Mujeres que dieron un paso al frente (8)

Libertad al volante
La vida es una aventura audaz o no es nada.
Helen Keller
Alta, rubia, piernas largas y ojos azules: sueca, como una de las legendarias suecas de las que llegaban a nuestras playas en los años 60. Así era Eva Dickson, que no era Dickson sino Lindström.
Nació el 8 de marzo 1905, en Steninge Slott Sigtuna, Suecia. Quienes saben sueco (no es mi caso) no necesitan recurrir al diccionario para saber que Slott es “palacio”, y si agregamos que a los dos años la familia se mudó al Ljung Slott (otro “slott”) confirmamos que pertenecía a las más altas capas de la sociedad sueca.
Eva lo tenía todo para llevar una vida fácil, sin problemas, o sea tediosa, pero ya de pequeña era descrita como una niña traviesa, que demostraba que no le gustaba aquello que tenía que hacer, aquello que hacían todos. Si ya de niña rompía las normas, de mayor rompería los records. Pero ese “mayor” no sería el de una vida prolongada porque murió en marzo de 1938, a los treinta y tres recién cumplidos, de forma trágica como se verá más abajo. Y, sin embargo, aunque no quedara en la memoria colectiva, dejó su huella.
¿Qué podía hacer una adolescente de dinero en la Suecia de los años veinte? En el caso de Eva, lo que hacía era socializar en los restaurantes de Estocolmo, como Operakällaren (bodega) y Hasselbacken, en los que tú, si has andado por Suecia, podrías haber estado, ya que aún permanecen abiertos.
También, para salirse un poco de ese camino que marcaba su condición, recurría a su belleza natural y posaba. Sí: modelo de pintores como Nils Dardel, o la escultora Astrid Taube y el fotógrafo Henry Goodwin.
En esa intensa vida social en la que buscaba y buscaba sin saber muy bien qué, cuando tenía veinte años, lo encontró a él: Olof Dickson. Olof tenía dos virtudes: piloto de coches de rally y descendiente del acaudalado comerciante escocés James Dickson. Quizás los caudales de Dickson la impresionaran, pero a mí, y seguramente tú estarás de acuerdo, me parece que más la impresionó lo de “piloto de rallies”. Y, sin dilación, como a ella le gustaba hacer las cosas, se casan.
Con ese matrimonio no sólo se consumó la unión de la mujer con el hombre, sino de la mujer con el volante, porque tal era su avidez por conducir que él tuvo que enseñarle y se convirtió en una verdadera piloto de rally, que llega a ser reconocida como una gran conductora aunque un poco demasiado temeraria. Y comienza la fama, o sea a ser discutida: una parte de la prensa la elogia, otra parte la censura.
A los veintitrés años (1928), tres años después de casada (mucho tiempo para la época) es madre. Pero la maternidad no aplaca su inquietud y antes de que Ake (así se bautizó al niño) cumpliera dos años, en 1930, viaja en coche de Paris a Roma con su amiga la baronesa Linde Klinckowström-von Rosen.
Comienza entonces a tomarle gusto a la carretera, o sea al ir de aquí para allá, y empieza a plantearse que el final del tedio está precisamente en ese ir de aquí para allá, especialmente si nadie ha ido antes. Aquí hay que tener en cuenta que, en aquellos años, por muy Europa que fuera Europa, más que carreteras, pavimentadas como hoy en día, había “rutas” no pavimentadas salvo en algunos tramos que se consideraban importantes, como en las cercanías de las ciudades. En otras palabras, además de conducir había que tragar el polvo o chapotear en el fango.
¿Pero qué dice Olof de ese nuevo gusto por la carretera? En un principio era sólo un viaje, pero empiezan a repetirse, y empiezan las discusiones por estar siempre fuera de casa, y discusión tras discusión llega la separación. Hasta que en 1932 llega el divorcio definitivo, y Ake queda a la custodia de su padre. Pero, como lo había hecho Rosita Forbes (ver Granada Costa junio 2025), Eva conserva el nombre de ese marido que ya no lo es: para toda aventura que emprenda será Eva Dickson, incluso después de un segundo matrimonio con un personaje muy famoso que tú has visto en una película.
Dinámica como era, a poco de divorciarse, obtiene la licencia de piloto de aeroplano.
Y aún antes de terminar ese año de viajes, de divorcio, de aviadora, viaja con un destino impensable hoy en día, pero no tanto en los ’20 y los ’30: El Valle Feliz, Kenia. Y qué es esto del Valle Feliz. Tú lo has visto, yo lo he mencionado, en Memorias de África (película, y un gran libro, por cierto, de la premio nobel danesa Karen Blixen que firmaba con el nombre de su padre Isak Dinesen). En ese Valle Feliz, cuyo nombre verdadero es Valle Wanjohi , que adquirió con el tiempo mala reputación por fiestas extravagantes, abuso de drogas y promiscuidad, se une a safaris de fotografía y de caza, incluso leones y elefantes, y, lo más importante, conoce al famoso cazador profesional y guía de safaris barón Bror von Blixen-Finecke, a quien recordarás por la película mencionada y le pondrás la cara del actor Klaus Maria Brandauer, marido de Karen Blixen, o sea Meryl Streep en la película. En ese ambiente aventurero y juerguista la relación era inevitable, pero también era inevitable que Eva aceptara una apuesta: conducir de Nairobi a Estocolmo. Y allá que fue, acompañada por el joven keniano Hassan Ali, y se convirtió en la primera mujer en atravesar el Sáhara en coche. De esa travesía surgió el libro En Eva i Sahara (Una Eva en el Sáhara, sólo hay versión sueca).

