*INCENDIO EN ALEJANDRIA*
Un relato que revive el incendio de la Biblioteca de Alejandría a través de los ojos de un joven esclavo convertido en copista. Entre fuego, libros y destino, se alza un mensaje eterno: preservar la memoria escrita es garantizar el futuro de la humanidad.

– ¡ Allá por la proa, allá!
Así gritó el vigía, y todos en el barco miramos en la dirección que él señalaba. En el horizonte, suave, recto, oscuro, comenzaba a verse el humo del faro de Alejandría.
La alegría de los marineros era sincera, volvían al puerto seguro de dónde salieran muchos meses atrás; todos ellos iban a ver de nuevo a sus esposas, a sus hijos, a sus amigos, regresaban a su familias y a sus casas, a sus gentes y a su patria.
No fue extraño, por tanto, que pronto el rojo vino corriera entre la tripulación y que su canciones alegres y llenas de calor acudieran a sus gargantas. Algunos de ellos se abrazaban y otros reían a
carcajadas, de tal modo que cualquiera les habría tomado por locos.
Pero la alegría no era general en el barco, apretados en popa, mis compañeros y yo teníamos pensamientos bien distintos.
Si para los marineros aquel humo era capaz de despertar el júbilo, para nosotros, los esclavos que íbamos a ser vendidos en el puerto de Alejandría, era él principio de una vida sin libertad y sin
derechos.
Los rostros de mis compañeros se ensombrecían ante la alta
columna de humo, cada vez más próxima y más amenazante. En aquel momento, muchos de nosotros sentíamos que jamás volveríamos a ver la tierra en la que habíamos nacido.
Sin embargo, mientras nuestra nave de velas rojas atracaba en el muelle, ninguno pensaba en su triste suerte, todos mirábamos
boquiabiertos aquel maravilloso faro de mármol blanco, por cuya rampa subían los carros llenos de leña para abastecer la enorme hoguera de su cima.
Sólo salíamos de nuestra admiración cuando el látigo nos obligó a saltar a tierra firme, donde fuimos entregados al comerciante a quien pertenecíamos aún sin haberle visto jamás.
Entramos en la ciudad por la puerta de la luna, nadie de entre nosotros, había visto jamás una ciudad tan grande y tan hermosa como aquella, ni tan poblada por gentes de diversas razas.
Los edificios eran magníficos; jardines y palacios se sucedían unos a otros a lo largo de la gran avenida central. Aquella noche dormí pensando, en que las gentes que habían construido todo aquello, no podían ser tan mezquinas y perversas como los soldados que habían arrasado mi pueblo y me habían convertido en un esclavo para siempre.
Al día siguiente, me vendieron en el mercado. Antes me lavaron y frotaron tanto para que apareciera limpio, que llegó a brotarme sangre de la piel.
Tuve suerte, fui de los últimos en ser vendido y no me compraron para los trabajos más duros, cuando salí al entarimado, el sol me dio de lleno en los ojos y me cegó durante algunos momentos, así que no pude ver a la persona que me preguntaba:
- Dime, ¿Cuántos años tienes?
- Tengo trece años, señor
- Contesté yo, poniéndome la mano delante de los ojos para taparme el sol.
- Está bien, te tomo, a partir de ahora me perteneces a mí, Cipriano de Cirene.
Y lo dijo en un tono tan suave que pensé; en medio de mi desdicha, he sido afortunado, este es un buen amo.
Seguí a mi comprador fuera del mercado y, cuando pude verle a mis anchas, me pareció que no me había equivocado. Muchas personas le saludaban con una gran deferencia, como si le estuvieran agradecidas o le considerasen un buen hombre.
Recorrimos las calles salpicadas por vendedores de flores y de guirnaldas y tan llenas de templos, que se podría creer que todos los dioses del universo, tenían casa en aquella ciudad.
De vez en cuando, mi amo volvía la cabeza para mirarme y, al ver mi cara de admiración, sonreía.
La casa de Cipriano de Cirene estaba en el Cesáreo, el lugar más bello de Alejandría, cuando llegamos a ella, mi amo mandó a un sirviente que me diera pan y leche, luego, me llevaron a su
presencia y él me dijo:
- Te he comprado esta mañana porque me pareces un muchacho despierto, dime, ¿sabes que es esto?
Y me enseñó el cálamo que sujetaba en la mano derecha.
- Señor, creo que ese objeto se usa para algo que llaman escribir.
- ¿Y tú sabes lo que es escribir?
- En mi pueblo, dije muy serio, creemos que es una clase de magia.
Debió hacerle gracia mi contestación, porque soltó una alegre carcajada y luego dijo:
- Si, tienes razón, es la más poderosa de todas las magias, acompáñame, vas a conocer el templo donde se practica.
