El Torreón del Ánima

Formaban una pandilla de alegres jóvenes, buenos amigos desde que se conocieron en la Residencia para estudiantes en la ciudad de Madrid. Algunos eran de nacionalidad extranjera y habían venido a España para estudiar el idioma español o perfeccionarlo y desde un principio congeniaron sin que los cursos transcurridos hubieran deteriorado un ápice la entrañable amistad y afecto que a través de los mismos se habían profesado, lo que contribuía en gran manera a que aún continuasen unidos y proyectando de continuo nuevas diversiones, viajes, aventuras, siempre en buena armonía.
Aquel verano habían decidido alquilar una casa rural para pasar unos días en ese pueblo alejado del bullicio de la ciudad en que vivían y descansar del duro curso pasado en la universidad, pero la realidad era que aquel lugar no ofrecía demasiadas diversiones a excepción de los bonitos paisajes de su alrededor y que ya tenían recorridos a lo largo y a lo ancho. Así que aquella tarde, aunque el tiempo parecía no acompañarles pues un cielo plomizo, no exento de negros nubarrones, amenazaba con descargar una inminente tormenta, decidieron hacer una visita a las ruinas del viejo castillo situado en las afueras del pueblo y edificado en lo alto de un monte que, cual gigante pétreo, parecía vigilar a todos los temerosos habitantes del lugar sin que ninguno de ellos se atreviese a subir hasta su cima.
Ante el panorama de un tiempo poco favorecedor, Carlos, quizá el muchacho más prudente del grupo, comentó que aquella salida era una temeridad pues el camino era bastante malo. Pero los demás, desoyendo su consejo y una vez distribuidos en los coches, organizaron la excursión rumbo a aquel castillo con fama de misterioso y del que los viejos del lugar al escuchar que alguno imprudentemente lo nombraba, se hacían la señal de la cruz y huían como alma que lleva el diablo para encerrarse en sus casas.
Quizá, tan sólo fuesen supersticiones pero viejas leyendas, extendidas de boca en boca, decían que aquel castillo estaba maldito y que en su Torreón, llamado “El Torreón del Ánima”, habitaba un alma en pena, antiguo señor de la fortaleza, un espíritu atormentado que aún no había encontrado la paz pues para salvar su alma pecadora necesitaba que alguien muriese en el mismo lugar donde él le había quitado la vida a su amada, ciego de ira, creyéndola infiel y enamorada de su joven paje. Y como castigo, el diablo lo había condenado a vagar por ese Torreón eternamente… o hasta que apareciese alguien que con su muerte lo redimiera ocupando su lugar. Por eso, su sombra erraba por entre las ruinosas murallas. Incluso, alguien afirmaba convencido que, en una noche oscura de tormenta, un caminante perdido había creído ver su silueta desde lo alto del Torreón. Seguramente, habladurías y viejas historias de los crédulos habitantes del lugar.
Aquellos muchachos, juventud despreocupada y algo escéptica, no hacían caso de semejantes invenciones. Y con la inconsciencia de sus pocos años, una vez acomodados en los coches, tomaron el escarpado camino que subía peligrosamente hasta aquel monte, bastante empinado, llamado “El Pico del Ánima”, nombre que había tomado también del Torreón maldito.
No llevaban mucho trecho recorrido cuando, de improviso, les sorprendió la anunciada tormenta en forma de enormes goterones para convertirse poco después en un fuerte aguacero que apenas hacía visible el camino, pese a las potentes luces que proyectaban los faros de los coches.
— ¡Volvamos! ¡Es una temeridad continuar! —volvió a recomendar el prudente compañero, deteniendo su coche para advertir a los demás ocupantes de los otros autos que no siguieran adelante. Todo inútil. ¿Es que iban a tener miedo de un simple chaparrón? Faltaría más. ¡Adelante! Y continuaron monte arriba hasta llegar, no sin esfuerzos pues la lluvia arreciaba cada vez más, ante las murallas de aquel castillo cuya visión, a la escasa luz de un atardecer lluvioso, les pareció siniestra, incluso a los más echados para adelante, pero que, por un prurito de valor, se guardaban muy bien de confesarlo, sobre todo los chicos extranjeros por temor a ser tildados de cobardes.
Quizá, siglos atrás, habría sido una magnífica fortaleza habitada por poderosos señores, pero ahora tan sólo conservaba de su antiguo esplendor unas altivas murallas, coronadas por desdentadas almenas, y el imponente Torreón, dueño y señor del castillo.
