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La vulnerabilidad  de la  conciencia no presente

QMER7298

Toñy Castillo

Toñy Castillo

La​‍​‌‍​‍‌ vida es frágil. A veces da la impresión de que es sólida, firme  y estable, y al momento todo se desmorona. Vivimos haciendo planes, creyendo que mañana será un día igual a hoy, hasta que un día llega algo que trastoca todo y nos hace ver que no hay nada seguro. Un accidente, una enfermedad, una pérdida o una noticia inesperada que puede cambiar el rumbo de nuestra vida sin avisar, sin pedir permiso, y el cambio puede ser permanente o dejar secuelas que marcan los sinos de nuestra existencia.

La fragilidad de la vida no nos hace débiles, nos hace humanos. Nos hace ver que no podemos tenerlo todo controlado, y que, a pesar de eso, seguimos adelante. Cuando lo imprevisto doloroso llega, duele, desconcierta y nos rompe, pero también nos obliga a modificar, a recomponer, a descubrir fuerzas que no sabíamos que teníamos. En medio del desconcierto, la resiliencia se entiende como un acto valiente y silencioso: levantarse, respirar hondo y dar un paso más, aunque no sepa hacia dónde.

Si aceptamos que la vida es incierta, aprenderemos a vivir con más intensidad. Nos anima a disfrutar de los pequeños momentos, con el corazón abierto, a gritar lo que sentimos, a querer a las personas que tenemos cerca y a no dar nada por hecho. De ahí nace la gratitud, la empatía y la compasión, tanto hacia los demás como hacia nosotros mismos.

Al final, la vida no es solo frágil, es también vulnerable: una invitación a vivir con más intensidad, con el corazón en la mano, y con la seguridad de que, aunque todo lo que nos rodea es pasajero, cada instante vivido de verdad, deja ​‍​‌‍​‍‌huella.

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