Enfermedad y autoestima:Una mirada desde la pedagogía hospitalaria.

Dra. Toñy Castillo. Coordinadora del Grupo de Pedagogía y Salud del Colegio Oficial de Pedagogía de Cataluña.
Delegada Nacional de Pedagogia Hospitalaria del Proyecto Global de Cultura Granada Costa.
1. Congreso Pedagogía Hospitalaria. Universidad de Barcelona

La infancia representa una etapa crucial en la formación de la identidad y la autoestima, pilares fundamentales para el bienestar emocional y social. Al enfrentar una enfermedad, sobre todo si es crónica o grave, la percepción personal y calidad de vida pueden verse profundamente afectadas. Por esta razón, es indispensable fomentar una autoestima sólida que le permita afrontar su situación con más recursos emocionales y garantizar un desarrollo integral y saludable.
La autoestima es la valoración que una persona hace de sí misma, de su capacidad y de su valor. En los primeros años de vida, esta construcción es especialmente sensible a las experiencias externas. La enfermedad puede alterar esa percepción, ya que implica cambios físicos, emocionales y sociales que afectan directamente su sentido de pertenencia y seguridad personal. El niño o la niña pueden sentirse diferente no solo en lo físico, sino también en lo emocional y en su entorno social, lo que genera sentimientos de incomprensión, inseguridad y pérdida de control sobre su propia vida.
El hospital se convierte en un entorno emocionalmente complejo, donde la rutina habitual es interrumpida de forma repentina. La separación de la familia, los procedimientos médicos, el dolor y la incertidumbre provocan emociones intensas como miedo, vulnerabilidad y confusión. Esto se manifiesta en conductas como el llanto constante, el retraimiento, o incluso una fuerte dependencia del personal sanitario. En este contexto, la familia y el entorno cercano cumplen un papel fundamental: deben convertirse en una referencia de seguridad, afecto y validación que ayude a preservar y reforzar la autoestima del menor.
La hospitalización prolongada y los cuidados constantes también pueden generar una sensación de sobreprotección o vigilancia permanente. Además, la imposibilidad de asistir a la escuela, participar en juegos o convivir con sus iguales, refuerza el sentimiento de exclusión. En una etapa en la que pertenecer al grupo es vital, sentirse diferente puede generar pensamientos negativos sobre su propio valor, deteriorando su autoestima y provocando frustración, culpa o sentimientos de inferioridad. Estas emociones, si no se abordan adecuadamente, pueden traducirse en aislamiento, hipersensibilidad emocional o una necesidad excesiva de aprobación externa.
El impacto negativo se intensifica cuando el entorno no facilita la expresión emocional ni fomenta la aceptación. Por eso, resulta esencial la intervención conjunta de la familia, el ámbito escolar y los profesionales de la salud mental. El objetivo es construir una identidad positiva, donde el niño o la niña entiendan que su valor no depende de su estado de salud.
La autoestima y el impacto directo de la enfermedad
La enfermedad puede afectar la autoestima en múltiples niveles. La pérdida de autonomía es uno de los más evidentes. Cuando se requiere asistencia para actividades cotidianas o procedimientos médicos –como caminar, alimentarse o recibir tratamientos diarios– se puede generar inseguridad y dependencia emocional. Ejemplos concretos incluyen a menores que necesitan ayuda constante para moverse o afrontar tratamientos invasivos. Los cambios físicos visibles también tienen un fuerte impacto: cicatrices, pérdida de cabello o el uso de aparatos médicos pueden afectar la forma en que el menor se percibe a sí mismo y cómo cree que los demás lo perciben. Esta percepción influye directamente en su autoestima y en sus vínculos sociales, especialmente si se siente observado, diferente o rechazado. Del mismo modo, las limitaciones para participar en juegos, deportes u otras actividades comunes entre sus compañeros y compañeras generan sentimientos de frustración, vergüenza o inseguridad. Casos como el de una niña con diabetes que debe controlar sus niveles de glucosa en público, o un niño con asma que no puede correr, ejemplifican este conflicto emocional. A todo esto, se suma el temor a la muerte o a complicaciones, que provoca ansiedad, tristeza, pérdida de motivación, problemas para dormir o para concentrarse. Además, algunos niños, niñas y adolescentes pueden sufrir reacciones sociales negativas como burlas, estigmatización o falta de empatía por parte de su entorno. Esto incrementa el miedo al rechazo y la sensación de soledad, afectando profundamente su autoestima.
Claves para fortalecer la autoestima infantil
Para contrarrestar estos efectos, es fundamental crear espacios seguros donde el menor pueda expresar libremente sus emociones y sentirse comprendido. La comunicación clara, honesta y adaptada a su edad es clave. Escuchar sin juzgar, validar emociones como la tristeza o el miedo, y explicar la situación médica con palabras comprensibles, fortalece el vínculo emocional y disminuye la incertidumbre. Es importante evitar frases que minimicen sus sentimientos, como “no pasa nada”, ya que pueden invalidar su vivencia. Desde el rol docente, especialmente en entornos hospitalarios, se debe fomentar la autonomía del menor en la medida de lo posible. Involucrarlo en decisiones educativas, facilitar su participación en actividades escolares con las adaptaciones necesarias, destacar sus talentos y habilidades, y propiciar la interacción con sus compañeros y compañeras son acciones que fortalecen su autoestima. Además, mantener el contacto con su escuela de origen, organizar video llamadas o visitas, contribuye a preservar sus vínculos afectivos y educativos. Reconocer sus logros, por pequeños que sean, también resulta esencial. Celebrar avances tanto en el ámbito escolar como en el tratamiento médico promueve una autoimagen positiva y fomenta la motivación. Establecer rutinas con horarios definidos para las actividades y el descanso aporta estructura, sentido de normalidad y seguridad. Esto ayuda a evitar la sobreprotección, que en ocasiones puede limitar sus capacidades y su desarrollo.
