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LAS DESDICHAS DE UN JUBILADO EN LA SOCIEDAD ACTUAL

      Toribio Pérez es un jubilado de 69 años, de los cuales ha pasado 60 trabajando en el campo, una pequeña propiedad de terreno en la Vega de Granada con una vivienda austera que heredó de sus padres y donde aún sigue viviendo con su mujer de la misma edad. Tuvieron dos hijos a los que pudieron darles estudios universitarios con muchos esfuerzos y privaciones, “quitándonos el pan de la boca”, dice su mujer. El mayor terminó Perito Industrial y se colocó en una empresa en Madrid, y el segundo hijo se licenció en Derecho y trabajaba en la administración pública en Granada hasta que en el 2020 por ascenso lo trasladaron a Sevilla.

Toribio aunque sólo tiene 69 años aparenta tener más de 80, pues está muy “cascado”, el campo es muy duro. Cuando lo midieron para la mili medía 1’83 cms. Y ahora sólo mide 1’70. Conserva su cuerpo enjuto y fuerte pero encorvado por tantos años amarrado al amocafre y a la azada. Sus manos son enormes y deformadas por el duro trabajo manual y por la artrosis, “la reuma” dice él, que se le han quedado insensibles y torpes. Anda a saltos inclinándose de un lado al otro en un raro equilibrio. Es la impresión que le ha quedado en el subconsciente en los muchos años labrando la tierra y esquivando los surcos y andando entre las coles, lechugas, cebollas, el brócoli y otras hortalizas para no pisarlas. Su cara parece un campo recién arado. Los grandes fríos y los ardientes soles del estío le han dejado profundas arrugas para siempre. Todo su cuerpo acusa la vida dura de su existencia, que como he dicho antes, aparenta muchos más años de los que tiene. Sin embargo, ha permanecido intacta la energía, la llama que sale de sus ojos. Tiene la mirada limpia y azul de tanto mirar al cielo implorando lluvia y, otras veces, la mirada se torna verde… verde ¡cuántos años observando las sementeras para verlas crecer! Me dice que en su vida todo lo ve verde, hasta sus pensamientos son verdes.

Así es este campesino de 69 años, lo ve todo verde aunque ignore que el color verde es el “mensajero de la vida” y que simboliza la esperanza y también lo puro y lo ingenuo. No obstante, en sus ojos y mirada verde hay un deje de impenetrable y misteriosa melancolía, un deje de tristeza y evocación.

A Toribio Pérez lo conocí en un encuentro casual cuando estaba con un amigo mío, y como suele suceder, o mejor dicho, sucedía antes, por cortesía me ofreció su casa situada en la Vega a un kilómetro de Granada. En esta Navidad durante un paseo por el campo me acerqué a saludarlo y entre otras cosas me contó el comienzo de sus desdichas hace unos dos años cuando en cierta ocasión se acercó a Granada para hacer unas compras y sacar un poco de dinero del banco, donde desde hace muchos años guarda sus ahorrillos.

En el banco buscó con la vista al empleado que siempre le atendía pero no lo encontró. Se sienta y decide esperarlo pensando que quizá habría salido a tomar café. Después de una hora y media de esperar preguntó por él  y le dijeron que se había jubilado. Entonces se pone en una de las dos colas y cuando le toca el turno le dice a la joven empleada que desea sacar 40 euros y “poner la cartilla al día”. La empleada le dice que esa operación la haga en el cajero automático que hay en la entrada del banco. Toribio contrariado sale y se pone a la cola del cajero con la cartilla en la mano y el DNI sin saber qué hacer. El que estaba detrás en la cola viendo su tardanza y turbación le dice que meta la cartilla abierta por la ranura. Lo hace y la máquina la despide. El mismo que antes le apuntó le vuelve a decir que meta la cartilla y seguidamente marque el número del “pin”. ¿Y qué es el pin? pregunta toribio confuso y nervioso. Los que están en la cola, ya cansados, todos a coro, lo mandaban al banco para que le den el dichoso “pin”. Lo consigue y se va al cajero automático, mete la cartilla abierta y a continuación marca el número del dichoso “pin” pero no puede sacar dinero porque no se ha fijado en la pantalla para  pulsar el botón de lo que quiere realizar y el cajero expulsó de nuevo la cartilla.

