Muchacho Irlandés – La Cueva

Esta leyenda ocurrió en un pueblo de Irlanda, mi tierra, aunque lamento no recordar su nombre. Este país, conocido también por Eire, la verde Eire por sus extensos prados, es muy rico en leyendas de origen celta y sus habitantes somos muy dados a creer en duendes, leprechauns, hadas, elfos e historias sobrenaturales. Quizá influya en ello su clima, sus paisajes envueltos en niebla casi todo el año o simplemente la idiosincrasia y supersticiones nuestras, ya que nos consideramos descendientes de los antiguos druidas.
Excusad esta demostración, algo pedante si queréis, de cultura, pero creo que viene bien como prolegómeno para introducirnos en la aventura que le ocurrió a nuestro protagonista, un joven pastor. Comienzo, pues.
Brenan era un sencillo pastor irlandés que todos los días de buena mañana salía a las afueras de su pequeña aldea para sacar a pastar a su rebaño de ovejas. Era un alma sencilla que apenas había aprendido a leer y no habiendo visto más mundo que su terruño, era feliz con lo poco que tenía, la compañía de los animales y su fiel perro pastor a los que amaba como si formaran parte de su propia familia. En realidad, casi los consideraba así ya que pasaba la mayoría del tiempo con ellos. Les hablaba con cariño, los acariciaba y les procuraba los mejores pastos aunque tuviese que dar largas caminatas hasta encontrarlos.
Un día, buscando nuevos y más tiernos pastos para sus ovejas, se alejó del pueblo más que de costumbre y al llegar al lugar donde vio que la hierba era fresca y crecida, descubrió sorprendido un paisaje desconocido hasta entonces para él. Era un lugar casi idílico, cubierto de verdes prados y rodeado de altas montañas como si fuesen magas protectoras del valle. Podría decirse que aquello era semejante a un edén en donde su espíritu se solazó a sus anchas con la contemplación de la hermosa naturaleza que lo rodeaba pues, al igual que sus antepasados los druidas, era un amante adorador de los bosques y los árboles. ¡Cómo disfrutaba su alma sencilla en aquel entorno plácido y lleno de belleza!
Pero el sol empezaba a anunciar su ocaso, ya que allí anochece muy pronto, y llegó la hora de regresar al pueblo. Se dispuso, como siempre hacía cuando iba de recogida, a contar las ovejas y advirtió con disgusto que le faltaba una, su preferida, una tierna ovejita blanca con manchas negras que, quizá en un descuido de la madre, se alejó del resto del rebaño y se perdió. Desesperado, se puso a buscarla por todos los alrededores sin obtener resultado alguno en su búsqueda cuando, de improviso, semioculta entre unos matorrales, descubrió una cueva. Pensó de inmediato que el animal se habría metido en ella y animado ante esa idea penetró en la gruta con la esperanza de encontrarla.
Al entrar en la cueva se vio sorprendido por lo enorme de sus dimensiones. Ante él se abría una sala inmensa poblada de elevadas columnas e infinidad de estalactitas y estalagmitas formando caprichosas figuras. Desalentado, al no ver por ningún lado a su pequeña oveja, siguió adelante hacia el fondo de la sala cuando, con sorpresa, descubrió otra sala parecida a la anterior pero de dimensiones aún mayores poblada igualmente de milenarias columnas. Ésta se ramificaba en numerosos brazos los cuales se abrían en diferentes direcciones. Indeciso, no sabía por cual de ellos continuar y eligió al azar uno en el cual parecía vislumbrarse cierta claridad al fondo, ya que la oscuridad comenzaba a ser total a medida que se internaba en aquella desconocida cueva que ya empezaba a resultarle un tanto misteriosa.
En efecto, al ir acercándose, ya con algo de temor, hacia el final de aquel angosto pasadizo elegido, observó que el atisbo de claridad que percibió de lejos se fue haciendo cada vez mayor hasta alcanzar tal intensidad que, por momentos, quedó cegado por la misma. Parpadeó repetidas veces y al recuperar de nuevo la nítida visión, se vio sorprendido por un cuadro fantasmal. A la luz de numerosas hogueras y al son de una música infernal y ensordecedora, danzaban formando una rueda unos seres que parecían venidos de otro mundo, jamás imaginados por él. Eran figuras grotescas, enanos retorcidos, leprechauns, duendes de grandes orejas y narices descomunales, elfos, gnomos y brujos cuyos rostros eran de una desagradable fealdad. Todos cogidos de las manos ejecutaban una danza macabra alrededor de las hogueras, lanzando terribles alaridos e imprecaciones en una lengua desconocida para él que, ante aquella escena irreal, todo ello envuelto en una atmósfera mágica en el vientre tenebroso de la caverna, permanecía como hipnotizado y sin poder moverse del lugar en que, cual espectador, se hallaba semiescondido tras una de las milenarias columnas.
De repente, uno de aquellos horribles seres descubrió su presencia y advirtiendo a los demás componentes de aquel aquelarre, se lanzaron como posesos hacia él, colocándolo en medio de la rueda fantasmagórica para hacerle objeto de sus burlas y chanzas. Uno a uno se le iban acercando gritando imprecaciones que, naturalmente, no entendía pero que adivinaba amenazantes hacia su persona. Algunos, los más agresivos, haciendo muecas horribles, le pinchaban con objetos punzantes ante las sardónicas carcajadas de todos los demás.
No sabía cuánto estaba durando el juego de aquellos seres diabólicos, tortura lacerante para él, pues había perdido la noción del tiempo, y lo único que deseaba era poder huir de aquel infierno en que se hallaba inmerso, prisionero de unas criaturas perversas, habitantes de aquella caverna en que para su desgracia había entrado.