Un trabajo en red
El fortalecimiento de la autoestima debe abordarse desde una perspectiva integral, que reúna al personal sanitario, psicólogos, pedagogos, educadores y familias. El enfoque debe centrarse en la persona, no solo en la enfermedad. Apoyar emocionalmente al entorno familiar y brindarle herramientas para acompañar con empatía también es parte fundamental del proceso.
Existen múltiples recursos que pueden utilizarse para reforzar la autoestima en contextos hospitalarios: diarios emocionales, álbumes de logros, actividades lúdicas adaptadas, técnicas de relajación, materiales educativos que ayuden a comprender la enfermedad y espacios creativos para expresar emociones mediante arte, música o escritura.
¿Qué es la baja autoestima?
La baja autoestima se define como una percepción negativa sobre uno mismo, acompañada de sentimientos de inutilidad, vergüenza, culpa o miedo al fracaso y al rechazo. Frecuentemente incluye un diálogo interno autocrítico que refuerza estos sentimientos, con pensamientos como “no valgo” o “todo me sale mal”. Si no se detecta a tiempo, puede derivar en trastornos físicos, emocionales o sociales significativos.
En el ámbito hospitalario, se han identificado manifestaciones de baja autoestima vinculadas a la depresión, la ansiedad social, los trastornos de la conducta alimentaria, las autolesiones, las ideas suicidas y los trastornos psicosomáticos. En enfermedades crónicas, también puede afectar la adherencia al tratamiento, lo cual compromete seriamente el pronóstico médico pudiendo desencadenar hospitalizaciones por crisis graves de ansiedad, trastornos alimentarios con riesgo nutricional, episodios depresivos profundos o conductas autodestructivas. Entre los factores de riesgo destacan el acoso escolar, ambientes familiares negligentes o violentos, el fracaso académico sin apoyo, el aislamiento afectivo, la comparación constante en redes sociales y la ausencia de modelos positivos.
Por todo esto, la intervención temprana es vital. Detectar señales de baja autoestima antes de que evolucionen en patologías graves permite actuar con mayor eficacia. Las aulas hospitalarias, son centros educativos con enfoque inclusivo donde el acompañamiento emocional y el trabajo conjunto con los profesionales y las familias son fundamentales para el bienestar integral.
El rol transformador de las aulas hospitalarias
La hospitalización puede generar aislamiento emocional y pérdida de referentes, pero las aulas hospitalarias se presentan como espacios terapéuticos que ofrecen mucho más que educación académica. Garantizan el derecho a la educación y crean un entorno emocionalmente seguro, donde aprender se convierte en una oportunidad para reconstruir el sentido de valía personal.
Las aulas hospitalarias promueven una enseñanza personalizada, empática y centrada en la realidad del menor. Favorecen la normalización de la experiencia hospitalaria, fortalecen la identidad estudiantil, y facilitan la conexión con compañeros hospitalizados o del entorno escolar habitual a través de proyectos colaborativos. El reconocer el esfuerzo diario, adaptar las tareas a sus posibilidades, celebrar logros y fomentar sus talentos personales son prácticas comunes que refuerzan la autoestima. Además, las aulas hospitalarias estimulan la autonomía mediante la participación activa en decisiones y la toma de control sobre ciertas actividades, lo cual genera una sensación de competencia y seguridad emocional. Se trata de entornos reparadores, con flexibilidad curricular, un enfoque humanista, educación emocional y trabajo coordinado entre profesionales de la salud, educadores y familias.
Reflexión final: educar para sanar
Es necesario mantener el rol de estudiante dentro del hospital que permita preservar el sentido de pertenencia y construir una narrativa personal más allá de la enfermedad. Las aulas hospitalarias no solo enseñan contenidos: acompañan procesos de duelo, adaptación, resiliencia y reconstrucción de la identidad.
En conclusión, el fortalecimiento de la autoestima es un elemento clave para la salud integral de niños, niñas y adolescentes hospitalizados. La educación emocional, el acompañamiento afectivo y la validación de su identidad les otorgan herramientas para afrontar las dificultades, proyectarse hacia el futuro y crecer con dignidad, incluso en medio de la adversidad.
Biografía:
Castillo, A., Tello, C., Doménech, M. (2010).
Educación emocional y bienestar en contextos hospitalarios: Una experiencia en aulas hospitalarias. Barcelona: Editorial UOC.
Tello, C., Castillo, A. (2008).
Educación emocional: Programa para niños y niñas hospitalizados/as.
Madrid: Narcea Ediciones.
