Silencio y verdad: una senda hacia el corazón del ser
Un ensayo espiritual que propone el silencio como camino hacia la verdad y el corazón del ser. A través de Zambrano, San Juan de la Cruz y otros pensadores, el texto une mística, razón y ética para redescubrir la interioridad, la oración y la presencia que transforma la vida cotidiana.

“La palabra entonces no es necesaria, pues que el sujeto se es presente a sí mismo y a quien lo percibe. Es el silencio diáfano donde se da la pura presencia”.
MARÍA ZAMBRANO
«Para llegar a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes».
SAN JUAN DE LA CRUZ
El silencio hace del corazón un lugar de revelación. Allí se acuna la palabra, allí se encuentran la verdad y el ser. No se trata solo de sentir el misterio desde el silencio, sino de dejar que ese misterio se desvele más allá de la mera contemplación. Siempre desde una convicción humilde, pero sin olvidar que la racionalidad es un imperativo ineludible, como recordaba Husserl, porque todo pensamiento que no se “decapita” acaba abriéndose a la trascendencia, en palabras de Adorno.
Muchas veces el pensamiento se queda en el silencio, pero no puede renunciar a comprenderlo todo, incluso el misterio o el propio silencio. Es entonces cuando se hace necesario acudir a los místicos y a los poetas, allí donde la metafísica se transciende en mística, como intuía Bergson, donde el silencio se vuelve creación y recobra la mirada primitiva y originaria del corazón. Esa es la senda abierta por los grandes maestros del silencio, por los poetas originales y los místicos, que nos conducen hacia la paz y la belleza, allí donde la vida se siente rimada y acunada en una posada del silencio, como decía J. F. Moratiel.
La espiritualidad no es algo accidental en el ser humano, sino una dimensión constitutiva de su realidad. El ser humano necesita buscar un sentido que solo encuentra en la apertura al misterio, en la hondura del silencio, imprescindible para su caminar hacia Ítaca, para desplegar su identidad y hacerse un lugar en el cosmos. Para encontrar su esencia entre todos los seres del universo necesita, como afirmaba Scheler, una auténtica técnica del silencio. No siempre es necesaria la palabra: el silencio es el lugar donde se manifiesta el ser, donde se nos entrega el origen y, paradójicamente, su opuesto, la acción, como supo ver María Zambrano. Sin amor y sin silencio no hay persona; el amor y el silencio son la persona.
Meditar es sentarse en el silencio, observar los movimientos de la propia mente y ponerse en el camino habitado, como escribe Pablo d’Ors. Después de dar tantas vueltas al ser y al misterio, es necesario volver al silencio. No es solo aquello que rodea las palabras o subyace a las imágenes y a los acontecimientos, sino una realidad autónoma con la que podemos relacionarnos, que anida y habita como fundamento de toda realidad. Para ello es preciso que desaparezcan las voces y los ruidos, que se dé una calma, un silencio… En el silencio y en el reposo —decía el Maestro Eckhart— Dios habla en el alma y se expresa por completo en ella.
Todos llevamos dentro un lugar, una posada creada para el amor. Descubrirla y habitarla es una aventura, una buena-aventura. Dios se hace presencia en lo más íntimo de nuestro corazón y nos invita al encuentro, a la interioridad y a la comunión. Al haber sido creados a imagen de Dios, se despierta en nosotros un dinamismo interior que despliega la inteligencia espiritual, como señala Vázquez Borau. A esas profundidades del alma se llega por la oración, habitando el corazón por el Espíritu y convirtiendo esa experiencia en una forma de vida. En esa posada interior, la oración es un canto de invisible silencio donde Dios impulsa nuestra existencia y eterniza el amor, como escribe Olivier Clément.
En el silencio podemos escuchar palabras que no hemos sabido expresar, porque nadie puede arrancarle su misterio, recuerda Moratiel. A la contemplación solo se llega mediante el desprendimiento: quedarse sin pensamientos ni imágenes, en el abandono y el despojo, incluso de toda imagen de Dios. Es en el silencio donde acontece el encuentro cara a cara, sin mediaciones. El orante busca el rostro en el silencio, pero la contemplación es siempre un don: “es ya cosa sobrenatural… que no la podemos procurar nosotros por diligencias que hagamos”, afirmaba Santa Teresa de Jesús.
“El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 13-14). El agua del Espíritu que Jesús ofrece a la mujer samaritana es también un agua que sigue corriendo por nuestra sociedad. Es necesario redescubrir esos manantiales de agua pura y cristalina donde podemos contemplar el rostro de Dios. “Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23).
Las formas más altas de espiritualidad siempre han comportado una dimensión ética, un lado práctico que las convierte en fuerza transformadora de la conciencia y les otorga verdadera significatividad social, como subraya Martín Velasco. Sin la virtud, Dios se convierte en una palabra vacía, decía Plotino. La virtud conduce a la humildad, a la paciencia, a la sobriedad, a la justicia y a la caridad. Santa Teresa insistía una y otra vez: “Acá solas estas dos cosas nos pide el Señor: amor de su Majestad y del prójimo; es en lo que hemos de trabajar”. También desde el pensamiento se busca esta espiritualidad transformadora: “La ética no es el corolario de la visión de Dios; es esa visión misma. La ética es una óptica… Conocer a Dios es saber lo que hay que hacer”, escribió Emmanuel Levinas.
Se nos invita a hacer del silencio una mística de la vida cotidiana, como proponía Karl Rahner, una experiencia no reservada a monjas, ascetas o célibes, sino abierta a todo “amigo de Dios”. El objetivo de la oración es acceder a Dios y aprender a escuchar su voz en el amor al prójimo y en la búsqueda de la justicia. Pero, sobre todo, oramos para experimentar por nosotros mismos esa Presencia interior y constante. En realidad, no somos nosotros quienes oramos, sino que es la oración la que vive en nosotros, como recordaba el papa Francisco.
La pedagogía del silencio nos conduce a un lugar más allá del pensamiento, donde el amor ya no formula preguntas, sino que se abre plenamente al misterio, liberándolas todas. No todos estamos llamados a las profundidades de San Juan de la Cruz o de Santa Teresa de Jesús, pero todos compartimos una necesidad vital de silencio. Estamos llamados a un regreso a las fuentes de la vida, a lo más bello y esencial que nos habita, a un retorno a nuestro propio ser, a la apertura al misterio y al amor de Dios que se encarna en nosotros.