          Así ocurrió, que Toribio Pérez pasó tres angustiosas horas en el banco y se fue sin dinero, sin compras, aturdido y humillado. Le cuenta a su mujer lo ocurrido y no dijo nada, simplemente se echó a llorar. Aquella noche no pegó ojo de rabia y pensando cómo podría sobrevivir en esta España del progreso, sin caridad, sin cortesía, sin modales y sin alma. Amaneció otro día y después de desayunar tranquilamente cogió el cayado con una gran porra en la parte inferior, hecho con una rama de almez, y que tiene colgado detrás de la puerta como adorno y se fue al banco. Se plantó en el centro de la sala y dio unos cuantos golpes en el suelo con el bastón y dijo con voz fuerte y autoritaria: ¿Quién me quiere atender? Se produjo un gran silencio y todas las miradas se posaron en Toribio que volvió a golpear el suelo y a repetir la pregunta. El director que desde su despacho lo había oído se acercó a él asustado y pidiendo calma se lo llevó a su despacho. Desde entonces puede hacer la más difícil de las gestiones.

Otra hazaña o desdicha parecida a ésta le ocurrió cuando empezó a tener dificultades para orinar acompañadas de dolor. Su médico de medicina general lo mandó al urólogo porque según los síntomas apuntaban hacia la próstata. Le dio un número de teléfono al tiempo que le advertía que tenía que pedir cita. Al volver a casa trata de marcar el numero en su teléfono móvil y cuando lo consigue después de varios intentos, porque tiene los dedos muy gruesos y torpes y se equivocaba de número o marcaba dos a la vez, oye al otro lado una voz femenina y juvenil que dice: “ha llamado a … diga su DNI número a número, etc.”, y como no se sabe el número de memoria, mientras busca el DNI ya se ha pasado el tiempo y la línea se corta. Y si estos requisitos los logra, aún le quedan otros cuantos datos que superar, que cualquier persona mayor no lo tiene a su alcance porque no está familiarizado con las nuevas tecnologías ni con las gestiones administrativas.

          En este caso de Toribio Pérez , como ya tenía la experiencia del banco, descolgó de nuevo el cayado y se fue al centro sanitario donde le había mandado su médico de cabecera, y dio unos cuantos golpes en el suelo sorprendiendo  a pacientes, administrativos y sanitarios, y dijo con voz fuerte: “A ver quién me quiere atender”. Fue una enfermera veterana a punto de jubilarse la que reaccionó, se acercó a Toribio y le preguntó a qué consulta quería ir. Toribio, tímidamente le dice que al “futurólogo” porque le dolían “sus partes” y le costaba trabajo orinar. La enfermera veterana, con experiencia lo comprendió en seguida y le acompañó a la consulta del urólogo que tuvo que atenderle aunque no tenía cita previa. Luego pasaría lo suyo cuando tuvo que realizar las pruebas que le mandó el urólogo: esperas, colas, confusiones, retrasos, la mirada pendiente de la pantallita hasta que sale el número de orden que sólo aparece unos segundos, etc, etc. (Algo parecido le ocurrió también en correos cuando tuvo que poner una carta certificada)

          En resumen, que desde que le vio el urólogo en la primera consulta hasta la segunda con los análisis y otras pruebas habían pasado dos meses y medio de dolores, noches en vela porque tenía que orinar a cada instante, desasosiego y todos los miedos del mundo por si tenía esa enfermedad que los mayores no se atreven a nombrar (cáncer) ¿Y esta es la mejor sanidad del mundo como pregonan los políticos? Sí es cierto que tenemos los mejores profesionales sanitarios pero no la organización que está en manos de los políticos. Todos los sanitarios durante esta pandemia se han portado heroicamente mientras que los políticos han sido un desastre.

          Resulta incomprensible que tengamos Ministerios de Sanidad, de Consumo, de Igualdad, de Asuntos Sociales, defensores del pueblo y otros organismos con un montón de funcionarios e ignoren que las personas mayores han perdido visión, audición, reflejos, memoria, capacidad de comprensión rápida y de acción, que le tiemblan las manos…

Y lo que colma el vaso es que no tienen familiaridad con las nuevas tecnologías y éstas están en todas partes. Así que los mayores se encuentran en el mayor de los abandonos.

          El caso de Toribio es uno entre los miles que se encuentran en verdaderos apuros cuando tienen que realizar la más mínima gestión si no van acompañados de un gestor administrativo, de un abogado, incluso ya, de un guardaespaldas. Este falso y mal entendido progreso ha dejado a los mayores en la Edad de Piedra.

¿No debería el Gobierno dar solución a estos problemas con los que se encuentran a diario los mayores?

 

          ROGELIO BUSTOS

          Granada a 31 de enero de 2022

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