La lágrima de la Virgen (y VI de VI)
El relato «La lágrima de la Virgen» forma parte de mi libro
«Comprimidos para la memoria o recuerdos comprimidos»
(Valencia 2017)
Por la popularidad que adquirió la milagrosa imagen, el marqués hubo de enfrentarse con todos los párrocos del pueblo, pues estos manifestaban que la Virgen había llegado al pueblo para ser la patrona de todos sus habitantes, no para adornar la capilla de un particular, por muy marqués que fuera.
La actitud del uno y de los otros estimularon luchas intestinas y partidarias de los conciudadanos, lo que motivó que el arzobispo y un corregidor real hubieran de intervenir y decidieran que la talla permaneciera en la iglesia del marqués, en cuya playa había sido hallada, que la iglesia del marques permanecería abierta a fieles y peregrinos de sol a sol y que cada año, por la fecha en que fue hallada la imagen, esta se trasladaría a una de las iglesias del pueblo, donde permanecería durante el día de su festejo, las seis iglesias participarían de forma sucesiva en este privilegio. Nada dictaminaron sobre las ofrendas, limosnas, óbolos y donativos, que con tanta prodigalidad entraban en los cepillos del marqués y que era lo que interesaba a los párrocos.
Resulta curioso que, precisamente por aquel tiempo, una generosa donación del marqués tuvo entrada en la corte. No era el primer obsequio del marqués, que era descendiente de mercaderes enriquecidos en las indias, había aprovechado, años antes, la carestía por la que atravesaba la hacienda real y había conseguido su título y los territorios que este comportaba a cambio de un puñado de dieciochenos y ahora su espíritu de mercader le incitaba a la explotación de la iglesia donde se recogían grandes dádivas y algunos importantes legados y donaciones, que el noble advenedizo incorporaba a su peculio sin importarle los deseos de donantes o legatarios.
No pasaba día sin que el marques acudiera a la iglesia, sabedor del ascendiente que significaba ser el propietario, ahora indiscutido, de la preciada imagen. Había decidido construir un retablo que recubriese la desnuda piedra del ábside donde se acogía la imagen, y no tardó en ponerlo en boca del pregonero para que el pueblo, que empezaba a murmurar sobre el destino de limosnas y dádivas, se calmara. Se adjudicó la magna obra al taller de Bernardo que no tardó en llegar al pueblo dispuesto a completar el encargo. Con este anuncio se acallaron murmuraciones y rumores y los donativos se multiplicaron.
Un brumoso día Gabriela salió de la posada cuando los huéspedes habían partido a sus menesteres y las mozas se afanaban en recomponer las alcobas. Llegando a la iglesia, muy próxima a su hospedería, observó el raudo avance de la construcción de la casa rectoral para mosén Macario que se ejecutaba junto al promontorio a cuyos pies se encontró la Virgen.

Al entrar al templo el corazón le dio un vuelco: la Virgen había desaparecido. Tuvo que apoyarse en la pila del agua bendita para no desplomarse. Escrutó nerviosamente la iglesia, vio a algunos obreros alrededor del altar mayor y cuando se disponía a preguntarles por la imagen, observo un fuerte trasiego de gente en una de las capillas laterales, inmediatamente supuso que estaría allí.
Se aproximó a la capilla y se alegró de su traslado, así podría contemplarla más cerca. Arrodilló su devoción lo más próxima que pudo a la imagen e inició sus rezos con la mirada humillada. Tras sus plegarias alzó el rostro y, como siempre, observó a la madona. Lo primero que le llamó la atención fue lo graciosa y bellísima que, a aquella distancia, resultaba la cara del niño, desde ahí su mirada saltó al rostro de la Virgen y, algo que al principio no supo que era, le llamó la atención. Fijó su atención en la faz de la imagen y el sentimiento le emborronó la visión. Con un pañuelo que sacó del corpiño enjugó las lágrimas, de nuevo miró a la Virgen y comprobó que en la sagrada mejilla había una lágrima con la misma forma que la mácula de su pecho.
Estuvo tentada de comprobarlo allí mismo, aunque estaba tan segura que no era necesario ¡Era la marca de Diego! ¿Pero cómo? ¡No podía ser! A no ser que… Su mente, aún en medio del dolor que el recuerdo de Diego le despertaba, empezó a atar cabos y, de pronto, supo quién… quienes habían matado a su marido y el porqué.
Hubiera querido gritar el nombre de los asesinos, pero no pudo, algo que se había atravesado en su garganta le impedía hasta respirar. Se sintió turbada y quiso salir de la iglesia pero su mirada no podía despegarse de la Virgen, de aquella lágrima, por fin con un doloroso esfuerzo se levantó y, dando traspiés, salió. Al atravesar la niebla que invadía el atrio sintió que una mano le sujetaba el codo. Se sobresaltó y tropezó en el desigual enlosado. Se volvió, era Florián que, como alguna mañana, acudía para acompañarla hasta la posada.
—La lágrima de la Virgen… la lagrima de la Virgen —tartamudeó Gabriela.
Gabriela empujó a Florián hasta la capilla y le señaló el rostro de la imagen. Él, completamente lívido, denotaba un desconcierto no menor al de ella. Se miraron y, de pronto, todo estuvo claro.
—Es tu marca.
—Es la Virgen de Diego.
Salieron y cuando caminaban hacía la hostería, dos figuras embozadas surgieron de la bruma, la sorpresa fue mayúscula, hasta el punto de que Florián llevó la mano a su daga, aunque no llegó a desenvainarla al ver que se trataba del marqués y de maese Macario armados con sus espadas: la ropera de lazo y la de taza respectivamente.
La intensa bruma les había obligado a embozarse y cubrirse con sombreros de anchas alas, por lo que sus figuras recordaron a Florián a la pareja que se había visto el día que mataron a Diego. Sintió que las uñas de Gabriela se clavaban en su brazo. Ambos comprendieron que se encontraban ante los asesinos de Diego. Asió con más fuerza la daga, pero Gabriela con un teatral arrumaco le impidió utilizarla.
Gabriela, al recapacitar sobre lo que había sentido en la iglesia y comprender lo sucedido, sintió que una placentera sensación de venganza había ahogado el dolor que le había despertado el recuerdo de la muerte de Diego, Había sentido como si desde la lágrima de la Virgen surgiera un remanso de paz que había refrenado su temerario impulso de lanzarse sobre los asesinos de Diego.
Era como si algo le dijera: «Ahora que ya sabes quiénes me mataron y, siendo que uno de ellos se aloja en tu fonda y a los otros dos les das de comer con bastante asiduidad, no tengas prisa, que en estos tiempos hay muchas muertes accidentales».
FIN
Alberto Giménez Prieto

Felicidades Alberto, un gran relato