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HASTA QUE LA MUERTE LOS SEPARÓ

Pedro y Pablo habían estado muy unidos desde siempre, y si hay que concretar la fecha, podemos decir, sin miedo a errar, que desde que fueron engendrados, lo que no había obstado para que, al menos desde que nacieron, tuvieran las pugnas, disputas, peleas que tienen todos los niños, sobre todo cuando son hermanos y mellizos para mayor escarnio. Eran encuentros que siempre terminaban con un solapamiento de llantos y risas, que se disolvían en el olvido que les sucedía.

Sus porfías nunca se originaron por la propiedad de los pocos juguetes que tenían; lo poco que poseían era compartido, sin discusiones ni malas caras, nunca hicieron distingos en sus propiedades.

Ni aun en el colegio consiguieron desunirlos con la competitividad que trataron de inculcarles, ellos, los dos a una, la enfocaron hacia el resto de sus compañeros y muy especialmente hacia el profesorado, con quien mantuvieron una feroz pugna y al que mantenían en un constante estado de alerta por su parecido, coherencia y, sobre todo por sus gamberradas, hasta el punto de que nunca supieron quién era el autor de estas últimas, pues bastaba con que fuera acusado uno de ellos, para que el otro se auto inculpara, con lo que en casi todos los casos, se perdonaba a ambos para evitar el castigo a un inocente. Sus maestros tampoco lograron desentrañar quien de los dos realizaba los trabajos que les mandaban, sobre todo desde que, siendo muy niños, asemejaron la caligrafía.

No discutían por aclarar a quien pertenecía de los juguetes, pero si lo hacían para afirmar la urgente necesidad de ambos por jugar con el mismo cachivache en idéntico momento. Aunque siempre lo resolvían con una moneda… echándola a cara o cruz.

Cuando el paso del tiempo les fue desprendiendo del acné de la pubertad, extendieron el sentido de compartir a nuevos conceptos y hasta llegaron a compartir novia, aunque es cierto que las que simultanearon en ese periodo fueron desechadas a la hora de elegir con la que integrar su núcleo familiar.

Ni la bicicleta, ni después la motocicleta que la sustituyó y, que a su vez, antecedió a los utilitarios, que pudieron comprar con sus primeros salarios, lograron que discutieran sobre la titularidad de los mismos, ni siquiera por el turno en que los usarían. Y lo más asombroso, tampoco el primer Smartphone consiguió que se enfrentaran por su prelación de uso.

Tampoco tuvieron que discutir por el orden jerárquico que ordenaría su convivencia, lo improvisaban a cada ocasión que necesitaban de él.

Fueron voluntarios al servicio militar para evitar que los separaran; durante él compartieron amigos, guardias, arrestos, rebajes, permisos, borracheras y alguna prostituta. Y le hicieron pasar un mal rato a un suboficial ferviente seguidor de Baco.

Iban juntos a todas partes, fuera para ocio o trabajo, juntos siguieron con la carpintería familiar, sin que la dirección de la misma suscitara enfrentamiento entre ellos.

Se casaron el mismo día, en una misma ceremonia (con distintas oponentes, que esta vez no compartieron), lo festejaron al alimón, hicieron juntos el viaje de bodas y, para no ser menos, sus respectivas esposas trabaron una gran amistad entre ellas.

En cuanto a la descendencia, aunque hubieron semejanzas, sus coincidencias no fueran tan categóricas: Pedro tuvo dos hijos sucesivamente y Pablo una parejita de gemelos.

La propensión de los hermanos a permanecer unidos se transfirió a sus respectivas familias, que todos los fines de semana se reunían para ir de camping, actividad de la que siempre disfrutaron unidos.

De cara al exterior se les tenía y se les temía como a una sola persona y si alguien entraba en  conflicto con uno, debía saber que se enfrentaría a ambos.

Las mudanzas de la vida nunca los sorprendió desavenidos, pudo encontrarlos disgustados, enfurruñados, desabridos, recelosos y hasta cabreados, pero nunca desunidos.

Hasta que se dio uno de esos giros vitales, precisamente el que tenemos más claro, que los situó en la completa orfandad, que ya se les venía anunciando desde que, cuatro años atrás, su padre los dejara. La aceptaron con templanza y resignación, se habían preparado para ella.

Pero para lo que no estaban preparados era para siguiente el paso: para la partición de la herencia.

En ese momento sus esposas dejaron de relacionarse entre ellas y con sus cuñados.

Desde ese día los hermanos no se han vuelto a hablar… si exceptuamos lo que se dicen a través de sus abogados o ante los tribunales.

Alberto Giménez

Alberto Giménez Prieto

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