De repente, se hizo el silencio y aquella tropa de gnomos, enanos, elfos y brujos se arremolinaron y se pusieron a cuchichear entre ellos como si estuviesen maquinando algún nuevo juego, una nueva maldad ya que, al parecer, se habían cansado del anterior. Y, en efecto, con violencia lo agarraron entre unos cuantos y lo colocaron en una pira de leña con el propósito de continuar aquella ceremonia infernal para, al final, prenderle fuego y ¡horror! quemarlo vivo.
Brenan, que durante todo el tiempo que duró el anterior juego permaneció casi en estado catatónico incapaz de moverse, al comprender aterrorizado lo que aquellos seres pretendían hacer como macabra ceremonia final, pudo reaccionar, al ver llegada su última hora, y sacando fuerzas de flaqueza logró desasirse de los brazos de aquellas criaturas y con la velocidad que el miedo le impulsaba, echó a correr y a correr a lo largo de los laberintos de la gruta infernal sin que aquellos seres de cortas piernas pudieran lograr darle alcance pese a ir todos tras él, como una jauría lanzando alaridos, tratando de atraparlo.
A duras penas consiguió dejarlos atrás y, a lo lejos, vislumbró como una luz celestial la boca de la cueva, su salvación. Con nuevos bríos, al ver que felizmente se había librado de una muerte segura y exhausto, llegó por fin a la salida de aquella maldita gruta a la que el destino, jugándole una mala pasada, lo había empujado. ¡Era libre! ¡La pesadilla había terminado! Y llorando de alegría, se tendió sobre la hierba disfrutando de su libertad. Todo le parecía mucho más bello. El cielo, el paisaje, el aire acariciando su rostro… ¡Volver a la vida!
Brenan permaneció así durante un buen rato, pasado el cual y, una vez serenado su espíritu y vuelto a la realidad, se alzó del suelo y mirando a su alrededor advirtió que su rebaño ya no estaba allí. Posiblemente, el fiel perro pastor, que tan bien conocía el camino del pueblo, al ver que su dueño no regresaba, las habría guiado hasta el redil. Así que, animoso, echó a andar hacia la aldea no sin notar cierta pesadez y cansancio en sus piernas al caminar.
A lo lejos, divisó con alivio la tenue luz de las velas que alumbraban las primeras casas del pueblo y, animoso, quiso apresurar el paso pero sus piernas no le obedecían, apenas tenía fuerzas. Pensó que aquella terrible experiencia vivida recientemente lo habría debilitado y que en cuanto descansase se recuperaría.
Con paso cansino continuó andando y al llegar al pueblo observó que apenas se veía a nadie por las calles dado posiblemente lo avanzado de la noche. Tan sólo se cruzó en su camino con un joven desconocido, quizá algún visitante de otro pueblo vecino, al que amablemente saludó:
— Buenas noches, joven.
—Buenas las tengas, anciano.

por seres grotescos que parecían salidos del otro mundo.
¡Anciano! ¿Cómo le había llamado aquel muchacho? ¡Anciano! ¡No era posible! Él era un joven fuerte y lleno de vida. Sería una broma que le habría querido gastar. A veces, los forasteros gustaban de chancearse de las buenas gentes de los demás pueblos colindantes creyéndose superiores. Continuó, pues, caminando en dirección a su casa y cuando creía que ya había llegado, quedó sorprendido al ver que no la reconocía pues estaba completamente cambiada. Tanto la fachada como la puerta y las ventanas eran distintas. ¿Qué estaba pasando? Por unos momentos se quedó indeciso y, al fin, con cierto temor se decidió a dar unos golpes en la puerta para tratar de averiguar aquel misterio.
—¿Qué quieres, buen anciano? —respondió con amabilidad una mujer, al parecer, nueva inquilina de la casa.
¡Anciano! Otra vez le volvían a llamar anciano. No entendía nada. Prudente, preguntó a la mujer:
— Perdone, ¿no vive aquí un joven pastor llamado Brenan?
—¿Brenan? ¿Brenan?… ¡Ah, sí! En efecto, pero ya hace mucho tiempo de eso. Un día marchó con su rebaño de ovejas y al llegar la noche regresaron solas pero del pastor no se supo nunca qué fue de él pues jamás regresó. Dicen que se lo tragó la tierra. Ve con Dios, anciano.
Brenan quedó petrificado. Tan sólo resonaba en sus oídos, en el silencio aterrador de la noche, la palabra: ¡¡ANCIANO!!
oooooooooooooooooooooooooooooo
—¡Qué historia tan interesante nos has contado! ¡Pobre Brenan! No se dio cuenta que desde que penetró en la cueva maldita hasta su regreso a la realidad había transcurrido toda una vida y salió convertido en un anciano —comentó Benxamín, el “Galleguiño” —. Nos ha gustado mucho tu relato, Walter.
—Bueno, y ahora me toca a mí. Veremos si el mío es tan interesante como el que tú nos acabas de contar. Como sabéis, yo soy gallego, el “Galleguiño”, como soléis llamarme, así que os voy a contar una historia que se me ha ido ocurriendo mientras el irlandés narraba la suya. Trasladaos, pues, a un pueblo de Galicia perdido entre montañas y ¡poneos a temblar! —comentó, queriendo poner una nota de humor que diese ánimos a sus amigos.
—“Aquella pequeña aldea, perdida en un rincón de Galicia…”
Una historia muy interesante, felicidades. Lo no
Gracias Ángeles. Besets.
Valiente Brenan. Bonita historia💝