“Torrefarrera en otoño”
En Torrefarrera en otoño, José Manuel Gómez rinde homenaje a la calma rural y a la belleza sencilla del paisaje leridano. Un poema que captura la esencia del otoño como tiempo de reposo, gratitud y esperanza, donde la tierra y el alma se abrazan bajo un mismo cielo.

El cielo se ha vestido de ceniza,
la tarde huele a tierra y a cosecha,
y un soplo de silencio se desliza
por calles donde el tiempo nunca acecha.
Las hojas van cayendo, poco a poco,
como caen los días, sin ruido y sin prisa,
y el aire —que en verano fue sofoco—
ahora se vuelve brisa.
Los campos se recuestan fatigados,
con surcos que parecen cicatrices,
y el sol, cansado ya de los sembrados,
se duerme entre raíces.
Torrefarrera mira su horizonte,
de cobre y oro viejo, casi incierto,
y en cada casa brilla un fiel rescoldo
de vida bajo el cierzo.
Se escucha en la distancia alguna risa,
un perro ladra al borde del camino,
y el humo de las brasas se eterniza
sobre el perfil divino.
Porque el otoño aquí no es solo un nombre,
es alma que envejece sin tristeza,
la calma de quien sabe que en su nombre
resiste la belleza.
Y es que este pueblo, humilde y sin banderas,
se aferra a lo que tiene, a su medida,
con manos que trabajan primaveras
y otoños que dan vida.
Torrefarrera guarda entre su pecho
la fe de los que nunca se arrepienten;
si llueve, se agradece; y si hace viento,
pues tranquil, que tot arriba, dicen siempre.

