Servidumbres del ingenio

Alberto Giménez Prieto
Cesáreo era conocido y admirado por todos los vecinos del suburbio.
La razón radicaba en que durante sus paseos matutinos respondía con ingenio a cuantas frases le dirigían, tratara de lo que tratara la interpelación.
Así ocurría que cualquier vecino que lo divisara, fuera de cerca o de lejos, aun en dirección opuesta a la que ese individuo debía encaminarse, mudaba sus planes para acercarse a Cesáreo, decirle buenos días y cualquier ocurrencia y aún sin ocurrencia alguna, cabía esperar la ingeniosa respuesta, que no se repetiría aunque fueran un centenar los que lo saludaran a continuación.
A la hora del café los que habían sido agraciados aquel día con respuesta de Cesáreo se reunían en el casino y allí al amor de cafés y copas referían las respuestas con las que habían sido sorprendidos por el ingenioso caminante. Era como si estuvieran jugando al siete y medio, para ver quien había conseguido la más ingeniosa a gusto de todos los reunidos.
La fama del ingenio de Cesáreo había transcendido los límites del barrio y ya eran legión los foráneos que se aproximaban en busca de las ingeniosas respuestas. Esto hizo que los del barrio se enorgullecieran de que fuera vecino suyo, pero que al mismo tiempo se sintieran celosos por la infidelidad arrabalera.
Un día Cesáreo se levantó de la cama con una severa afonía, pero al comprobar que no tenía fiebre pensó que se trataría de algo pasajero y salió a dar su paseo como cualquier día.

Y, como cualquier día, se le fueron aproximando los buscadores de su ingenio que, tras el saludo y el pie que daban para espolear la respuesta, quedaban decepcionados, al no recibir más respuesta que algún ademán o aspaviento de Cesáreo que seguía caminando sin más comentarios. Pero los seguidores de su ingenio, a pesar de lo poco versados que estaban en el lenguaje corporal para entender lo que Cesáreo había querido decirles si sabían hacer patente su enfado con las variadas muecas de sus manos y rostro.
Esta falta de entendimiento con sus seguidores, aparte de mortificarle, pues se sentía incapaz de responder a los saludos. Y lo que más le irritaba era tener las respuestas apelotonadas en la garganta y no poder expresarlas. Esto alarmó a los buscadores de talento, que después de ingeniárselas para acercarse a Cesáreo se iban como habían llegado.
Ese día el paseo se le hizo eterno a Cesáreo, fue tan cruelmente largo que se prometió no volver a pasear hasta que no se le hubiera curado la afección del gaznate. Le dio instrucciones a Jacinta, su mujer, de que a cualquiera que fuera preguntando por él o lo llamara por teléfono, lo despachara diciéndole que la enfermedad le impedía atender visitas.
Tres días después nadie había llamado a su puerta y las pocas llamadas telefónicas que se habían recibido eran para su esposa. Pero lo que era peor es que su garganta seguía enmudecida.
Su ingenio que no se había detenido no dejaba de alumbrar frases ingeniosas que al no poder expresar de viva voz, decidió anotarlas para cuando estuvieran bien sus tragaderas, pensando que no estaba de más tener una reserva de los mismos para cuando pudiera fallarle la inspiración, aunque la verdad es que nunca lo había dejado en la estacada.
La afonía persistía, el ánimo de Cesáreo se resentía del eremita comportamiento del mismo, por lo que el médico le recomendó que desistiera de su encierro, que le sería beneficioso salir a la calle recorrer los mismos itinerarios que antes transitaba, encontrarse con las mismas personas que antes lo abordaban con el saludo o cualquier ocurrencia, para arrancarle aquellos chispazos de agudeza, en fin volver a su vida normal le acercaría a la misma.
Después de pensárselo mucho volvió a salir a la calle y muy pronto lo abordaron con saludos y frases sueltas en las que se podían apreciar como si estuvieran escritos los puntos suspensivos que invitaban a Cesáreo a responderlas. Pero seguía igual y no respondía de viva voz, porque no podía. En su lugar anotaba algo en su teléfono, pero no lo mostraba. Aquel primer día de reinicio del paseo fueron muchas las personas que lo abordaron y no todos conocidos. Al parecer su ausencia había hecho correr la voz sobre su habilidad.
Aquel mismo día a la hora del dominó fueron muchos los que con el café en la mano se reunieron en el bar del casino, pero aún fueron más las versiones que se dieron sobre qué era lo que apuntaba Cesáreo en su móvil. Al final existió un acuerdo, que aunque no mayoritario, si significativo en el que afirmaban que lo que anotaba era el nombre de sus interlocutores para responderles uno a uno cuando pudiera hablar.
Por su parte Cesáreo había comprobado que le gustaban igual las máximas que respondían a pies ajenos, que las que él mismo daba pie, por lo que decidió que repartiría su tiempo entre los paseos de la mañana y sus auto-encuentros frente al ordenador, en el que anotaría todo lo que se le ocurriera.
En muy poco tiempo tuvo una cosecha proverbial suficiente como para alimentar muchos paseos matutinos y hasta muchas tardes junto a la chimenea y no dejó de transcribirlas. Su cuñado que, como todos los cuñados, era omnisciente le apuntó que no sería mala idea llevarlas a una editorial, pues aparte de ser bastante buenas a su juicio, tendría la clientela hecha con los que todos los días lo paraban para sonsacarle algún apotegma.
Contra el sentir popular hizo caso a su cuñado y auto publicó una primera entrega y con las cajas de ella bajo la cama de matrimonio, empezó a soñar que pronto debería pedir que le imprimieran otros doscientos libros. Le vendría bien para complementar su magra pensión.
Por medio de su cuñado, aún no podía hablar, contactó con el responsable del bar del casino e hizo llegar el recado de que quien deseara su libro de aforismos, podía solicitárselo por el módico precio de diez euros. Él se lo haría llegar, dedicado, por la misma vía, para que le fuera entregado.
Aquella misma tarde, cuando se reunieron sus aficionados en el casino, a la misma hora en que, en tiempos anteriores, trataban de valorar sus aforismos, en esta ocasión, notablemente irritados, se dedicaron a criticar a aquel que pretendía enriquecerse con lo que ellos le habían inspirado.
Alberto Giménez Prieto

Muy real enseñanza de lo que es la vida. Mientras les alegres el corazón con tu arte, todo son alabanzas, pero en el momento en que vean que puedes sacar rendimiento a tu don, crece la envidia como la maleza. Me encantó el relato.
Hola José Antonio, se nota que conoces el asunto por propia experiencia y no por los textos. Recibe un fuerte abrazo.
Otro pars ti. Da gusto leerte.