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La diáspora de los guapos

Ella supo que Eusebio había faltado cuando, de repente, dejó de ir a verla y no mandó a nadie para ver cómo le iba.

«Eusebio, lloviera o tronara, venía todos los días, aunque solo fuera a echarme un vistazo. Solo en dos ocasiones, en las que enfermó, había faltado algunos días, pocos, pero siempre tuvo a alguien pendiente de mí. En esta ocasión nadie había pasado en diez días. Nunca me había sentido tan abandonada. Añoraba sus cuidados, más mimos que cuidados. Cuando estaba cerca intuía un futuro feliz, no solo por su cariño sino porque con una familia tan extensa como la suya, cualquiera que se le pareciera, me alegraría la vida.

»Él, cada día, al finalizar su jornada laboral, apuraba los minutos para llegar hasta mí y verme con luz de día, como a él le gustaba, aunque era con el manto oscuro de la noche extendido cuando me proporcionara sus mimos. ¡La de celos que despertábamos en Consuelo, su esposa!, no solo por las frecuentes ausencias de Eusebio sino por sus exhaustos retornos.

»Él me amaba y quería que su familia también lo hiciera. Ahora sé que no lo consiguió, aunque ellos lo disimularan cuando los reunía en torno a mí. ¡Parecían alegres y satisfechos! Pero vistos de cerca traslucían el asco que yo les producía y que no se atrevían a exteriorizar. Acudían porque padre los obligaba, y en cuanto alzaron tres cuartas se dispersaron en busca de los sueños que maduraron a la sombra del televisor.

»Amadeo, el mayor de sus hijos, era el único feo de la familia. Incapaz de soportar la aprensión que su padre lo miraba por su poco parecido, resultó deslumbrado por la droga, a la que sobrevivió abrazado a enfermedad mental, que a Amadeo no le pareció tan cruel, pues con ella se había granjeado el cariño que su padre siempre le había negado. No sabía que una prueba de ADN, que le hizo sin que lo supiera, había demostrado a su padre la paranoia que padecía. La enfermedad lo apartó de la familia: Amadeo con sus alucinaciones eran muchos y peligrosos para un espacio tan ajustado. Lo enviaron a uno de esos almacenes sociales que, previo pago, ocultan al conocimiento general los especímenes defectuosos, que mantenidos en estado comatoso, sedados dicen ellos, con drogas bendecidas con receta médica, mantienen a salvo el pudor familiar. Desde entonces no le he vuelto a ver.

»Asunción, la nena mayor, tan guapa como su madre, se había prometido enamorarse de cualquiera que fuera tan atento con ella como su padre con su madre. No le costó encontrar uno que superara sus expectativas entre tanto candidato. Comprobadas las cualidades, le hizo desear ardientemente un matrimonio que pudiera apagar el fuego que lo consumía. Se casaron y en tiempo record lo engrilletó con un par de críos que le alegraban los escasos momentos que su lucha por seguir en una zona de confort cada vez más amplia, le permitía. Como su madre, justificaba con la maternidad no venir a verme.

»Constantino, hermoso también, aunque su rostro delataba el hervor que le faltaba al nacer, aspecto sobre lo que no permite que nadie hable en su presencia. Su sueño era no trabajar y ser respetado. Su padre no quiso financiárselo y durante mucho tiempo alternó trabajo con bajas por enfermedad. Descubrió que el sacerdocio podría aunar ambos deseos y habló con su párroco que, al oírlo, torció el gesto y le habló de los largos y tediosos estudios que comportaba el sacerdocio. Solo de escucharlo Tino se mareaba. El cura lo remitió a unas órdenes monásticas menos exigentes. No le fue mejor: en una le harían trabajar más que su padre y en la otra le dijeron que solo lo admitirían como hermano limosnero… pues vaya respeto que iba a despertar como pedigüeño vestido de saco. Escuchando a uno de los vagos a los que frecuentaba, descubrió su verdadera vocación: una incapacidad laboral que le permitiera vivir sin trabajar. Pidió certificados de su disfunción mental a los médicos, con ellos y su terquedad consiguió la pensión que lo eximía de trabajar de por vida. Tampoco ha vuelto por aquí.

