Mujeres que dieron un paso al frente (10) Alexandra David-Néel


Viendo la foto de Alejandra a los quince años (izquierda), allá por 1883, uno no puede dudar de que era una estudiante aplicada y obediente, y si prestamos atención a la foto superior derecha, alrededor de sesenta años, uno no puede dudar ni un segundo de que era una mujer de carácter. Sin embargo, ya en la primera foto (a los quince, recuérdese) Alejandra ya tenía ese carácter y se las traía. Lo del famoso “Socorro. Tengo un hijo adolescente” resulta insignificante.
Alejandra David-Neél, cuyo nombre de pila es Louise Eugénie Alexandrine Marie David (imagina tener que pasar lista el primer día del curso), nació en Paris el 24 de octubre de 1868 y viene aquí a ser una especie de representante de la rebeldía en busca de algo; una rebeldía que llevaba en la sangre: hija de Louis David, periodista liberal y republicano que se opuso al golpe de estado de Louis-Napoleon Bonaparte en 1851 y tuvo que emigrar a Bélgica, donde conoció a Alexandrine Borghmans, que sería la madre de Alejandra.
Tuvo la suerte de no tener ni tele, ni móvil, ni tablet, y ya de niña se apasionó por la lectura, especialmente de los libros de Jules Vernes, como en realidad nos apasionaban a todos, pero seguramente no llegamos a su extremo. Eso la movió a soñar con largos viajes, con lo difícil que era viajar en esa época. Y como si fuera poco descubrió el Museo Guimet de Artes Asiáticas de Paris, y el viaje comenzó a bullir en su interior. Pero ya veremos que no era un viaje cualquiera, como turista, aventurera, escritora; era un viaje de búsqueda, porque ella buscó toda la vida, y nadie se lo impidió por ser mujer, más bien recibió ayuda cuando la necesitó.
A los quince años (así, como en la foto, ella tan dulce, tan bella, como la canción), con motivo de unas largas vacaciones familiares en Ostende, complejo turístico de ocio y playa, escribe: “Lloré lágrimas amargas más de una vez, con la profunda sensación de que la vida se me escapaba, que los días de mi juventud se iban, vacíos, sin interés, sin alegría”. Como es de imaginar, se fuga. La primera vez pero no la última. Se sabe que alcanzó el puerto de Vlissingen (Flesinga, en español) en los Países Bajos pero luego hay dos versiones: la primera, cruzó a Inglaterra, pero se vio forzada a regresar por falta de dinero; la segunda, su familia la encontró justo antes de embarcar y se lo impidió.
En esa vida que se le escapaba, según ella, comienza a leer sobre ocultismo. Su sentimiento de la vida no la lleva por el mismo camino que a la gente de su medio. A los diecisiete (1885, faldas a los tobillos, escote al cuello), aún menor de edad, vuelve a mostrar su radical independencia: sola, viaja en bicicleta por España, Suiza e Italia. Llevaba una falsa alianza de matrimonio que le daba libertad de movimiento: “Sí, ahora viene mi marido” o “Quedé aquí con mi marido”. ¿Quién no creería a ese ser angelical?
En 1886, elige algo que llamaríamos normal para su edad: ingresa en el Real Conservatorio de Bruselas para estudiar piano y canto lírico. Pero, como contrapeso, también ingresa en la Sociedad Teosófica de Madame Blavatsky, uno de los movimientos esotericos más influyentes de Europe. Y es así como entra en contacto con religiones orientales y círculos espiritualistas.
En Paris, se convierte en una asidua del museo Guimet de artes asiáticas con la idea de profundizar en la cultura de esos pueblos: historia, religiones, folclore, geografía. Y comienza a estudiar sanscrito y tibetano. Su camino ya está marcado.
Según algunas fuentes en esa época atraviesa un período de depresión que la lleva al borde del suicidio, que no comete por su creencia en la reencarnación y porque lo veía como una deserción.
A los veintitrés años (1891) recibe una pequeña herencia de una tía que sus padres quieren que invierta en una tienda de tabaco pero ella no está por la estabilidad, y mucho menos comercial, y decide hacer su primer viaje a la India.
En la India se une a un grupo liderado por el gurú Sri Ananda Sarawati, que usaba hachís para hacer viajes astrales. Ella probó una vez, pero nunca más. Podría haber tenido lo que se llama coloquialmente “un mal viaje” o simplemente no gustarle.
Al cabo de dieciocho meses, agotados sus fondos, regresa a depender de sus padres. Pero al año siguiente, debido a un revés económico, sus padres ya no pueden mantenerse ni a sí mismos ni a ella. Pero ella es Alejandra, y se saca un as de la manga: el canto lírico. Es contratada por el Teatro Nacional de la Ópera, actuando no sólo en Francia sino también haciendo giras por toda Europa. Entre los años 1895 y 1898 interpreta a Violeta en La Traviata de Verdi, canta en Las Bodas de Jeannette de Víctor Massé, en Mireille de Gounod, Carmen de Bizet, Thaïs de Massenet entre otras. Actúa con el nombre de Alejandra Myrial, como si reservara su verdadero nombre para lo que iba a venir.
Entre 1897 y 1900 vive en París con el pianista Jean Haustont y, con él a cargo de la música, escribe el libreto de Lidia, una tragedia lírica en un acto.
Al terminar el contrato con el Teatro Nacional de la Ópera en 1899 es contratada para cantar en Atenas. Y a Atenas que se va, dejando a su amante tocando el piano a orillas del Sena.
De Grecia pasa a Túnez. En aquella época Túnez, capital del país, era una ciudad doble: por un lado la zona árabe intacta y por otro la zona europea en plena expansión colonial. Aquí canta en diferentes teatros y, sobre todo, le sucede algo que cambiará su vida, o mejor dicho impulsará su vida por ese camino que tanto buscaba: conoce al ingeniero jefe de los ferrocarriles tunecinos, un distante primo suyo, Philippe Néel de Saint-Sauveur, y se convierte en su amante.
A los dos años es contratada como directora artística del casino de Túnez y abandona su carrera de cantante.
Y en 1904 formaliza la relación con su primo. Pero ella se niega a tener hijos porque un hijo, argumentaba, coartaría su independencia. Alejandra era Alejandra y lo que ella no busca la busca a ella. Porque ese mismo año, en diciembre, muere su padre, dejándole una herencia de 20.000 francos, una fortuna para la época.
Comienza entonces una etapa extraña en su vida, que desentona con lo que ella era y mucho más con lo que sería. Da conferencias en Bélgica y Londres. En esta última contacta con la Sociedad de Textos Pali (RAE: Dialecto del indio medio en que se escribió la más antigua tradición budista.)
Esa etapa dura unos siete años, hasta que en 1911, su marido Philip, quizás por notarla extraña, quizás por notarla deprimida (nunca se sabrá) ofrece costearle una estancia de un año en la India para que perfeccione sus idiomas orientales.

