Nunca es tarde para empezar a ser quien eres

Mónica Soto García
Mónica Soto Gracía

Vivimos en una sociedad que nos impone fechas límites. A cierta edad deberíamos tener claro quiénes somos,
qué queremos y qué camino escoger para lograrlo. Nos dicen que hay trenes que solo pasan una vez, que si no
te transformas a tiempo, te quedas atrás. Pero ¿quién decide cuándo es “a tiempo”?
Hay personas que no pudieron empezar antes. No porque no quisieran. No porque no tuvieran talento. Sino
porque estaban sobreviviendo.
A lo mejor, donde el miedo ocupa el lugar de la calma, tu energía no está puesta en realizarte, sino en resistir. No
estás pensando en tu vocación, solo a subsistir. No estás diseñando tu futuro, estás intentando que el presente no estalle.
Por eso, empezar tarde no es un fracaso. Es, muchas veces, un acto de valentía.
Hay transformaciones que solo llegan cuando por fin te sientes a salvo. Cuando entiendes que ya no tienes que
sobrevivir, sino vivir. Cuando entiendes que nunca es tarde para empezar, aun con errores en el camino, amigos
causantes de dar forma a quién eres; lo único que deja verdadero arrepentimiento es no haberlo intentado.
Y ese despertar no entiende de edades. Puede ocurrir a los treinta, cuarenta, incluso a los sesenta. Puede llegar
después de años de ansiedad, de dudas, de sentir que no avanzas como “deberías”. Pero cuando llega, lo hace
con una fuerza distinta: la fuerza de quien ha entendido el valor de reconstruirse.
Esta es una de las capacidades más profundas del ser humano y de la mente: reinventarse incluso con el paso
del tiempo y volver a florecer cuando parecía imposible.
Realizarse no es una carrera contra otros. Es un proceso íntimo. Y cada persona tiene su propio ritmo. Algunos
empiezan con viento a favor; otros comienzan desde el silencio, desde heridas invisibles, desde historias que les
enseñaron a callar antes que a soñar.
El que tarde tiene algo poderoso: no nace de la ingenuidad, sino de la conciencia. Nace del dolor trabajado, de la
experiencia, de la decisión firme de no seguir repitiendo patrones. Nace del deseo profundo de romper ciclos y
escribir una historia diferente.
No pasa nada si sientes que vas “tarde”. No lo haces: vas cuando puedes. Y cuando por fin estás en ese punto,
lo haces con una profundidad que nadie puede quitarte.
Porque florecer después de la tormenta no es llegar tarde. Es demostrar que, pese a todo, sigues echando
raíces.
