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EL SÉPTIMO DÍA (6/7)

Capítulo 6/7 de El Séptimo Día: escondido en un armario, el narrador contiene un estornudo mientras un engendro experimental —Tálasa— husmea al otro lado. Con un hacha oxidada como única defensa, la noche se convierte en sentencia.

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(Viene de: …los que se la comieron allí mismo, sin esperar ni calentarla, les supo a gloria bendita.)

Nadie gritaba ya por justicia o supervivencia. Solo por no pasar hambre. La ironía de la vida nos asaltaba a mordiscos… Fue entonces cuando me di verdadera cuenta de que necesitaríamos armas para defendernos en aquel apocalipsis de lentejas y pizzas con piña. Tras varias horas pateando calles llenas de incontenibles turbas a las que, no sin dificultad, logramos esquivar, conseguimos localizar este hacha y alguna herramienta más que nos repartimos entre los miembros de la familia. Pero sobre todo el hacha, esa hoja de acero, oxidada y pesada, de la que me adueñé en exclusiva, resultó ser mucho más que un arma: era un permiso para seguir existiendo.

*            *            *

¡Maldita sea! Me ha parecido escuchar un ruido muy cercano. Algo así como un resoplido, un husmear fuerte, justo al otro lado de la madera que me protege. Y, para colmo, me pica la nariz. Como si su olfateo me arrastrara inevitablemente al escozor nasal que, encima, amenaza con delatarme con un inoportuno estornudo.

Después, me ha parecido oír pasos. Lentos, pesados, alejándose de mi escondite con esa calma que desespera más que la prisa. Por eso, he retomado la escritura, aunque sigo en tensión, dándole vueltas a si debo abrir un poco la puerta del armario para asomarme y comprobar si estoy solo y si puedo estornudar sin miedo ni peligro o qué narices pasa.

Pero con ello podría estar firmando mi sentencia. Tengo que tener mucho cuidado y moverme con absoluto sigilo, para no alertar a quien pudiera estar al otro lado. Siento los latidos en las yemas de mis dedos, como si todo mi cuerpo gritara mientras mi boca calla. Además, debo confiar en que mis ojos, adaptados a la oscuridad de mi encierro, sean capaces de distinguir algo en la noche, que lo cubre todo como una manta mugrienta. Y rezar para que ese cosquilleo en la nariz no decida traicionarme justo al abrir la puerta.

Voy a ello. Luego os cuento.

*            *            *

¡Está allí! ¡Lo he podido ver, casi adivinar, a unos metros del armario! ¡Mierda! Tengo que seguir conteniendo el estornudo… No sé si podré aguantar, pues cada segundo que lo retengo es un disparo mudo en la sien, pero he de hacerlo y confiar, además, en que no me haya oído abrir o cerrar la portezuela para asomarme.

He dejado otra vez de escribir para aplicar mis dos manos a la inaplazable tarea de tapar y rascar mi nariz, de contener el puto estornudo que se me estaba formando. Aún así, no he podido evitarlo y he tenido que soltarlo, leve, muy amortiguado, pero tal vez audible para ese ser deforme que acecha mi escondrijo, probablemente, desde que escuché los primeros ruidos, hace unas páginas.

Por el boca a boca llegué a saber más sobre estos seres escapados del campus de Teatinos. Habían sido vistos por gente con la que nos hemos ido cruzando y nos han contado de todo. La mayoría eran supervivientes que narraban espeluznantes experiencias. Y es que, desde lo del virus aquel de Wuhan, hace décadas, los límites de la ética científica se habían traspasado continuamente en todos los países. Fruto de las diversas investigaciones aparecían por todo el planeta, continuamente, bichos como este que me acechaba: mi nuevo enemigo, Tálasa. Ya lo dije antes. Lo llamaban así por el proyecto que lo vio nacer. Al principio, decían que tenía rasgos humanos y que había aprendido a imitar gestos simples. Que se tocaba el mentón como si pensara. Pero luego empezó a responder con sonidos, a escribir palabras con algas y piedras. A elegir. A escapar. Cuando las luces se apagaron, aprovechó el fallo del sistema y salió al mundo. No es que se fugara: es que eligió hacerlo ―y de qué manera―. Eso también me acojona.

Nervioso, angustiado, me aferro al mango del hacha que aquí guardo, más por necesidad que por valentía. Es mi coartada de cobarde, a la par que mi arma de defensa personal. Y digo personal porque no he logrado hacerla valer para defender a los míos. Uno a uno fueron cayendo mis hijos y, ayer mismo, mi cónyuge, víctimas todos de las turbas rapiñadoras o de otros engendros experimentales similares a este, sin que pudiera hacer gran cosa por evitarlo. Y ahora ya solo me preocupo por mi propia vida, como cualquiera en esta oscura jungla. Por eso, tengo que prevenirme de él…

(Continuará)

Sergio Reyes Puerta

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