fecha de la cita y de nuevo volvió a soñar en color.
Durante ese lapsus Juan había comentado su problema con varios conocidos, pero rehuyendo hacerlo de nuevo con un abogado. Cosa de la que se arrepentía en aquel momento, a minutos de la entrevista. Aquellas conversaciones no le habían aclarado nada, más bien le habían embrollado sus propias ideas. Así que algo más confuso que la primera vez que llamó a don Ramón, se aprestó a asistir al encuentro.
Era la primera vez que visitaba la espectacular mansión de don Ramón. Hasta entonces las veces que lo había visto, había sido en los locales de la fundación literaria que el mismo había constituido para que unos cuantos señalados por las musas pudieran ampliar sus conocimientos literarios. Don Ramón había sido su ídolo, su referente, su maestro.
A medida que se aproximaba a la casa notaba que a sus piernas les costaba más ejecutar las órdenes que emanaban de su cerebro. Se acercaba con bastante más miedo del que podían disimular los tres carajillos que se acababa de tomar. Pero aun así con la firme determinación de hundir en la miseria a quien hasta hacía muy poco intentó imitar. Tenía que salir vencedor en aquella entrevista, era cuestión de supervivencia pues en su trabajo se estaba tramando algo contra él. Alguien le había dicho que otro alguien pensaba en abrirle un expediente disciplinario, aunque ese primer alguien no le había explicado el porqué, pues lo ignoraba.
El grandioso escenario que se había desplegado ante sus ojos, en el que don Ramón lo recibía, lo había empequeñecido todavía más. Era una biblioteca espléndida de tres alturas, cuyos ejemplares doblaban o triplicaban los reunidos en la de la fundación. Además, en esta los anaqueles eran de maderas nobles y cristales biselados y no de contrachapado con acabados de melamina como en la fundación. el sobrecargado mobiliario era de estilo victoriano, todo ambientado por el olor a antiguo que se resistía a ser enmascarado con lavanda y todo ello en una construcción que podía preciarse de posmoderna. Todo aquel barroquismo estaba iluminado por tres enormes lámparas de araña de cristal de Murano, que a pesar de estar apagadas reflejaban, con infinitos destellos, los escasos rayos de luz que les llegaban desde las formaciones de pequeñas lamparillas con campana de cristal verde que brillaban desde los distintos puntos de lectura. Todo aquello le confería a aquel inmenso espacio una respetabilidad casi catedralicia. Los oscuros oleos que colgaban en los pocos huecos que las estanterías dejaban libres ejercían de ventanas para un don Ramón que las odiaba.
El dueño de aquel ecléctico palacio lo recibió sin levantarse de un amplio sillón orejero de piel de camello, desde el que lo indicó que tomara asiento en algo, que con apariencia de ser un pequeño escabel otomano, había sido forrado con un tejido burdamente estampado y festoneado con motivos subsaharianos, al que se le había dotado extemporáneamente de una suerte de respaldo que le era completamente ajeno.
Sin mediar introducción alguna y desde una suficiencia propia de él don Ramón acogio a su visitante del siguiente tenor.
—Te recibo porque has tenido la suficiente cabeza como para intentar llegar a un acuerdo antes de acudir a los tribunales, tal y como amenazaste. De haberlo hecho hubiera dejado que mis abogados aplastaran sin piedad tu pretenciosidad. Así, hablando, podremos buscar la forma de que salgamos ganando los dos y no nos hagamos daño.
—Don Ramón, yo nunca le he amenazado, siempre le he tratado con todo respeto, como al maestro que veo en usted, y es por eso, por lo que nunca esperaba que el manuscrito que le entregué para que me diera su opinión antes de publicarlo, apareciera editado con su firma… para mí esa fue una gran decepción, pero le sigo respetando, a usted y a su literatura y por eso antes de ejercitar cualquiera de las acciones que me concede la ley, he querido que habláramos, y a ser posible que alcanzáramos un acuerdo que nos satisficiera a ambos, antes de lanzarme por la calle de en medio.
Don Ramón recibió los reproches de juan como quien oye llover, y luego como si fuera él el ofendido replicó.
—Vamos a ver si me aclaro, tú dices que mi libro de cuentos titulado «El brocal dorado», es la copia literal de «El cuaderno de cuentos» que, según dices, me entregaste para que revisara. ¿Es eso lo que dices?
—Sí don Ramón, y no es solo porque yo se lo diga, es porque fue así, y le mandé por fax a su secretario una copia del certificado de inscripción, que lo prueba.
—Si es cierto que me mandaste un certificado del Registro de la Propiedad Intelectual en el que consta que la que dices que es tu obra, fue registrada por primera vez el 15 de noviembre del año 2024.
—Sí, como también es cierto que el libro de usted se registró con posterioridad.
—Eso último no te lo voy a discutir, dado que mi gestor, para el que tu trabajas gracias a una recomendación mía, no ha podido hacerse con el certificado, porque el empleado que debía inscribirlo no lo hizo —le dijo don Ramón cargando de mordacidad sus últimas palabras aunque Juan, que trataba de recordar la argumentación desde hacía tanto tiempo preparada, no llegó a percibirlo—. Pero dejémonos de exhibir pruebas y demás. Porque yo también las tengo, como podrás comprobar más adelante. Reservemos eso para el caso de que esto acabe en los tribunales. Creo que estamos aquí para alcanzar un acuerdo de buena voluntad, que yo ya he puesto de manifiesto por el mero hecho de recibirte en plan conciliador. Veamos qué es lo que tú pretendes.
—¿¡Qué voy a pretender!? Recuperar mi libro de relatos y los beneficios que se hayan obtenido de él… lo que es de justicia.
—Recapacitemos: Yo publico un libro de cuentos cuyo estilo, a pesar de que es un libro de juventud, no se aparta ni un ápice del que tengo acreditado con más de una treintena de libros publicados. Y ahora vienes tú y me dices que ese libro es tuyo y que por lo tanto debo renunciar a él y entregarte los beneficios que haya obtenido de un libro que se publica y se vende bajo el paraguas de mi nombre. Además me imagino que querrás que todo esto se haga a bombo y platillo. ¿Es eso lo que quieres?
—Algo así don Ramón, aunque se podrían limar algunas aristas…
—¿Cómo cuáles?
—Podríamos dejarlo, por ahora como está, partiéndonos a medias los derechos de autor y dentro de algún tiempo aclarar lo de la autoría y disolver esa sociedad sin plantear ningún contencioso.
Hasta a Juan que llevaba mucho tiempo remachando aquella propuesta que acababa de pronunciar, en esta ocasión se le antojó abusiva por su parte.
(Continuará)


Muy bien, y muy descriptivo. Anhelando saber cómo se resuelve el tema de los derechos de autor.
Solo tienes que aguardar al próximo mes José Antonio. Un abrazo.
Lo haré con gusto.