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REFLEXIÓN EN VÍSPERAS DE NAVIDAD: LA PAZ

reflexion

CAMINO MARCADO POR LOS PASOS

                                                                      DEL HOMBRE QUE ANDA ERRANTE

                                                                      BUSCANDO, ENTRE  GUIJARROS,

                                                                      LA LIBERTAD DE SU SOMBRA EN PAZ

Millones de veces se ha usado  y otro mil millones más se usará esta sílaba tan sonora y llamativa.

Pero parece que es un monosílabo vacío de contenido entre lo tristes humanos que cubrimos la faz del planeta Tierra.

¿Quién sabe cuántas veces se ha pronunciado este vocablo para justificar las miles de atrocidades que se han perpetrado en su nombre?.

Es probable que nos sintiéramos abrumados, avergonzados, si hubiese un número que  cuantificase las veces que se ha usado y facilidad con que lo empleamos. Tantas que, tal vez, se ha convertido en una palabra vacía de contenido, porque  a fuerza de repetir Paz, Paz, Paz, olvidamos el significado y el valor real del término.

Pero me ocurre que, tantas repeticiones, acaso lleven un propósito que entroncan, sin ser conscientes, con la intencionalidad de acallar nuestra conciencia.

Podría ser un discurso retórico ornado con los más rimbombantes términos cuya pretensión es que, a oídos del escuchante, suene a cántico celestial que es lo que a la inmensa mayoría de la gente sencilla, confiada, humilde, quiere escuchar.

El pueblo oye y se llena del mensaje, aparentemente veraz, porque necesita creer en algo que le satisfaga, y ese algo es poder vivir en paz.

Sin embargo, ese afán nos  impide analizar cómo, cuándo, por qué y quién es el que introduce el vocablo con el mensaje e ignoran el auténtico propósito que esconde.

¡Quién sabe cuántas veces se ha invocado este significativo término para justificar las miles de atrocidades que en su nombre se han perpetrado!

Paz, nombre  común  que nos empeñamos en considerarlo propio; nombre  vinculado a valores religiosos; nombre que sirve  para lanzar mensajes directos y otros algo más subliminares, esos capaces promover una tácita aceptación de contenido cuasi mesiánico en la gente sencilla, creyente, que  es considerada una suerte de  masa desinformada sobre la que depositar la semilla de una nueva forma de manipulación.

Decía Gandhi que “no hay camino para la Paz; la Paz es el camino” y debe ser cierto. Tanto es así que debemos interpretar el pensamiento como una advertencia  para que nadie se arrogue el derecho de liderar una “lucha” que, a su vez, libre otro tipo de “lucha” diferente a la sangrienta que tanto dolor produce entre los mortales.

Pero, por desgracia, todo se queda en la aspiración, más o menos objetiva y honrada, de una minoría  concienciada que pelea ferozmente contra unos intereses macroeconómicos que son los que provocan el mayor de los males de la humanidad: la ausencia de Paz.  

Porque, a pesar de todo, existe una forma de manipulación malsana, de pretensión obstinada de apoderarse de la voluntad de la mayoría para seguir manejando el poder, la economía y, en definitiva, la sociedad.

Desde esta perspectiva, la Paz, es una lícita aspiración que se ha transformado en una quimera, un sueño de los ilusos que aspiran a resetear la acción perversa encerrada en la mente todopoderosa de una minoría opresora, que se ha salido de la concepción empática, generosa, considerada, humanitaria, respetuosa y paritaria del “otro”.

De este modo el ”yo” se antepone al “nosotros” por la desmedida ansia de poder que lleva a que, en determinados puntos del planeta, se justifique la acción bélica como vía para alcanzar una precaria Paz siempre y cuando se alcance el objetivo de exterminar el elemento discordante que obstaculiza la consecución plena del plan ideado.

Entonces surgen los llantos, la prisión física  e ideológica de quienes no aceptan el resultado. La Paz queda prisionera de la propia propuesta de Paz.

¡Ay Paz, paz ansiada,

que te pierdes en el sueño

de una sociedad ideal.

No te culpamos de nada,

eres víctima propiciatoria

de los intereses dudosos

de la nueva sociedad.

Ana Martínez Parra

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