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Mikel

En Mikel, Germana Fernández retrata con ternura y humor el caos cotidiano de la infancia. A través de las travesuras de un niño curioso y lleno de vida, la autora nos recuerda que crecer es explorar, equivocarse y amar sin medida. Un relato entrañable sobre el amor familiar y la paciencia infinita.

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Estoy despierto, es de día, mi madre no me ha llamado ¡Hoy es fiesta! Se dijo Mikel y sonrió pensando en lo que iba a hacer.

Mikel tenía 4 años, era moreno de pelo tieso, ojos chispeantes y nariz respingona. Su risa se oía por todas partes y no podía estarse quieto mucho tiempo a no ser que estuviese haciendo alguna de las suyas, que era lo más frecuente.

‒ ¿Para qué me pondrán barrotes en mi cama? Con lo incómodo que es saltarlos – dijo mientras trepaba a lo alto de los protectores y se deslizaba al otro lado.

‒ ¡Bien! Esto ya está, ahora a por los aitas.

‒ ¡Ama, aita! Gritó Mikel con la mejor de sus sonrisas, mientras saltaba encima de la cama.

‒ ¡Oh no! Exclamó Jon.

‒ ¿Por qué los días que no tiene colegio se levanta una hora antes sin necesidad de llamarle? – se quejó Marta.

‒ Mamá si tú y papá dormís juntos ¿Por qué a mí me dejáis que duerma solo?

‒ Verás – dijo Marta besando al pequeño, que le rodeo el cuello con sus bracitos – los padres duermen en un cuarto y los hijos en otro; tu duermes solo porque no tienes hermanitos.

‒ ¡Cómprame uno!

‒ No están los tiempos para esas alegrías – contestó Jon, mientras rescataba las gafas que su hijo había cogido de encima de la mesilla.

‒ Será mejor que me levante y prepare el desayuno – dijo Marta, y dirigiéndose a Jon, le dice ‒ échale un ojo no sea que haga alguna de las suyas.

‒ Aita, ponme dibujos, quiero ver a Tarzán – gritaba Mikel

‒ Te los pongo si te estás quieto y me dejas dormir un poco más.

El interés del niño por los dibujos duró escasamente 10 minutos.

 ‒ Papa se ha dormido y esto me aburre, voy a ver lo que hace ama.

Asomando la cabeza por la puerta de la cocina, observó a su madre; parecía muy atareada y Mikel decidió ayudarla, sacaría la mantequilla y la mermelada del frigorífico; al abrir la puerta ésta tropezó con la caja de leche que su madre intentaba meter en la nevera, cayéndose al suelo.

‒ ¡Mikel! ¿Qué estás haciendo?

‒ Te estoy ayudando – dijo con una gran sonrisa.

‒ Está bien, vete a llamar a papá, pero no le saltes encima.

‒ Si no le puedo saltar encima ¿cómo le despierto? Ya sé – y salió corriendo; se subió a la cama, se acercó a su padre y haciendo bocina con las manos sobre su oído, gritó – ¡Aita, despierta ya está el desayuno!

‒ ¿Qué, ¿qué pasa? ¡Marta llévate a este crío de aquí!

‒ Sólo quería despertarle – se quejó Mikel poniendo cara de yo no he sido.

Al medio día

‒ ¿No sería mejor que Mikel comiera antes? – Preguntó Jon.

‒ No, cariño, el niño se tiene que ir acostumbrando a comer con los mayores; anda, ve a buscarle. Por cierto, lleva mucho tiempo callado.

‒ Tranquila está con Nekane, ella le controla muy bien, no hay peligro.

‒ Esa sobrina tuya es un encanto, debería tener un buen regalo, se lo ha ganado a pulso.

‒ Sí, yo también lo he pensado.

‒ Nekane – dijo Marta – pregúntales a tus padres, si puedes quedarte a comer.

‒ ¡Sí, sí! Yo quiero que se quede la tata Neka.

‒ No, hoy no puedo, papá quiere que comamos pronto, para que nos dé tiempo de ir a ver el partido, hoy juega Carlos.

‒ Tu hermano llegará lejos, tiene madera de campeón, sale a su abuelo.

La comida resulto bastante tranquila, después de una jarra de agua derramada sobre el mantel, las albóndigas rodando por la mesa y las natillas extendidas por manos y cara de Mikel, consiguieron lavarle y meterle en la cuna para que durmiera la siesta, circunstancia que aprovecharon Jon y Marta para relajarse, tomar café y ver la tele.

‒ Jon, luego podríamos ir con Mikel a la plaza; hay títeres, juegos y un montón de cosas para los niños, nos lo pasaremos bien.

‒ Él se lo pasará bien, nosotros terminaremos con un ataque de nervios – profetizó Jon.

Después de haber pasado la tarde en la plaza y una vez de regreso en casa Jon comentó:

‒ Debo de reconocer que no ha estado todo lo mal que yo me esperaba, hasta a nosotros nos ha dado tiempo para divertirnos.

‒ Has visto la carita que ponía tu hijo, con las historias que representaban los indios.

‒ Sí, ha estado más quieto y atento que de costumbre.

‒ Entretenle un rato mientras preparo su cena, tiene que estar cansado; no le dejes que se duerma, si no después se desvela.

‒ Aita ¿Puedo ver la peli de indios que me trajo la tita Carmen?

‒ Sí, hijo, ahora te la pongo y la vemos juntos en el salón.

Marta se metió en la cocina para preparar la cena del niño.

Todavía era un poco pronto y puesto que Jon cuidaba de Mikel, pensó en hacer también la cena de ellos, así cuando terminara de atender al niño podrían sentarse a la mesa y les quedaría más tiempo para ellos.

Al finalizar la labor, fue a buscar al chiquillo; lo que vio cuando entró en la sala hizo que sus pupilas se dilatasen al máximo, el espectáculo era por lo menos inusual: la tele emitía una película de indios, el padre sentado en el sillón durmiendo, Mikel corriendo y dando gritos en torno a él, imitando las danzas de guerra indias, hojas de libros y periódicos desmenuzadas y dispuestas en forma de circulo en torno al sillón se consumían en las llamas del fuego hecho por Mikel.

Marta no sabía qué hacer; si coger al niño y apagar el fuego, o sentar a su marido directamente encima de las llamas.

Cuando consiguió restablecer la normalidad y que el niño se durmiese, Marta volvió al salón, donde su marido intentaba quitar la huella dejada por la travesura de la criatura.

‒ ¿Jon, ¿tú crees que sobreviviremos a la infancia de nuestro hijo?

‒ Si tus padres sobrevivieron a la tuya, nosotros sobreviviremos a la de él – y cogiéndola en brazos la llevo hasta el sofá – siéntate, hoy te sirvo la cena yo, te la traeré aquí, tú descansa, cariño.

Germana Fernández

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