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Hoy es la eternidad

como reflejo en tu mente;

la luz de este instante

es la vida que te busca

como un deseo a punto de cuajar.

Créeme, sé bien lo que te digo,

nunca has avanzado más ligero,

nunca has conocido mejor voluntades;

quizás no tengas otro momento

como el que se abre ahora

en el centro de tu notoriedad.

Sé tú, amigo,

abierto como la flor

cuando se baña en el río,

despierto como el bosque

cuando cae la lluvia,

consciente como el río

en su búsqueda del mar.

El canto de los pájaros

es murmullo que se adentra en tu piel

y estremece de felicidad cada poro.

Los sentidos se agudizan

y la dicha es como millares de hojas

desprendidas en el seno del otoño.

Mira tus manos,

asume el calor que desprenden,

la amistad que procuran,

siente el fuerte latido

con que tu corazón canta,

el claro y limpio horizonte

como promesa en tus ojos.

Respira hondo, calladamente,

el silencio tiene palabras

que el hombre no ha conocido

y la mañana intenciones

que a nadie contó.

Eres ahora, en este espacio mismo,

genuino y vital

como el sol y las estrellas.

Son tus dudas

las que te han mostrado al borde

de un punto sin salida.

Si algo te dilata

es el miedo esparcido por tu vientre,

la queja primaria,

la propia obstinación

con que te acercas la ventana

a contemplar tus límites.

Tú has nacido con impulso suficiente,

abastecido de amor, de logros, de verdades,

lleno, pleno y sin distancias

entre la realización y los sueños.

Lo mismo que te prestas te deshaces,

con el paso que avanzas das la vuelta.

Toma por fin las riendas

y sé la misma puerta que se abre,

la luz propia que tu ser reclama,

el rótulo fluorescente de letras grandes y doradas

donde refulge tu nombre.

Brilla, amigo, luce,

eres la más enorme certeza

que jamás te haya distinguido.

 

 

Antonio Quero

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