LA DESVIACIÓN DE LA PUREZA (II)
Dr. Juan Gustavo Benítez Molina
Málaga
Amelia se crio en el seno de una familia humilde. Su padre trabajaba en el campo y en todo lo que podía. Era un todoterreno: lo mismo se metía a carpintero, a soldador, que a pintor. Cualquier empleo era bueno con tal de sustentar a su prole. Su madre, de ojos vivos y espíritu combativo, no daba abasto en casa con las tareas del hogar y con sus hijos. Amelia era la tercera de un total de cinco hermanos. Muchos eran los que hablaban en el pueblo de su belleza. Sus preciosos ojos celestes armonizaban a la perfección con su mirada cándida y pura. Su tez pálida hacía un bonito contraste con el grosor y rubicundez de sus labios. Su cabello, de un tono castaño claro, se posaba y mecía graciosamente sobre sus finos y delicados hombros. Esta conjunción cuasi perfecta destacaba aún más por poseer unos acentuados pómulos y una mandíbula marcada. Este último aspecto, el de una línea mandibular bien definida, le profería cierto aire de seguridad, fuerza y determinación. A sus quince años, muchos eran ya los muchachos que la pretendían.
Su boda se celebró, cuando aún no contaba ni con veinte primaveras en su haber. Fue una ceremonia muy sonada en el pueblo, tanto por la belleza y simpatía de la joven como por casarse con el hijo más pequeño del boticario. Todos presuponían que este apuesto galán llegaría lejos. Poseía un gran carisma y él mismo lo sabía. Por ende, en lugar de seguir los pasos de su padre y heredar la botica, encauzó firmemente su vida hacia el mundo de la política. Allá por dónde fuera no pasaba indiferente.
Los años iban sucediéndose con presteza y no había quien no se preguntase por qué no llegaban los hijos del agraciado matrimonio. Los rumores se extendían como una suave brisa, que deposita las hojas caídas y sus briznas de hierba a las puertas de todos los hogares. Unos decían que era ella la que no podía quedar encinta. Otros, que el hijo del boticario era estéril. Une dos palabras y, partiendo de ellas, la gente del pueblo creará una curiosa obra ilustrada.
Al fin llegó el día en que la joven quedó embarazada. Y, consecuentemente, la noticia corrió como reguero de pólvora. Amelia, la dulce chiquilla, tenía más que motivos para ser feliz. Sin embargo, más pronto que tarde se propagaría un nuevo rumor que, de nuevo, concernía al popular matrimonio. De las personas más allegadas a la muchacha brotó el germen. Y se empezó a decir que esta había tenido, unos días previos a conocer que estaba embarazada, un extraño y desconcertante sueño. Según se fue sabiendo, Amelia había soñado que se le aparecía una especie de ángel y que este le transmitía un escueto y peculiar mensaje. Las palabras del ángel venían a decir lo siguiente: “en breve serás bendecida, mas esta bendición pronto te será cobrada con una posterior maldición”. El pueblo tenía nuevo tema de conversación: de la infecunda pareja se pasó a la buena nueva del embarazo y al misterioso sueño. Pero nadie le encontraba sentido alguno a las palabras del ángel. Muchos decían que la bendición sería el bebé por llegar. Mas, ¿y la maldición?
Transcurrieron los nueve meses de rigor, y Amelia dio a luz a un precioso niño de cara angelical como su madre. Todos coincidían en decir que era un bebé muy bonito y despierto. Gracias a él, la felicidad inundó por completo el hogar del matrimonio. La alegría, la dicha, se filtraban por todos los resquicios de la casa.
Pasaron los años y el bebé, de nombre Damián, se hizo niño. Ya desde muy pequeño se le atisbaban muy buenas cualidades: aprendía con suma rapidez y siempre destacaba por su bondad y generosidad hacia los demás. Cuando este contaba con la edad de cuatro años, Amelia volvió a quedar encinta. La pareja estaba deseosa de que Damián tuviera una hermanita pequeña. De este modo, ellos quedarían ya satisfechos al tener, tanto un hijo como una hija, y se sentirían completos y realizados. Todo lo habían meditado muy bien y al detalle: los dos pequeños se tendrían el uno al otro, se harían compañía y, además, jugarían y aprenderían juntos. No obstante, las cosas no iban a salir según lo planeado.