»Fermín, guapo como sus hermanos, era el más seriecito aunque timorato de los varones, pero enemigo de responsabilidades, quiso ser ebanista y trabajar toda su vida para el mismo patrón, que no lo explotaba más de lo normal. Pero su mujer, asqueada de la vida que le esperaba lo sacó del agradable y rutinario sueño reprochándole su falta de ambición y hombría. Él, herido, monto la carpintería que los sacaría del ostracismo, como le había dicho el director del banco. Invirtió todos sus ahorros y un crédito hipotecario. Pero su débil carácter no era el adecuado para elegir a los clientes, menos aún para negociar los precios y no digamos para perseguir los impagados, por lo que en muy poco tiempo había fracasado como emprendedor, como propietario de un piso hipotecado y como esposo. Volvió a ser empleado, arrendatario y soltero en busca de una vida anodina, pero segura. Solo viene a verme cuando su madre se lo exige.

foto diaspora

»En Rosita se percibía el esmero que habían adquirido sus padres en el negociado de hacer hijos. Venía con acabado de lujo. Ella al saber de su belleza alcanzó las más altas cotas de tontería de la familia, melindre de la que no quedó nada cuando su compañero la dejó tirada tras el estrene y «corta convivencia sin compromiso». Él juraba que así se lo había planteado, pero Rosita recordaba perfectamente su promesa de llevarla a una boda con «órgano y Ave María». Ella no esperaba que otra, más joven, pero con más tablas, se lo llevara de su lado. Ahora andaba montada en una intolerante desconfianza que le hacía rechazar cuantas propuestas le llegaban. Volvió momentáneamente a casa de su madre, pero intuyó que su calurosa acogida escondía el deseo de que se quedara definitivamente para cuidarla cuando comenzaran sus achaques, Volvió a abandonarla para volver a la capital, además odiaba el olor del campo. Ella tampoco viene desde que faltó padre.

»Mario el último de los esquejes, el más inteligente, el más guapo, el más audaz y el más golfo. Se le permitió, al igual que a sus hermanos, elegir lo que quería estudiar. Único campo en que manifestó su indecisión. Se matriculó sucesivamente en cuatro carreras que abandonaba antes de concluir el primer cuatrimestre. Por el contrario mostraba una constancia ejemplar atendiendo un pub en el que, sin que lo supiera su familia, se había embarcado junto al hijo de un concejal. Mario dejó los estudios por pereza y por el constante caudal de dinero que producía el pub. En casa pensaban que trabajaba de viajante. Pero era el famélico pub, situado entre dos discotecas, del que vivía. Mario y el socio no tenían empleados, lo que abarataba los costes e impedía indiscreciones. Por él transitaba una copiosa chavalería, tanta que llamó la atención a la policía, que tras una somera indagación achacaron a que allí la bebida era más barata y no era extraño que los chavales abandonaran momentáneamente las discotecas para darse unos lingotazos en el pub y volver a la atronadora música. Uno de los policías no contento con lo averiguado, intuyendo que se dedicaban al menudeo de droga, como le habían sugerido ciertos clientes descontentos, pidió informes para abrir una investigación, que concluyó antes de iniciarla, porque fue destinado a la otra punta de España. Mario, las pocas veces que venía por aquí, lo hacía acompañando de amigotes que fumaban y esnifaban porquerías en la caseta de aperos. Me robaban los frutos y estropeaban todo, allá por donde pasaban.

»Unos por unas cosas y otros por otras, desde que murió padre y se produjo la diáspora, todos se creían demasiado guapos para cultivar la tierra, no ha quedado nadie que me cultive. PERO LA GENTE SIGUE COMIENDO. Nadie se preocupa por mí, más que para ver si pueden cambiar mis cultivos por bloques de hormigón para alojar a esos borrachos europeos que llegan con el calor y con el tiempo justo para beberse un par de océanos de alcohol.

»Mi tierra se ha secado, ha perdido la magia que transmitía a habas, alcachofas y naranjas. Ahora de mí solo sale tierra seca, que también huye cuando sopla el poniente. PERO LA GENTE SIGUE COMIENDO y ahora soy una huerta más en las que se cultiva la hambruna que devorará un futuro muy próximo. PORQUE LA GENTE SIGUE COMIENDO.

 

Alberto Giménez Prieto

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  1. Éste Relato me Encantó, pues no supe de quién se trataba hasta el final !!! Y bien pudiera haber Sido una Abuela , la qué Relataba Verdad ? Muy Bueno , Dios Bendiga al Poeta , ??? Bravo!!!

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