Mujeres que dieron un paso al frente
Un retrato biográfico de Annabella Milbanke (Lady Byron) y su hija Ada Lovelace, dos mujeres excepcionales en la Inglaterra del Romanticismo. Ciencia, educación, filantropía, escándalos y enfermedad se cruzan hasta desembocar en el legado histórico de Ada: el primer algoritmo para la máquina analítica de Babbage.

Madre e hija, de tal palo tal astilla:
Pocos son los casos de madre e hija que tuvieran la misma inclinación por las ciencias y las matemáticas, y ambas destacaran. Podríamos nombrar, recientemente, a Evelyn Fox Keller y su hija Sarah Keller (esta última aún en activo) en el campo de la biofísica y de la filosofía de la ciencia o, un poco antes, a la famosa Marie Curie y su hija Irene Joliot-Curie en el campo de la física y la química. Parece que los gustos de las madres y sus hijas no tienen por qué confluir. Así, por inusual, se nos hace más extraño el caso de Annabella (1792-1860) y su hija Ada (1815-1852).
Sus nombres no eran tan sencillos, su origen y ambiente no era el del ciudadano medio, y la época (romanticismo en Gran Bretaña), una época de cambios y no muy recatada, como venía siendo desde el siglo XVIII, sino más bien salpicada de escándalos.
Comencemos por la madre. De nacimiento (17 de mayo de 1792) Anne Isabella Milbanke se convirtió a lo largo de la vida en Anne Isabella Noel Byron, XI Baronesa de Wentworth y Baronesa Byron, a quien los más próximos llamaban simplemente Annabella y los menos próximos, Lady Byron.
Annabella, como muchos miembros de la nobleza y la aristocracia, aunque en nuestros días cueste creerlo, no pasaba su vida entre las playas del Caribe y las pistas de esquí de los Alpes suizos, y muchos menos sin hacer nada. El buen ejemplo de una vida activa y provechosa lo tenía en su propia casa, o mansión, Seaham Hall: su padre Sir Ralph Milbanke era un reconocido luchador por los derechos de las clases necesitadas y por la abolición de la esclavitud.
En una época en que los niños no iban al colegio porque la enseñanza no se entendía como en la actualidad, Annabella, en Seaham Hall, recibió una elevada educación en todos los ámbitos del conocimiento: literatura, filosofía, ciencias, matemáticas. Se sabe que se sintió fascinada por el magnetismo, el conjunto de fenómenos mediados por campos magnéticos, y la frenología, hoy día sin validez, que afirmaba que por la forma del cráneo podían conocerse los rasgos positivos y negativos de una persona, e incluso si los había de criminalidad.

Como se ha dicho, Annabella creció siguiendo el ejemplo de sus padres preocupados por la situación de los trabajadores y de los esclavos. Así, joven como era (no había cumplido veintitrés años), contribuyó a la fundación de la escuela de Seaham, para gente de bajo poder adquisitivo, experiencia que le serviría de modelo para la posterior escuela de Ealing Grove, posiblemente la primera escuela cooperativa de Inglaterra. Annabella era una científica y una filántropa.
Dijimos antes que la época que le había tocado en suerte no era una época estable sino de cambios: plena revolución industrial (piénsese en los cambios en las formas sociales acarreados por la revolución tecnológica actual), surgimiento del romanticismo, en que los artistas (pintores, escritores, músicos, etc.) se independizan de sus mecenas y, en su anhelo de libertad y desarrollo individual, algunos de ellos llegaron a ser no muy buen ejemplo para la sociedad, e incluso enfrentarse a ella. Sólo en esa época y no en otra podía nacer y desarrollarse… George Gordon Byron, o sea el famoso Lord Byron, noble, poeta, playboy, de éxito claro, y aventurero, lo que le costó la vida luchando por la independencia de Grecia del Imperio Otomano en 1834.
Y Annabella, formal, religiosa, científica, filántropa, digno personaje de Jane Austen, y su antónimo Byron, aventurero, don Juan, “loco de atar” podríamos decir, se conocieron. Era el año 1812 y pareciera que los cañones de la sinfonía de Tchaikovski más que por la derrota de Napoleón sonaran por ese encuentro.
Él le propuso matrimonio; ella lo rechazó. El insistió por carta, escribiendo de literatura y otros temas que él sabía que le interesaban y de cuando en cuando la visitaba en Seaham Hall. Él terqueaba y ella no se quedaba atrás en eso del terquear. Hasta que dos años más tarde, la constancia de Lord Byron hizo que ella se rindiera y se casaron el 2 de enero de 1815.
El 10 de diciembre de ese mismo año, Annabella dio a luz a Ada, la única hija que tendría, a la que registró como Augusta Ada Byron, que pasaría a la historia como Ada King, Condesa de Lovelace, o simplemente Ada Lovelace.
Pero al mes, el escándalo: Annabella descubre que él le es infiel, y, como si eso no bastara, con Augusta Leigh, su propia hermanastra (de él, por lo que era incesto). Infidelidad e incesto: ¿había acaso algo que pudiera agraviar más a Annabella?
Inmediatamente ella lo abandonó y solicitó el divorcio, que ganó, al igual que la custodia de Ada, de apenas dos meses. Y si lo pensamos, ¿qué iba a hacer Lord Byron por más gran poeta inglés que fuera con una niña de dos meses bajo su custodia? Él tenía que seguir coleccionando amantes, lo cual hizo, e ir a pegar tiros a una guerra que nada tenía que ver con él, lo cual también hizo.
Al mismo tiempo que educaba a su hija y le instilaba el gusto por el estudio en general y por las matemáticas en particular, Annabella continuó trabajando por los desfavorecidos, intentando descubrir las causas de sus problemas, aportando soluciones más allá del mero apoyo económico. Ayudó a la creación de la Sociedad Cooperativa de Brighton, y prestó los bajos de su propia casa en esta localidad para una escuela de mecánica. Annabella, que nunca volvió a casarse, al igual que sus padres era un ejemplo para su tiempo y lo sería para la posteridad.

