La vida de las letras
Un relato-metáfora donde las letras son “seres vivos”: se buscan, discuten, se ordenan y, desde el silencio del autor, levantan palabras, párrafos y libros. Una defensa imaginativa de la creación literaria y de la lectura como combustible del pensamiento.

Cuando Leonardo, se encontraba con un folio en blanco, sobre todo si le rondaba aquella depresión que se había procurado cuando era tendencia entre los escritores, era como encontrarse un niño de pecho, a la puerta de un convento, envuelto solo en el abandono. Inmediatamente se ponía a elucubrar quien habría sido capaz de dejarlo así, sin prepararlo para el futuro.
No permitía que quedara de tal forma, como a medio cocer, sin el complemento necesario de aquellos gusanitos que se retorcían sobre él y a los que los humanos habíamos llamado letras. Esos pequeños seres, porque las letras son seres vivos, eran muy sociables y rara vez permanecían solitarios. Muchas veces se les veía pasear cogidos de la mano. Como seres vivos, solían reunirse con otros de su especie para formar lo que denominamos palabras, y estas, no menos comunicativas, se .agruparon en párrafos que, a su vez se unieron para formar los libros, esos denostados objetos que tanto irritan a la ignorancia que, en cuanto puede, acaba mandándolos a la hoguera.
A Leonardo le gustaba ver como esos grupos de gusanitos o de letras, como prefiráis llamarlos, se alineaban a lo ancho del papel —en otros países es a lo alto—, hasta rellenar su espacio, pero por muy cicatero que fuera el escritor, nunca llegaba a ocuparlo totalmente. Y no es que se contuviera por generosidad o empatía, sino por puro egoísmo, pues de haber ocupado la totalidad del papel, aquellos gusanitos se hubieran ocultado unos a otros, como pasa con los humanos, y hubieran resultado irreconocibles, debían dejar una gran cantidad de blancura a su alrededor, un inmenso halo que les permitiera contrastar y ser perfectamente legibles.
Ante la hoja en blanco, se entregaba a su adorno con los gusanitos, que dispersaba como si de semillas se tratara. Aunque al lanzarlas no tuviera una idea clara de cómo sería la cosecha, confiaba en el buen criterio de los gusanillos, que ya habrían acordado que iban a decir. Los repartía con la maestría de quien tiene muchas siembras a sus espaldas. Poco a poco la simiente se asentaba sobre aradas hasta entonces invisibles y daba personalidad al papel.
Mientras esos signos jalonaban la nívea superficie, se escuchaba un áspero murmullo. Había quien decía que se trataba del rasgar de la pluma sobre el papel y no faltaban aquellos que lo confundían con el bisbiseo del autor, que recitaba para sí mismo lo que escribía. Pero no debéis hacerles caso ni a sus prosaicas explicaciones. Solo sirven para salir del paso y acallar a la imaginación. Se trataba sencillamente de las conversaciones que mantenían entre si aquellos diminutos gusanillos que, como cualquiera que se junta con otros de su especie, discuten por cualquier cosa: por la oportunidad del lugar asignado, por la rapidez con que se les había depositado o, simplemente, porque están demasiado apretados habiendo tanto espacio. También podían haber caído sobre el papel antes de tener perfilada la estrategia que seguirían en aquella hoja. Hay que tener en cuenta que, siendo tantos en un espacio tan limitado, eran normales los roces y desavenencias. Esa es la razón del ruido que se escucha mientras se escribe y no aquellas explicaciones tan ramplonas.
Los negacionistas insisten, sin aportar pruebas, en la imposibilidad de que las letras hablen entre sí. Ya no digamos que se organicen para gestar los escritos. No quieren comprender que las letras, como seres vivos y sociales, precisan comunicarse, al menos para organizarse. Deben saber detrás de que letra van y a que altura deben colocarse para que podamos entender lo que expresan. Saber cuándo es mayúsculas; si llevan tilde y qué lugar ocupa tras los guardias urbanos de la gramática que son los signos de puntuación.
Y las palabras, además de las necesidades de cada una de sus letras, precisan saber el género y número que deben adoptar para no marear la perdiz con concordancias vizcaínas.
Si las letras no se comunicaran, no serían más que una sopa de letras sin posibilidad de encontrar alguna palabra con sentido.
Cuando se agrupan, lo hacen ordenadamente, y no se amontonan o inventan mil y una marrullerías para ocupar mejor puesto. Mantienen una relación social avanzada, que evita los fallos que la ignorante tozudez humana alcanza cuando el orgullo prevalece sobre la razón. Además, y esto piénsenlo con calma, si no se comunicaran entre ellas ¿cómo expresarían cosas tan bellas?
—Creen los faltos de imaginación que soy yo, quien elige las letras, las baraja hasta convertirlas en palabras y dicta la posición que deben ocupar sobre el papel. Pero no, no es así. Eso sería tanto como aceptar que yo soy el creador del escrito. ¡Y eso sí qué no! —argumentó Leonardo, que se exaltaba cuando se le achacaba la autoría de los versos que escribía—.Yo, para describirlo más gráficamente, soy el labriego que introduce la mano en el costal, la cierra sobre las semillas, sin ver lo que toma, la saca y lanza todo lo aprehendido sobre el campo, en este caso el folio.
»Y es durante esa maniobra cuando los gusanitos o letras, se organizan para ir cada uno al sitio que han acordado mientras estaban en el costal, o si lo prefieren en mi cerebro. Pero no fue nuestra sesera la que había decidido cómo debían agruparse y en qué lugar y de qué forma debían caer.
—Ya estamos con lo de siempre, tú mismo lo has dicho. Es del cerebro del autor de donde salen esas palabras, luego es su sesera la que las baraja hasta dar con el resultado apetecido —le responde ese otro yo, que siempre viaja con nosotros, para discutirnos todo aquello que tan cavilado tenemos.
—No, no te confundas, son las letras las que se organizan entre ellas, aunque lo hagan dentro del cerebro del pretendido autor, son ellas, las letras las que deciden lo que quieren decir. ¿Acaso admitirías que los derechos de autor de tu novela se le abonaran al pen drive donde la llevas guardada? Porque de ahí sale y, por tanto según tú, es ese aparato el que las barajó.
La respuesta de Leonardo había enmudecido a su otro yo, no sabemos si lo había convencido o no, pero había acallado sus reparos. Durante unos segundos tragó saliva, no podía articular palabra, hasta que una luz se abrió paso entre sus neuronas.
—¿Debemos concluir pues que en el cerebro de cualquiera, las letras, por su cuenta, se pueden agrupar armónicamente hasta constituir una obra de arte?
—Sí, si en ese cerebro se reúnen las condiciones idóneas para que las letras se sientan creativas, precisan un ambiente relajado y silencioso, sin interrupciones ni sobresaltos. Ayuda también qué el poseedor sea un gran lector, no olvides que la lectura es el combustible de la creación literaria. Los conocimientos que se adquieren leyendo se almacenan en la biblioteca del cerebro, donde quedan a disposición de las letras y cuanto más amplia sea esa colección más posibilidades de que las letras logren agruparse en un bello poema.