Los meses transcurrieron muy deprisa, y Dios bendijo de nuevo al matrimonio con la llegada de otro varón. Este sería bautizado con el nombre de Pedro. Pero Pedro no se parecería en nada a su hermano Damián. Podría decirse que ambos hermanos eran la antítesis el uno del otro. Mientras que Damián había sido un bebé muy agraciado físicamente, espabilado y alegre, Pedro parecía todo lo contrario. Era este un bebe más bien feúcho y de dimensiones mucho más reducidas que su hermano. El color de su piel diríase cetrino y era velludo en exceso. Si Damián representaba la luz y la alegría, Pedro hacía lo propio con la oscuridad y la tristeza. No reía jamás, lloraba en demasía y no miraba a los ojos, sino de soslayo. Y si alguna vez lo hacía no era sino con un destello desafiante y malicioso en la mirada. Parecía no querer relacionarse con nadie, como si todo el mundo le resultara un estorbo o una amenaza. Ni siquiera con su madre mostraba un atisbo de amor. Era más bien una relación basada en la necesidad, en la supervivencia.
Todos los habitantes del pueblo, incluidos Amelia y su marido, habían olvidado ya el misterioso sueño que esta había tenido antes de nacer su primer hijo. Mas, como las malas hierbas, el recuerdo de aquella especie de visión volvería a germinar en la mente de todos. Cada vez había menos dudas, y ya sí encontraban sentido a las entonces extrañas palabras pronunciadas por el ángel en aquel remoto sueño. Amelia y su esposo habían sido bendecidos con la llegada al mundo de Damián. No obstante, y al poco tiempo, cada vez se reafirmaban más en la idea de que Pedro, su otro hijo, había sido la temida maldición de la que también fueron advertidos.
Pedro, desde muy pequeño, había sido un niño tremendamente conflictivo. Parecía disfrutar llevando la contraria a todo aquel que se pusiera en su camino. Muchos eran los que decían que se deleitaba haciendo el mal. Diríase, quizá, que se recreaba provocando el sufrimiento a los demás.
Con tan solo ocho años ya se le atribuían varias palizas asestadas a otros niños de su edad, además de múltiples robos. Asimismo, le apasionaba pasar a cuchillo a más de un pobre animal: gatos, perros, zorros, conejos, cabras, ovejas y todo lo que se pusiera a su alcance. A pesar de los múltiples castigos que le imponían sus padres, este siempre encontraba el modo de escabullirse de la casa. Y después, cualquier nueva fechoría se añadía a su amplio historial.
Amelia y su marido temían lo peor y, desgraciadamente, llevaban toda la razón. Conforme Pedro se aproximase a la adolescencia, los actos delictivos cometidos, por este, serían de mayor gravedad. Ya no estaría en sus manos el protegerlo. Él mismo se labraría su destino. Si hubieran podido, lo hubieran metido en una jaula con el fin de que no hiciera daño a nadie y la cosa no fuera a más. No obstante, sabían que esto no era lo correcto. La situación se iría complicando con el paso del tiempo y ellos, de forma irremediable, no podrían hacer nada para enmendarlo.
A los quince años ya había sido acusado de varias violaciones, además de multitud de agresiones que pudieron acabar en desgracia. Así, a los dieciséis años sería internado en un correccional. Estuvo entrando y saliendo del reformatorio durante más de un lustro. No había modo de que Pedro entrara en razón. Fue tratado en varios centros psiquiátricos con métodos agresivos sin conseguir mejoría alguna. Incluso llegaron a pensar que estaba poseído por algún espíritu demoníaco. Y es que Pedro encarnaba al mismísimo mal en persona.
Ante todo pronóstico, y sin saber cómo, cuando “el poseído”, como algunos le llamaban, contaba veinticuatro años, algo cambió en su interior. Nadie parecía dar crédito a la nueva forma de actuar de Pedro. Muchos eran los que decían que la causa de la transformación no había sido otra que la irrupción en su vida, por vez primera, del amor. Lo cierto es que, tal vez, no fueran muy desencaminados… Y es que esa edad sería cuando conocería a la bella y dulce Leonor.
Leonor era una joven humilde, huérfana de padre y madre, que vivía con su abuela paterna desde que tenía uso de razón. Pedro había conocido por casualidad a la joven cuando ambos se encontraban en la carpintería del pueblo de al lado. Los dos habían ido allí a parar, “curioso” destino, con el fin de solicitar unos trabajillos a don Enrique, el carpintero. Más pronto que tarde, Pedro engatusó a Leonor con su palabrería altanera y se ofreció gentilmente a ayudarla con el porte a su casa, una vez don Enrique hubiera finalizado el trabajo encargado por esta. Así, de esta forma tan galán, sería como Pedro conocería el lugar de residencia de la bella Leonor. Ya, difícilmente, esta se lo podría quitar de encima. Una cosa llevaría a la otra y, tras menos de un año de noviazgo, Pedro y Leonor contraerían matrimonio. El resto de la historia ya la conocéis: malos tratos, un hijo de seis años en común, el cual se llevó consigo a la fuerza y con el que desapareció tras la última paliza, dos míseros años en la cárcel y su reciente reaparición hoy mismo a las puertas de la vivienda familiar.
Continuará

