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Febrero sin máscaras

Febrero sin máscaras retrata un carnaval íntimo en Torrefarrera: disfraces discretos, verdades que afloran y una ironía serena sobre promesas, rutina y valentía colectiva. Un poema donde el confeti no tapa la conciencia: la despierta.

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Febrero se pone careta
aunque nadie monte escenario;
aquí el disfraz es discreto,
más de plaza que de barrio.

No hay telón que se levante
ni focos buscando aplauso,
pero el pueblo se permite
decir lo que calla el año.

Las calles, con frío aún dentro,
se llenan de guiños cómplices;
una peluca en la esquina,
una risa que se esconde.

Torrefarrera se mira
en el espejo del invierno,
y entre confeti y rutina
se pregunta si es sincero.

Porque el Carnaval no es ruido
ni comparsa organizada;
es ponerse frente al miedo
y soltar alguna verdad.

Verdad para el que promete
aceras que no terminan;
para el que exige milagros
pero nunca arrima.

Verdad para el que murmura
desde el banco de la plaza,
mientras otros, sin discurso,
son los que empujan la barca.

Febrero tiene ese filo
que no hiere, pero despierta;
te deja la cara pintada
y la conciencia abierta.

Aquí no hace falta escenario
para entender lo que pasa:
un pueblo que se disfraza
también se quita la máscara.

Y cuando el frío regrese
con su seriedad intacta,
quedará flotando en el aire
una pregunta sin capa:

¿seremos igual de valientes
cuando febrero se marcha?

José Manuel Gómez

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