SONIDO ANIQUILADOR
Un poema que sueña con un mundo sin armas, donde los tanques se vuelven libros y las balas, pinceles; una llamada a sembrar paz y esperanza

Un fuerte sonido tenía enloquecido a los habitantes de Ambrosía desde hacía diez días. Es insoportable caminar por las calles a cualquier hora del día. Con la protección de unos tapones de goma, en los oídos, se conseguía soportarlo, aunque no por mucho tiempo.
Poco a poco el sonido fue colándose en las casas. Empezaron a sangrar los oídos. Niños y ancianos caían muertos envueltos en charcos de sangre. Las autoridades, desconcertadas, no reaccionaban.
A los quince días, el sonido había aumentado su intensidad y los muertos se habían triplicados. Nada conseguía hacer desaparecer aquel infernal sonido. Ningún sistema de protección había funcionado ni se había conseguido averiguar de dónde procedía ni que lo emitía. Lo cierto es que los cadáveres eran cada vez más numerosos. De continuar el sonido en unos días la tercera parte de la ciudad habría sido aniquilada.
La única solución que se halló fue: abandonar la ciudad, refugiarse en el bosque cercano. Tal vez allí no llegase el sonido. En el Ayuntamiento se preparó el plan de evacuación que se comunicó a los vecinos a través de la televisión. El dispositivo funcionó bien aunque sólo unas cien personas llegaron al bosque.
Pero el sonido llegó al bosque y no sobrevivió nadie.
Dos horas más tardes cuatro camiones cargados con seres vestidos de verde ocuparon la ciudad.