Y volvimos a salir, pero esta vez, yo le seguía cargado con unos objetos, que los sirvientes me habían dado para que se los llevase a mi amo y que ellos llamaron libros.
Fuimos los dos hasta un lugar llamado Museo, parecía otro templo de la ciudad, aunque era más grande. Entramos en un edificio que había a su lado, un edificio grandísimo; la Biblioteca.
Allí dentro, había miles y miles de objetos como los que llevaba yo en los brazos, cuidadosamente dispuestos, como si fuera de una gran importancia que estuvieran todos ellos en orden y sin mezclarse entre sí.
También había toda clase de personas mirando aquellos objetos con una gran atención, algunas de ellas estaban en silencio, pero otras, que me parecieron locos, hablaban en voz alta mientras los miraban, y decían cosas que yo no conseguía entender en
absoluto.
Siguiendo a mi amo, llegué a una habitación en la que se
encontraba un hombre sentado, con un instrumento en la mano igual al que había visto poco antes entre los dedos de Cipriano.
Mi señor, me ordenó dejar encima de una mesa los objetos que traía y, al hacerlo así, uno de ellos se escurrió del montón y cayó hasta el suelo. Entonces pude ver que estaba lleno por dentro de pequeñas manchas oscuras muy juntas y muy parejas entre sí, formando hileras unas encima de las otras.
Era la primera vez que veía un rollo de papiro y me quedé mirándolo maravillado, aunque entonces aún, no sabía que todas aquellas manchas tenían un significado.
Regresamos a casa un poco antes de puesta del sol, por el camino, mi amo me explicó muchas cosas; las pequeñas manchas que había visto se llamaban letras, y los hombres que sabían escribir las iban juntando poco a poco, con mucho esfuerzo, para explicar lo que querían decir.
De este modo, fijaban las palabras y podían recordarlas
exactamente cada vez que lo necesitaban, cuando uno de aquellos escritores moría, los demás no olvidaban lo que él había pensado, porque tenían sus libros que, al contrario que su palabra, no morían con él.
Así era posible saber lo que habían pensado los hombres sabios que murieron mucho tiempo atrás, ya que su sabiduría seguía estando viva, guardada en algún libro de aquel enorme edificio.
Cuando lo comprendí, supe que aquello no era magia, si no ingenio, y además era mi destino. Mi amo me explicó que me había comprado para que aprendiera a leer y escribir y pudiera ayudarle en su trabajo como copista de libros para la biblioteca del Museo.
Había sido más afortunado de lo que nunca me atreviera a imaginar. Mientras la mayor parte de mis compañeros de esclavitud trabajaban en el campo o en las minas, mi buena
estrella me permitiría pasar la vida, tranquilamente sentado, con un cálamo en la mano, haciendo para mi dueño pequeñas manchas en un papiro.
El principio de mi aprendizaje no se hizo esperar, a la mañana siguiente a nuestra visita a la Biblioteca, Demetrio, otro esclavo de mi dueño, me despertó temprano y me condujo hasta una mesa sobre la que había varios cálamos, tinta para escribir y buena cantidad de papiros, utilizados en parte, pero buenos aún para que yo dejara caer en ellos mis propios borrones.
Me obstiné con todas mis fuerzas en aprender a escribir, al principio no fue fácil, pues se me olvidaban los signos y desconocía las reglas más elementales de la escritura.
Pero poco a poco, en unas pocas semanas, llegué a adquirir cierta soltura y luego una verdadera destreza. Varios meses después, mi amo se presentó una tarde de improviso ante mi escritorio y tomó el papiro que yo estaba escribiendo, después de haberlo
examinado un buen rato, me miró sonriente y complacido y dijo:
- Veo que has hecho verdaderos progresos en este tiempo, cualquiera diría que has nacido para este trabajo.
Tan complacido estaba con mi caligrafía y mi cuidado al copiar los textos que me daban, que no dejó de comentarlo entre sus
amistades. Como la gente de Alejandría es tan dada a extender los comentarios, algún tiempo después se decía que mi habilidad era prodigiosa y mi nombre corría de boca en boca.
Por mi parte, no tenía otra cosa que hacer que no fuese trabajar por perfeccionar cada día más mi trabajo, y así lo hice sin desmayo.
Al llegar el otoño, mi amo cayó enfermo de unas fiebres malignas, en la casa se decía que se iba consumiendo poco a poco, y que tal vez nunca llegaría a restablecerse.
Aquello me entristeció, porque Cipriano se había comportado
conmigo, más como un padre que como un amo, yo deseaba con todas mis fuerzas verlo otra vez sano y sonriente. Un día me
avisaron de que mi amo deseaba verme, cuando entré en su dormitorio, vi que se encontraba realmente mal.
