La bondad
Con frecuencia se dice o se escucha, cuando alguien «se va» , una expresión, que por familiar, parece haber pasado a formar parte de la costumbre: «era muy bueno-a» , «era muy buena persona».
La distinción entre buenos y malos, harto manida ,pues desde tiempos ancestrales nos persigue, pone en evidencia, el juicio que ejercemos desde patrones mentales y morales, a través de los cuales percibimos el mundo, a los demás y sus actos.
Es evidente que existe una ley natural, basada en parámetros tan sencillos que constituyen los pilares fundamentales de la sabiduría profunda de los pueblos. » No hagas a los demás lo que no desees que te hagan a ti» refleja en su espejo la realidad de una necesaria empatía que no siempre se alcanza y que, sin n embargo convoca continuamente a un acercamiento, que si no puede llegar a denominarse estrictamente amor, sí que nos sitúa en la perspectiva de semejanza.Vernos y sentirnos semejantes es clave en la relación de fraternidad. Cuando se dice que todos los seres humanos somos hermanos estamos declarando una verdad que va más allá de cualquier ideología o creencia. Es, en realidad, la base de una relación basada en la naturaleza de semejanza que nos une bajo un prisma común, a través del cual la diversidad de todos confluye en la unidad del ser y viceversa, lo uno, la unidad se manifiesta y expresa en lo diverso.
Se ha dicho, a menudo, de alguien que «es tan bueno que se pasa a tonto» y es que en el fondo muchos están convencidos de que ser listo o inteligente requiere de cierta malicia y, como quiera que todo es cuestión de añadir un poquito más, al final quedamos en que los listos son malos y los buenos son tontos.
Hay, no obstante, en el sentimiento y ejercicio de la bondad, una sabiduría que trasciende totalmente los arquetipos impuestos desde el quebrantamiento de esa ecuación de semejanza que nos vincula a todos en una hermandad natural y secreta.
La bondad puede ser la opción más libre cuando se llega a comprender que cada cual es víctima de su propio espejismo y que muchas veces la aceptación, sin juicio alguno, obra por sí misma el milagro que cientos de reproches no lograrían.
La bondad es la opción de no generar lastres en nuestro breve caminar por esta vida y sí, en cambio propiciar momentos felices, de encuentro, de grandeza, que perduren más allá de nuestro paso.
¿Acaso no has sentido alguna vez , cuando alguien bueno se va, que te ha dejado, a pesar de la ausencia, un regalo inmenso, una especie de bendición que te acompaña más allá del tiempo?
La bondad es esa íntima melodía que trasciende todos los planos, incluidos el tiempo, la distancia, la lógica y la muerte y resuena de forma majestuosa y sutil en los confines del universo que somos y que nos alberga a todos.
La dualidad es una condición de nuestra propia naturaleza, mas si aspiramos a la superación hacia niveles superiores de encuentro con nosotros mismos y con los demás, la opción más inteligente es aquella que otorga a la bondad de pensamiento palabra y acción ( tres en uno) la categoría de piedra angular del desarrollo humano.
Es tiempo de afrontar el reto permanente que nos persigue desde los orígenes: ser o no ser.
Ser y aplicar bondad en todo lo que nos concierne se ha convertido ya , de forma imperiosa, en la condición sine qua non para desligarnos de una vez por todas de las atrocidades que toda esclavitud conlleva, por más que llegue disfrazada de atractivas ofertas tecnológicas o de discursos paternalistas y confusos.
Se puede estar sirviendo al mal desde aspectos revestidos de aparente bondad.
Cada uno de nosotros, incluso, puede estar cayendo en sus propias trampas. El inconsciente es astuto.
Siempre hay algo que no puede engañarnos. Es el olor a paz que deja la auténtica bondad, el aroma feliz y confiado, a un tiempo, misterioso y sencillo, que el corazón guardaba desde que tuvo noticia de su infinitud para reconocerse en ella.
Autora: Isabel Ascensión M. Miralles


Excelente Isabel.
Excelente.