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Sueño de Navidad

Relato navideño duro y emotivo sobre un niño en una ciudad bombardeada que, mientras sueña con la reunión familiar y la calidez del hogar, muere aferrado a una fotografía de la última Navidad. Un grito contra la guerra y la barbarie.

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Erase que se era…, en un lugar que no debiera de existir, vivía un niño de no más de siete años —que, en su carta a Santa Claus, sólo le pidió un deseo: que su padre regresara pronto. A la hora del desayuno la madre le pone una taza de leche y dos tortas hechas con la harina que le quedaba, toma mi amor desayuna y no abras la puerta a nadie, si tienes frio metete en la cama, mamá regresara pronto… espero, dicen que hoy llegan los camiones con alimentos y medicinas. Le da un beso y sale. Aún no había terminado el desayuno, cuando, el ruido de los aviones anunciaba la tragedia. El niño se escondió debajo de la mesa, de la cocina, única habitación que quedo después de que las naves, soltaran su carga de muerte. Se levanta y se acurruca en una esquina, tratando de resguardarse del viento helado y del atroz ruido que como un martillete resonaba en su pequeña cabeza. Estaba cansado, se le abatieron los parpados.
Cuando se despierta, la casa se ilumina, y ve a su madre con su vestido nuevo, se había soltado el pelo, estaba muy guapa.
— Ven cariño, ayúdame a terminar de colocar los adornos, tu padre y tus abuelos están a punto de llegar. ¡Y tus hermanas? ¿han terminado de cambiarse para la cena?
— Están peleándose en el baño.
— No es cierto Dijo una de ellas asomando desde la puerta — sólo discutíamos sobre el color de los lazos de las trenzas.
Llaman a la puerta, una de las niñas sale a abrir.
— Mamá ya estamos todos podemos abrir los regalos.
— No, ya sabéis que los regalos se abren después de cenar.
— Nosotros traemos los que ha dejado en nuestra casa, como no vamos a estar, también traigo la tarta y los juegos de mesa como me pediste — dijo la abuela.
— Bien hoy celebraremos la Navidad como cuando era pequeña.
Esa noche la pasaron disfrutando de: comida, regalos, Juegos, villancicos, amor y risas.

En la calle sólo se oye el rugir de los aviones que se van después de dejar ruinas dolor y muerte.
Cuando el silencio volvió a la ciudad, las gentes salieron de sus casas en busca de supervivientes. Cuando pasaron por donde la que fuera la casa del chiquillo, le encontraron en lo único que quedaba de ella, la cocina sin puerta y con la ventana rota. Él estaba sentado en el en una esquina, entre sus congeladas manitas, al igual que todo su cuerpecito, sostenían una fotografía enmarcada, de su familia, tomada en las Navidades del año anterior.
La barbarie se cobró un inocente más.

Germana Fernández

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