Pero no sólo educaba fuera de casa. Annabella impuso a su hija una disciplina estricta, por no decir severa, que se basaba en premios y castigos, y le procuró lecturas de alto vuelo y relaciones con intelectuales.
Entre otros prestigiosos tutores, contrató a Mary Somerville. Nacida en 1780, Mary Somerville era una prestigiosa científica escocesa miembro de honor de la Royal Astronomical Society (nombrada junto con Caroline Herschel en 1835).
A esa educación su madre añadió el control de sus relaciones sociales: Ada no podía tener amistades infantiles sin su previo consentimiento, lo cual era normal en la época. En general Ada, más que con niños de su edad, se relacionó con adultos del círculo materno, científicos, pensadores, escritores. Entre ellos, por mencionar sólo a dos, Michael Faraday, fundamental en el desarrollo de la electricidad, el electromagnetismo y la electroquímica, y el famoso Charles Dickens, que no necesita presentación.
(Permíteme una digresión: habrás advertido que se recuerda, en general, más a los artistas –escritores, pintores, músicos etc.– que a los científicos. La explicación no es compleja: el científico, en general, no siempre, hace descubrimientos, inventos, que luego ayudan a otro científico a superarlos, mientas que los artistas hacen un trabajo acumulativo: Picasso, por ejemplo, se une al grupo de grandes pintores sin anular ni a Velázquez ni a Goya. Dilthey, simplificando, distinguía entre bienes de civilización –ciencia y otros– y bienes de cultura –arte en general).
Pero nos espera Ada, y a ella volvemos. Hay que hacer notar, desgraciadamente, que desde su infancia no gozó de muy buena salud. A los ocho años comenzó a padecer dolores de cabeza que llegaron a oscurecerle la vista; a los catorce, contrajo una enfermedad (posiblemente sarampión) que concluyó en parálisis de las piernas durante un par de años; recobró el andar, pero con muletas. A pesar de todas estas desventajas físicas, siguió estudiando y estudiando y estudiando.
A los diecisiete años, ya recuperada, conoce a William King, mucho mayor que ella pero…., económica y socialmente, ¡un partidazo! y en 1835 se casan. Tuvieron dos hijos y una hija, pero, aunque él estaba interesado en ciencias y la apoyaba en sus estudios, a partir de 1840, ya una mujer de veinticinco años, Ada empezó a flirtear con el escándalo (no olvidemos que el padre, Lord Byron, era un rey en estas lides): por un lado sus relaciones extramatrimoniales con hombres que frecuentaban su casa y por otro su pasión por las apuestas.
Y llegó el cáncer, de útero. No se sabe la fecha exacta pero se cree que alrededor de 1850, o sea a sus treinta y cinco años. Al aparecer la enfermedad, aparecieron sus gastos y Ada no pudo seguir ocultando sus deudas, todas de juego. Su marido, al descubrirlas, maldijo, despotricó, se distanció de ella, pero no la abandonó como dicen algunas fuentes.
Augusta Ada King, Condesa de Lovelace, muere el 27 de noviembre de 1852; tenía treinta y seis años.
Su legado, a pesar de una vida de enfermedades y escándalos fue el primer programa para una computadora, entonces denominada “máquina analítica” de Charles Babbage.
Ella fue la primera en darse cuenta de que esa máquina tenía posibilidades que sobrepasaban las meras aplicaciones de cálculo, y publicó lo que se conoce hoy día como el primer algoritmo destinado a ser procesado por una máquina, por lo que se la considera como la primera programadora de ordenadores,
Su madre, Annabella, la sobrevivió ocho años: falleció de cáncer de mama en mayo de 1860, a los de sesenta y ocho años, treinta y dos más que su hija.
Madre e hija, la primera de vida más bien saludable y formal, la segunda enfermiza y parece que algo licenciosa, tienen en común la actividad desenfrenada en las ciencias, y, en el caso de la madre, la educación y la filantropía.
Próxima entrega: La rebeldía y la búsqueda
Texto: Diego Nieto Marcó – Ilustraciones: Ana