No lo duda y al mes la encontramos en la India. (Recuerda: Túnez-Bombay en esa época implicaban casi treinta días de navegación.) Objetivo, o excusa, profundizar en sus conocimientos del budismo y de las lenguas tibetana y sanscrita. Pero Alejandra es Alejandra y descubrimos que Philip, su marido, es Philip: en lugar de un año le costea catorce. ¿La veía muy mal? ¿Quería quitársela de encima? ¿Tenía una amante? Lo cierto es que en ese período su marido actúa como distribuidor, acaso interesado, de los artículos que Alejandra escribe y le envía, artículos que varios periódicos ya están dispuestos a adquirir.
¿Pero cómo sería el método de estudio y trabajo de Alejandra? Ella es quien es y estudia y escribe al mismo tiempo que viaja por toda la India. Algo muy peculiar, porque el viaje implica novedad y distracción y el estudio requiere sedentarismo y concentración.
En 1914 contrata como sirviente a un tibetano de quince años, Aphur Yongden, con el que tan unido llega a sentirse que lo adopta como hijo. Con él, que luego sería lama (maestro del budismo tibetano), marcha a vivir como anacoreta en el Himalaya (ver titular foto central).
Al año de anacoreta (edad:47), comienza a sufrir reumatismo y el dolor y la época del año (Navidad) trae a su mente algo impensable: nostalgia del hogar. Pero está atrapada por el invierno del Himalaya: nieves profundas, vientos huracanados, temperaturas gélidas. Varada allá arriba, comienza entonces a practicar tummo, (literalmente calor interior, método yoga de contemplación y control de la temperatura del cuerpo).
Clama que sigue avanzando en su dominio de las técnicas yoga y haber creado una sprul-pa (tulpa en occidente), o sea una manifestación espiritual de sí misma pero fuera de sí misma, que describe en su libro Magia y misterio en Tibet publicado en 1929.
Pasados unos años, decide salir del Tíbet y, con su hijo adoptivo, se lanza a recorrer los dos mil kilómetros que la separan de Lhasa (hoy sureste de China). El camino, de terreno agreste, de temperaturas gélidas, de nieve blanda, de viento como latigazos, (recordemos que se mueve entre 4.300 y 4.900 metros sobre el nivel del mar), el camino, decíamos, está poblado no sólo por pastores sino por bandoleros; comenzó un viaje en el que habían fracasado muchos aventureros europeos. Durante el mismo recurre al método yoga de tummo para crear calor interno y, como dice ella en el libro citado “Pronto vi llamas a mi alrededor; se hacían grandes y más grandes, y me envolvían…”
Alexandra David-Néel, que había ido a Asia en 1911 a pasar un año de aprendizaje, regresa a Europa en 1945, a los 77 años de edad, y se radica en Digne‑les‑Bains (sur de Francia), en una casa que ella llamaba La Fortaleza de la Meditación.

Publica artículos en revistas y periódicos, afines a su visión de la vida, y más de treinta libros. Asimismo recibe premios y honores: Comandante de la Orden Nacional de la Legión de Honor, concedido por el estado Francés, y la Gran Medalla de Oro de las Exploraciones y Viajes de Descubrimiento, de la Sociedad Geográfica.
Pero Alejandra es Alejandra y en 1968, a los cien años, ¿qué crees que hizo? Renovó su pasaporte. ¿Un viaje en mente? Pero no volvió a usarlo, murió en 1969, a punto de cumplir 101 años. Su casa Santem Dzong (La Fortaleza de la Meditación) hoy día es un museo que tú puedes visitar.
Si vale de algo mi opinión, me atrevo a decir que, aunque no estando de acuerdo con su visión del mundo, encuentro admirable su determinación y fortaleza, que ya empezó a mostrar a los quince años de edad. Recordemos que pudiendo ser una diva de la ópera prefirió la soledad de las montañas más altas de la tierra.
Próxima entrega: Cristiana Davies – De armas tomar


