FLAMENCO Y TOROS (XXVII). GREGORIO SANCHEZ (1930)
Desde siempre hemos defendido que el flamenco no es patrimonio exclusivo de Andalucía, como también lo podemos afirmar del complejo mundo de los toros. Un caso claro y apodíctico lo encontramos en Gregorio Lozano Sánchez, conocido en el planeta de los toros como “Gregorio Sánchez”, quien vió la luz primera en Santa Olalla (Toledo) el 8 de mayo de 1930.
Un breve perfil biográfico nos dice que su debut en un festejo taurino con picadores tuvo lugar en la plaza de Guadalajara (15/X/1952). Dos años más tarde, viendo sus buenas dotes, compareció por primera vez, en calidad de novillero, en la plaza Monumental de Las Ventas (Madrid), cuya presencia sucedió el 8 de octubre 1954. Cuando él creyó conveniente y oportuno, se presentó en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla (1/04/1956) para alcanzar su doctorado como matador de toros. Inolvidable tarde de abril para el toledano, haciendo su paseillo acompañado del “Gran Maestro” Antonio Mejías Jiménez “Antonio Bienvenida”, y del diestro mejicano Joselito Huerta, que estaba en calidad de testigo. El Maestro Bienvenida cedió a Gregorio Sánchez los trastos con los que había de lidiar y matar a estoque a un morlaco procedente de la ganadería de don Joaquín Buendía.
El día 14 de julio de 1957, en el coso madrileño de Las Ventas, Gregorio Sánchez confirmó su doctorado en tauromaquia, apadrinado por el venezolano César Girón, quien le cedió la lidia y muerte a estoque de un astado de la vacada de don Antonio Pérez de San Fernando, en presencia del matador Alfonso Merino.
El reconocimiento de la afición no tardó en llegar a Gregorio Sánchez, quien, no sólo se vestió de luces sesenta y una ocasiones, durante el año de su confrimación, sino que logró encabezar el escalafón de matadores en la temporada siguiente (1957), mérito que llegó alcanzar en la de 1958, con un total de setenta y tres corridas lidiadas. Por otra parte, su fama de torero valiente, honesto y poderoso traspasó las fronteras nacionales, llegando a torear en los reputados cosos de Perú, México, Venezuela y Colombia.
Un cronista taurino nos cuenta que tras haber firmado sesenta y cuatro contratos en la campaña de 1959, en la de 1960 no compareció ante la afición del mundo durante el ciclo de la Feria de San Isidro. No obstante, esta ausencia, lejos de preludiar su decadencia, vino a espolear a Gregoro Sánchez. Y así, en junio de ese mismo año se anunció como único espada en la tradicional corrida a beneficio del Montepío de Toreros, dicho evento tuvo lugar en la plaza Monumental de las Ventas.
La prensa, al día siguiente, nos narra que el aguerrido diestro toledano redondeó una tarde espléndida, cortando – por lo derecho y ortodoxo – nada menos que siete orejas a los astados de don Jesús Sánchez Cobaleda. En la temporada de 1960, Gregorio Sánchez intervino en un total de sesenta y dos festejos.
A partir del año 1961, Gregorio fue disminuyendo progresivamente sus contratos: 56 (1961), 44 (1962), 30 (1963), 16 (1964) y 11 en la temporada de 1965. En 1966 pareció que estaba dispuesto a poner coto a la caída en picado que experimentaba su andadura torera, encerrándose en solitario con siete bureles en Vista Alegre, era el día 14 de abril de 1966. Cada vez se iban reduciendo las corridas para el “Maestro” Gregorio Sánchez. En 1973, tras actuar en sólo cinco festejos, dió por concluída su carrera de mataodor de toros. El 30 de septiembre de ese mismo año, Gregorio Sánchez se atrevió a encerrarse en solitario con seis toros de la ganadería de García-Aleas en la madrileña plaza Las Ventas. Pero no tuvo -cuentan las crónicas – la fortuna que, para este broche de oro, estaba reclamando el conjunto de su buena andadura torera. Sin embargo, Gregorio Sánchez no se retiró del toreo con mal sabor de boca, ya que en ese mismo año 1973 recibió las insignias de la Orden de Beneficencia , como reconocimiento a su labor en pro del Montepío de Toreros. Retirado del ejercicio activo del toreo, Gregorio Sánchez aceptó ser Director de la Escuela de Tauromaquia de Madrid.
Seguimos con nuestro breve esquema “Mujeres toreras” en paridad a “Mujeres cantaoras”. Ya hemos dicho que Tomasa Escamilla “La Pajuerela” tomó muy en serio el “Arte de Cúchares”, llegando a torear toros en Madrid y Zaragoza. Fue la torera más famosa del siglo XVIII. Nació en Valdemoro (Madrid). Además tuvo la gran suerte de que Goya la representara en uno de sus más célebres aguafuertes de la tauromaquia. Con la “Guerra de la Independencia (1808 – 1814) resurge el brío en el toreo femenino. Es verdad, por otra parte, que son pocas las mujeres que han llegado a ser matadoras de toros. Una de ellas fue Teresita Alonso a la que José Bonaparte concedió permiso para actuar en Madrid – 28 de junio de 1811 -, con el fin de recaudar fondos para las arcas reales. Tal sería la fuerza de las “mujeres toreras”, que muy pronto “Las Señoritas Toreras” – como eran conocidas – estipularán las condiciones y firmarán, de propio puño, los contratos e, incluso, rivalizarán con famosos toreros, como nos lo enseña la historia de Martina con el célebre Curro Cúchares.
Martína García – según referencias históricas – fue toda una institución en el siglo XIX taurino. Algunos cronistas llegan a llamarla “Eminencia del ramo de lidiadoras, especie de Lagartijo mujeril”. Pero al llegar el imperio de Lagartijo (Córdoba, 1841 – 1900) quedó totalmente barrido el “mujerío” de los ruedos. A ello contribuyó la fuerte oposición de los escritores que rechazaban por completo la presencia de la mujer en el toreo, como fueron – entre otros – el Padre Sarmiento, Meléndez Valdés, Melchor de Jovellanos, Mariano José de Larra, la poetisa Carolina y, de manera especial, Fernán Caballero, quienes llegaron a pedir la supresión de todas las corridas de toros. Hay que reseñar – según he leído – que el pueblo, en general, también rechazaba y condenaba a las mujeres toreras. Incluso apareció una seguidilla castellana que decía:
Se llama La Fragosa / Dolores Sánchez, / señorita torera. / Pero pensando / con mucho aguante / ¿no estaría la Fragosa / mejor fregando?
Alfredo Arrebola