—Bueno, ¿qué esperamos? ¿No hemos recorrido todo este camino para visitar el castillo? Esta tormenta de verano no nos va a detener. El que quiera que me siga. Los pusilánimes se pueden volver a casita —desafió, lanzando irónico un reto, Julio, el valentón de la pandilla. Y, queriendo reafirmar más su fanfarronería, gritó:
—¡Ah, del castillo! ¡Prepárate, fantasma, que venimos a visitarte! Y riendo su propia gracia, penetró en el recinto seguido del resto de los compañeros que, algo achantados dado el panorama, no se atrevieron a volverse atrás como hubiera sido el deseo de más de uno.
La lluvia pareció cesar de momento, lo que permitió al grupo de amigos recorrer a sus anchas lo que quedaba de aquel enorme castillo, sus salas, antiguas caballerizas, largas estancias, la casi destruida capilla gótica, el salón donde los nobles celebraban sus fiestas y banquetes… Todo ello, dentro de un ambiente normal, lejos totalmente de aquella aureola de misterio que envolvía la fortificación según leyendas.
— Bueno, amigos, yo no veo por ninguna parte misterio alguno y empiezo a aburrirme. Subamos al Torreón. Quizá allí encontremos al espíritu que, después de tantos siglos de soledad, debe estar el pobre muy aburrido. Vamos a alegrarlo y a divertirnos un poco —propuso nuevamente Julio— . Y soltó una estentórea carcajada que resonó como un eco por todo el recinto.
De pronto, inesperadamente, comenzó a llover de nuevo y esta vez era tanta la furia de la tormenta, unida a la de un viento huracanado, que les fue imposible seguir adelante pese a la decisión, ya firme por parte de los demás, de subir a los coches y regresar al pueblo. Decidieron, pues, esperar por si aquel temporal cesaba pero, a medida que pasaba el tiempo, no sólo no amainaba la tormenta sino que cada vez arreciaba más y más sintiéndose atrapados ante una noche infernal entre los muros de aquel castillo en donde ya comenzaban a sentir ese misterio que pesaba sobre ellos como algo amenazante.
Resignados, decidieron pues pasar allí la noche y recogiendo unos troncos de leña que encontraron en una casi derruida chimenea, hicieron fuego, ya que estaban empapados y, por otro lado, la oscuridad reinante era absoluta sólo aliviada por los continuos flashes de los relámpagos. Afortunadamente, la estancia en que se hallaban conservaba un resto de la techumbre y pudieron resguardarse de este modo de la lluvia que seguía cayendo torrencialmente. Y sentados sobre unas piedras, alrededor del confortable fuego chisporroteante, se dispusieron a esperar que amainase el temporal y poder escapar por fin de aquel maldito lugar.
— ¿Y si contásemos narraciones de misterio y aparecidos? —rompió el silencio Julio que, al parecer, era el líder del grupo—. A lo mejor, al oírnos, el fantasma del castillo se anima y baja del Torreón para escucharlas y así se sacude un poco el muermo de siglos que lo acompaña. ¿Quién quiere comenzar a narrar su historia? Han de ser todas de miedo o de misterio, acordes con el entorno y la noche de lluvia, truenos y relámpagos que padecemos. ¿Estáis de acuerdo?
La idea no pareció caer mal entre aquel grupo de muchachos ante la perspectiva de la noche que les esperaba. Al menos podrían distraer las horas con los relatos que a cada uno de ellos —la juventud es imaginativa— se les fuesen ocurriendo. Así que, animado a ser el primero, Walter, el muchacho irlandés se decidió a contar una historia o leyenda oída en su niñez, ocurrida en su pueblo, y que se había ido transmitiendo de padres a hijos.
Y a la luz de los relámpagos y el siniestro Torreón del Ánima como pétreo testigo, Walter comenzó su historia.
oooooooooooooooooooooooooooooo
—“Esta leyenda ocurrió en un pueblo de Irlanda…”


Muy interesante y sorprendente el torreon del anima.
Felicidades a su autora, Carmen Carrasco. Siempre nos deja admiradas, con sus escritos. !!Soy su fan!!
Muchas gracias amiga Inma. Besets.
Formidable toda la información que pones, enhorabuena.
Gracias amiga Dulcinea. Besets.
Fabulosa leyenda
Gracias amigo Carlos. Saludos.
Perdón, quise decir Gonzalo.
Muchas gracias. Besets