LA SONRISA DE LA LEALTAD 2/2

(Continúa tras un “―¿Y cómo voy a lograr eso?”)
Alfonso disimuló una sonrisa. Sabía que su señor, ahora sí, estaba dispuesto a escucharle.
―Intercambiemos todo. Atuendos, montura y armas. Si nos vemos rodeados, se centrarán en mí y tendréis una oportunidad de escapar. Sólo una, pero la tendréis.
Don Álvaro el Calvo observó con gran atención a su siervo. Estaba proponiéndose para lo que parecía un inevitable sacrificio, pues su experiencia en el campo de batalla le confirmaba, íntimamente, que ya estaba todo perdido. Sus hombres caían por doquier y los que no caían era porque habían huido en desbandada. Era cuestión de minutos que todo acabara en la ladera de la Sabika en aquella madrugada del trece de julio de 1162.
―Con vuestra túnica, vuestras armas e incluso vuestro anillo, creerán que yo soy vos e irán a por mí ―continuó Alfonso ante el silencio de su señor mientras empezaba a desprenderse de sus vestimentas y escudo―. Pero debemos apresurarnos.
―No. No puedo permitirlo, amigo Alfonso ―replicó don Álvaro―. Sabía de vuestra lealtad pero…
―Perdonad que os interrumpa ahora, mi señor ―alzó la voz el siervo―, mas yo sí que no voy a permitir que os neguéis. Yo os lo debo todo. ¿O acaso no recordáis la vez que me salvasteis la vida en la batalla de Lobregal?
Don Álvaro recordó la batalla entre Castros y Laras en la que participó con sus huestes, un par de años antes, y en la que interpuso su mandoble entre la espada que ya se abatía sobre el cuerpo rendido de Alfonso y este. Desde luego, lo había salvado de una muerte segura, circunstancia que no pudo evitar, instantes después, el entonces atacante, que perecería ensartado, con eficaz diligencia, por el afilado hierro del Calvo.
―Sí, pero…
―¡Vamos! ¡Rápido! ¡Desnudaos! ¡Prestadme vuestra ropa! ¡Ahora!
Don Álvaro parpadeó rápido. No podía creerlo. ¡Su fiel siervo le estaba dando órdenes! Aquello era ya de por sí arriesgado para él, así que no pudo evitar admirar, en su fuero interno, la lealtad de aquel hombre. A regañadientes, comenzó a desvestirse y Alfonso lo ayudó para acelerar el proceso. Cuando ambos se acomodaron en las monturas que correspondían al ardid que pretendían, la tienda comenzó a arder. ¡El enemigo estaba allí mismo!
Espolearon los caballos en dirección hacia arriba mientras don Álvaro el Calvo impartía órdenes a gritos, tratando de organizar sus filas. Muy cerca, para que nadie pudiera distinguir que aquella voz no procedía del hombre vestido como el jefe de aquellas huestes, Alfonso lo acompañaba. Sin embargo, el cerco alrededor de ellos no tardó en estrecharse.
―¡Están cayendo todos! ―Informó Alfonso a su señor.
―¡Resistid! ―Gritó don Álvaro, desesperado.
Los pocos infantes y caballeros que los escoltaban iban desapareciendo, según los espadazos enemigos los tiraban al suelo, hasta que Alfonso lo vio claro.
―Mi señor, llegó el momento de que calléis…
―¿Me estáis ordenando que me calle? ―se giró, furioso, don Álvaro.
―Recordad lo que habíamos hablado, por Dios. ¡Enseguida quedaremos solamente nosotros dos! Y ahí delante queda un pasillo por el que, si las flechas no lo impiden, aún podéis salvaros.
Don Álvaro lo miró con severidad, negando con la cabeza.
―Os lo ruego, mi señor. Os debo la vida, dejadme que ahora salve yo mi honor.
―¿Y el mío qué?
―¿Qué me decís del honor de salvar el honor de un amigo?
Don Álvaro se quedó pensativo, rodeado de gritos y salpicaduras de sangre que rociaban sus atuendos según caían sus hombres más cercanos. Recordó entonces a Zarqa, la rubia de los ojos azules, la hija de Zobeida y el Rey Lobo, la mujer a la que jamás volvería a ver si perecía. Su pecho se estremeció.
―¡Ahora o nunca! ¡Huid!
Alfonso señaló con la espada que había pertenecido a don Álvaro el pasillo que aún permanecía libre, enfrente de ellos. El Calvo asintió con la cabeza y agradeció con un gesto silencioso el de su siervo y, ahora lo sabía con certeza, leal amigo. Después clavó las espuelas en aquella montura y galopó raudo bajo una lluvia de flechas.
Semanas después, don Álvaro tuvo noticias de su amigo Alfonso. Por lo visto, su cabeza presidía la puerta del puente de Córdoba. Creyendo haber capturado a don Álvaro Rodríguez de Castro, los almohades la exhibían como trofeo, aunque, según le contaron al Calvo, aquellos sarracenos habían intentado antes, sin éxito, borrarle la sonrisa triunfal que se le había quedado en la cara al morir.


MUY INERESANTE
GRACIAS
UN ABRAZO