Continúa esa vida revuelta y regresa al Valle Feliz, regresa a Bror Blixen. Comienzan una relación estable, lo que no quiere decir sosegada: sin que Bror se despegara de ella, participó en expediciones científicas en Congo y Uganda, cubrió como corresponsal de guerra del periódico sueco Vecko-Journalen (El Periódico Semanal) la crisis de Abisinia entre Italia y el entonces Imperio de Etiopía (1270-1974). Finalizado su trabajo ella y Bror regresan a Nairobi a lomos de mula: 2.000 kilómetros. ¿Lo has intentado, lo has imaginas: 2.000 kilómetros a lomo de mula?
Es 1936, y es hora de sentar cabeza. Deciden casarse. Lo hacen en Nueva York, para seguir luego de luna de miel navegando por el Mar Caribe acompañados por Ernest Hemingway y su segunda esposa Pauline Pfeiffer.
Pero aunque era hora de echar raíces en África, como quería su marido (diecinueve años mayor que ella), ya habrás imaginado que Eva no podía contener su genio y se decide por lanzarse al viaje de sus sueños: la Ruta de la Seda, Estocolmo-Pekín en coche. El viaje, de pensarlo, aterraría a más de uno: 10.500 kilómetros aproximadamente, no sólo sin autopistas ni carreteras, sino mucho peor, rutas sin asfalto, y a veces ni rutas. Atravesó Alemania, Polonia, Rumanía, Turquía, Siria, Irán y Afganistán, donde se desvió hacia la India.

Pero no todo podía ser un jardín de rosas y ahora, sin que ella siquiera lo sospechara, se acercaba a un jardín de espinas: Al llegar a Calcuta se siente débil, enferma, y acude al hospital local, donde se la trata con arsénico, lo que la debilita aún más. Como si fuera poco, al ser dada de alta se entera de que Japón ha invadido China, lo que significaba el comienzo de la Segunda Guerra chino-japonesa (no terminaría oficialmente hasta septiembre de 1945).
Ante tanta adversidad, aunque cueste creerlo a esta altura de su biografía, Eva Dickson, por primera vez en su vida, da el brazo a torcer y decide regresar a Estocolmo. Pero sí, has acertado: conduciendo y sola. Débil, (la imagino lacia, de reflejos lentos, la vista incluso borrosa) arremete contra los casi 10.000 km que la separan de su Suecia natal, de a su Ljung Slott, de su vida de lujo y relaciones aristocráticas.
¿Está vencida?
Llega, así y todo, a Bagdad (casi 3.800 km de rutas fangosas y polvorientas) y se aloja en un hotel. A pesar de su estado deplorable, ella es Eva, la de Una Eva en el Sáhara, y en la casa de un amigo donde la han invitado a cenar acepta una nueva apuesta: ella llegará a Estocolmo en coche antes que su desafiante en barco. Al salir de esa cena, quizás ansiosa por ganar la apuesta, quizás por llegar a su slott, quizás por reunirse definitivamente con Bror, en una curva cerrada y cuesta arriba, pierde control del coche, cae al río Éufrates y queda atrapada entre el volante y el asiento.
Acababa de cumplir treinta y tres años.
Ese 24 de marzo, en Bagdad se celebró una ceremonia en su memoria, y el 22 de abril se ofició su funeral formal en Estocolmo. Su marido, Barón Bror von Blixen-Finecke que deseaba que echaran raíces, estaba en un safari: no se enteró hasta julio de ese año.


