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La larga Espera  

La larga espera, de Germana Fernández, es un relato ambientado en la guerra de Ucrania donde el amor, la tecnología y la esperanza se entrelazan en medio del dolor y la destrucción.

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Ucrania primavera de 2025. La guerra ha evolucionado hacia una danza macabra de alta tecnología y miseria humana. El paisaje es una red de trincheras, donde el zumbido constante de los drones de reconocimiento sustituye al canto de los pájaros. Los soldados ya no sólo temen al proyectil, sino a la señal térmica que delata su calor humano en el frio abismal.

Olena, operadora de drones de reconocimiento, vive tras una pantalla, su mundo se reduce a imágenes en blanco, negro e infrarrojos, su misión es guiar a los socorristas militares, camilleros, médicos de combate y personal de intendencia, indicándoles las rutas menos peligrosas.

Olena mientras miraba la pantalla con que su labor, aparte de otras muchas vidas tanto de un bando como de otro, quizás sólo quizás, salvara la de Andrey, su amor desde que iban al instituto. Él era medico de combate y jefe de su unidad. Ellos pacifistas por naturaleza y solidarios con el dolor de los necesitados, tengan el color que tengan, cuando fueron forzados a alistarse, no dudaron en ofrecerse para los trabajos para los que estaban mejor formados, tanto anímica como académicamente.

Olena recuerda el último día que pasaron juntos, hace ahora un año, comenzaba la primavera y la temperatura era agradable. Caminaban de la mano por el campus universitario donde cursaron sus carreras, con la ilusión de poder ejercerlas en una atmosfera de paz, pero el destino les tenía reservada otra realidad, la realidad de la guerra donde el ser humano, involuciona a sus raíces más primitivas, donde se es depredador o presa. Se sentaron en un banco, Olena se acurrucó al lado de Andrey que la rodeó con sus brazos, susurrándole al oído.

No temas, amor, esto pasará y volveremos a estar juntos para siempre. Te quiero más que a mi vida, más que al aire que respiro. Recuerda no es una despedida, es sólo un volveré – le decía él mientras el olor a jabón y hogar aun emanaba de su piel, – volveremos a este banco y para entonces habremos salvado tantas vidas como el destino nos permita

Olena no habla, sólo gira la cabeza para encontrarse con los labios de Andrey y se funden en un beso tan largo como apasionado.

Hoy, Olena parpadea frente a la luz azul de su monitor. Sus ojos, cansados, recorren líneas de datos, coordenadas y frecuencias. Sabe que su trabajo técnico es el hilo de Ariadna que guía a los socorristas militares, camilleros, médicos de combate y personal de intendencia, indicándoles las rutas menos peligrosas entre un laberinto de metralla. Cada decisión que ella toma, cada información que procesa, es como una oración tecnológica para que el médico de combate, el amor de su vida, también regrese a casa. El mapa digital parpadea indicando la llegada inminente de soldados, la visualización era clara, eran ambulancias, sanitarios y convoyes de avituallamiento, que coincidían de dos puntos diametralmente opuestos.

Sector despejado – dijo Olena, con alivio – pueden entrar.

La puerta de acero del refugio chirrió al abrirse dejado entrar una ráfaga de aire fresco. Olena no apartó la vista de la consola hasta que todos los soldados, estuvieron a salvo dentro. Un compañero toma el relevo para que ella pueda descansar. La muchacha se dirige a la cocina con intención de comer algo y acostarse, estaba agotada.

Escuchó el ruido de las botas llenas de barro, el tintineo de los cargadores contra los chalecos. Un grupo de hombres de la Brigada 93 se dejó caer sobre el suelo de hormigón. Entre ellos, uno se quitó el casco y la máscara. Olana al ver el rostro del soldado, se le olvidó el agotamiento, las horas que llevaba sin dormir, y la guerra. No podía creer lo que sus ojos veían. Era Andrey, su Andrey. El rostro del joven reflejaba, el agotamiento a causa del duro camino zigzagueante, que les marcaba la señal del dron y los tres días casi sin pegar ojo.

Se miraron y durante unos segundos, el zumbido de los generadores, y el eco lejano de la artillería desaparecieron. Andrey se puso en pie y camino hacia ella.

En ese búnker subterráneo rodeados de pantallas, servidores, olor a gasóleo y café barato, se abrazaron, después de un año de pesadilla.

– Rezaba todos los días para que tú fueras uno de esos puntos que veía en la pantalla poniéndose a salvo, – susurro ella con voz casi inaudible – no me atrevía a parpadear por si las señales desaparecían.

 – Siempre sentí tu presencia – respondió él, con una sonrisa triste.

– No estés triste amor, estamos juntos. No se por cuanto tiempo, pero ahora estamos juntos.

Fuera, la guerra seguía sembrando destrucción y segando vidas. Pero allí dentro bajo una luz LED que parpadeaba, el tiempo se detuvo. Eran humanos de nuevo, no coordenadas en un mapa.

Germana Fernández

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