Pálido y desfallecido como estaba, aún tuvo para mí una sonrisa antes de decirme:
- Escucha muchacho, esto es muy importante, antes de caer enfermo, el encargado de la Biblioteca me había ordenado
copiar un libro importantísimo; una de las obras más antiguas y bellas que existen. Pero puesto que yo no puedo trabajar, he decidido que seas tú quien cumpla por mi ese trabajo. ¿Te sientes capaz de ello?
- Si señor, pondré en ello mis cinco sentidos.
- Hazlo pues, y que los dioses te bendigan.
Así fue como llegué a tener un puesto fijo en la Biblioteca,
trabajaba allí durante todo el día, poniendo gran atención en copiar fielmente el manuscrito original.
Se trataba, en verdad, de una obra muy bella que narraba de un modo admirable la guerra entre dos pueblos. Su título era la Iliada y había sido compuesta por un hombre llamado Homero, de quien se contaba que fue ciego.
Una mañana, al dirigirme como siempre a mi trabajo, me di cuenta de que algo malo pasaba en la ciudad; las gentes gritaban y hacían aspavientos señalando una gruesa columna de humo que se elevaba entre los edificios.
Al principio creí que se trataba del faro, pero enseguida me di cuenta de que el humo, salía del lugar en que se encontraba la Biblioteca.
¡La Biblioteca se había incendiado! Corrí con todas mis fuerzas por entre una multitud asustada, que trataba de salvar sus pertenencias ante el temor de que el fuego devastase toda la
ciudad.
Cuando llegué, del edificio salían unas llamas pavorosas, las gentes que trabajaban allí dentro, se retorcían las manos mirando el fuego, impotentes y desesperadas al ver arder toda aquella sabiduría acumulada.
Pensé en mi libro, en la Iliada, y supuse el dolor que iba a causarle a mi amo, que aquella obra maravillosa quedase reducida a cenizas por el fuego.
Y entonces, apenas sin pensarlo dos veces, corrí adentro, me gritaban que no entrase, que no había nada que hacer allí si no perecer entre las llamas, pero yo entré.
Era un espectáculo espantoso; los libros ardían como un bosque de millones de ramas, el calor era insoportable y el humo
asfixiante, impedía casi respira. Me puse el manto tapándome la boca y, esquivando las llamas y las vigas que empezaban a caer, llegué a mí sitio, agarré el volumen original y traté de encontrar entre el humo el camino de salida.
No se todavía como lo conseguí, pero escapé de allí sin un solo rasguño, mareado, semi asfixiado, pero lo logré. Fuera me
acogieron como a un héroe, pero yo escapé de todo aquel clamor y corrí hasta casa de mi amo con el volumen de Homero bajo el brazo. Cuando llegué, mi alegría se desvaneció por completo, la
casa estaba silenciosa y triste; lo sirvientes lloraban, mi amo había muerto.
Me eché a llorar en silencio por mi buen amo, ahora, otra vez se habría ante mí la incertidumbre del destino, sería vendido de nuevo y probablemente a mi próximo amo no le importaría nada mi habilidad para escribir. Y lloré desconsoladamente por mí y por mi amo muerto.
Pero una mano se posó en mi hombro y yo levanté la cabeza, ante mi, el encargado de la Biblioteca en el Museo me miraba en
silencio, sonrió de un modo muy parecido al de Cipriano, y me tomó de la mano. Anduve con él hasta llegar al punto más elevado de Alejandría.
Desde allí, podía verse un lugar devastado y humeante en el sitio que antes había ocupado la Biblioteca, mirándolo, dije a aquel buen hombre:
- Señor, nada tengo ya que hacer, mi amo ha muerto, la parte de la Biblioteca ha ardido, me llegarán a las minas de sal. Y él, sonriendo una vez más y mirándome a los ojos me contestó:
- – Te equivocas, hijo, no irás a las minas.
Y luego señaló a las ruinas humeantes y dijo:
- ¿Te das cuenta? Ahora es necesario empezar otra vez.
- Nota.
En nuestro país hay bibliotecas y archivos muy importantes, cuya destrucción o deterioro supondría una gran catástrofe para nuestro pueblo.
- En Madrid está la Biblioteca Nacional, fundada en 1712 en el reinado de Felipe V. Reúne unos 3.500.000 volúmenes, 30.000 manuscritos y 250.000 libros raros e incunables.
- En el Real Monasterio de El Escorial, creó Felipe II la primera gran Biblioteca de Europa.
- Y en Sevilla, tenemos el monumental Archivo de Indias, creado en 1785, que contiene cerca de 40.000 legajos de documentos y 3.392 piezas de mapas, planos y dibujos,
historia viva de España y América desde 1408 a 1887. Allí está, entre otras obras sin par, la mayor y más valiosa parte del archivo del propio Cristóbal Colón. (Fin)
Dogoan.

