ENTRE ABEDULES Y ÁLAMOS
En Entre abedules y álamos, Marcelino Arellano Alabarces nos transporta a un paisaje sereno donde la naturaleza respira silencio y vida. Un poema contemplativo que celebra la armonía entre el río, las aves y el alma humana, evocando la calma de los veranos infinitos.

Los campos eran infinitos
de colores ocres.
Desde mi posición,
divisaba un valle inmenso
falto de árboles.
El valle descendía
buscando el frescor del río,
entre abedules y álamos,
las zarzas de hojas rizadas
llenas de moras verdes.
El agua que corría por el riachuelo
era escasa,
pero suficiente
para dar verdor
a sus márgenes
y calmar la sed,
en el canicular verano,
a las aves
y a los reptiles.
Solamente se escuchaba
el silencio y, de tanto en tanto,
el balar de algún rebaño
de corderos trashumantes.
Por encima de mí,
las doce del mediodía eran,
con su piar de mágicas flauta
pasó rápido una bandada
de calandrias rojas y blancas.
En un recodo del riachuelo
al amparo de las zarzas,
en una poza de agua fría,
los pájaros se bañan.

