EMOCRACIA

Javier Serra
Me acomodé en los asientos traseros de un autobús cualquiera, dejando que el murmullo de las conversaciones ajenas, el runrún del motor y el aire acondicionado amortiguaran la catarata interminable de mis pensamientos. De pronto, una voz alterada se impuso sobre el coro: “¡Fuera, moros de mierda! ¡Iros a vuestro país!”. Un par de jóvenes con tatuajes sospechosos y camisas que dejaban ver sus axilas velludas se incorporaron para increpar a un viajero de piel oscura y pelo corto y rizado que estaba sentado junto a una de las ventanillas; no intentó defenderse, sino que se encogió en el asiento como si intentara desvanecerse de allí. Otros pasajeros miraban con gestos de desaprobación, aunque una mayoría permanecía impasible, quiero creer que por miedo.
Yo, inmóvil en la parte trasera, parapetado tras la multitud, sentí un cosquilleo de indignación y temor. Las imprecaciones continuaron durante unos metros más, hasta que el conductor detuvo el vehículo. “Aquí no hay moros ni moras —rugió—. Solo pasajeros. ¡Bajad ahora o llamo a la policía!” Aún lanzaron unos cuantos insultos más, que incluían al conductor, pero afortunadamente al final desistieron de su actitud y se apearon del bus.
Tras el incidente y mientras contemplaba el paisaje urbano, confieso que mi mirada se posaba con inquietud en cada parada, casi esperando ver aparecer un grupo de jóvenes ultras, pasamontañas y palos en mano, dispuestos a linchar al hombre —o a cualquier otro que consideraran extranjero, concepto que para ellos no incluye a los provenientes de países ricos— bajo el hashtag “cacería”, como la que hemos presenciado en Torre Pacheco días atrás, cuando colectivos de extrema derecha recorrieron sus calles azuzados por proclamas racistas e incitaron abiertamente a la violencia contra migrantes.
Lo que me parecía casi increíble que esos mismos descerebrados que aplaudían la “expulsión” o la “deportación” no fueran capaces de comprender no ya nociones como la de “respeto” o “derechos humanos” —no se pueden pedir peras al olmo—, sino simplemente el papel esencial de los migrantes para la subsistencia de nuestro estado del bienestar, incluído el de esos mismos descerebrados. Las personas migrantes, recuerdo, son en su gran mayoría trabajadores de la construcción, del sector servicios y del campo, realizando con enorme esfuerzo cada jornada los trabajos que estos mismos descerebrados se negarían a llevar a cabo, por ejemplo recolectando frutas y hortalizas que luego acaban en nuestras mesas. Sin esos brazos, nuestras despensas se vaciarían de tomates, pimientos y melones antes de que uno pudiera pestañear.
Pero si no es nada sorprendente, me dije a mí mismo: no se trata de algo casual o efímero, sino el resultado de años de discurso tóxico fermentado en el barril de la demagogia.
Porque, más que en un régimen democrático, vivimos en uno “emocrático”: la víscera pesa más que la razón. El grito más que la palabra. Unm mensaje simplón más que uno verdadero. Un desliz de pulgar en la pantalla y ya dictamos sentencias, animados por bulos virales que avivan el fuego de la rabia. Pero la maldad triunfa cuando los buenos eligen el silencio sobre la acción. Si callamos ante el insulto y la violencia gratuita, si desviamos la mirada en nombre de la comodidad, acabaremos gobernados por los peores, como ya muy bien expresara Platón en su República.
Quizá sea hora de bajarse del bus de la “emocracia” para subir al de la verdadera democracia, esa en la que la razón modera la pasión y la empatía vence al sórdido rumor de quienes se aprovechan de las masas desinformadas (hace poco me he enterado que los agitadores virales filonazis monetizan sus campañas. Ni siquiera creen en lo que su boca vomita, sino que lo hacen por dinero). No bastan las buenas intenciones: necesitamos educación cívica de primera, políticas redistributivas que garanticen derechos y un sistema legal que no mire con condescendencia la desinformación y los discursos de odio en redes sociales. Solo así, protegiendo al que sufre el agravio y reconociendo nuestra deuda con quienes han elegido nuestro país como destino para trabajar y poder llevar una vida digna, lograremos frenar las “cacerías” del odio y revertir la “emocracia” en auténtica democracia..
