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EL SÉPTIMO DÍA (3/7)

En El séptimo día (3/7), Sergio Reyes Puerta nos sumerge en un futuro cercano donde la ciencia desata el caos. Un apagón global y una criatura creada en laboratorio enfrentan al protagonista con el miedo, la soledad y los límites de la humanidad. Ciencia, terror y reflexión en estado puro.

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(Viene de: …Es curioso cómo el miedo es capaz de resucitar la fe más esquiva)

¡Ah! ¡La fe! La misma que nos ha traído hasta aquí, aunque, en este caso, el objeto de esa fe no fuera Dios, sino la ciencia y la tecnología que tanto amo. Por eso, cuando hace siete días comenzaron a caer en cadena todos los suministros eléctricos, se lió la que se lió.

¡El caos! ¡Aquello fue el comienzo del caos!

A mí me pilló en el trabajo, en mi despacho de la universidad. De repente, se apagaron las luces del techo. Los ordenadores siguieron funcionando gracias a los sistemas de alimentación ininterrumpida, pero estos dependen de baterías que, sin electricidad, se agotarían en cuestión de horas…

*          *          *

Acabo de regresar. Otra vez los pasos. Esas inquietantes pisadas al otro lado de mi refugio, acercándose despacio, con cautela. Yo, conteniendo la respiración, volviendo a ponerme azul, como si la propia Málaga me asfixiara más que el miedo o la contención auto infligida.

Esta vez ha tardado más en marcharse. Y hasta creo haber escuchado su respiración, algo agitada, cuando más cerca de mi armario estaba. He sentido una gota de sudor resbalando por mi sien y, luego, por mi mejilla. Casi me ahogo y no precisamente por el olor a mierda que se metió por todos los rincones, incluido mi refugio, y que supongo procedente de quien quiera que estuviera ahí fuera, sino por la falta de aire en mis pulmones.

Pero ya se ha marchado, de nuevo. Continúo, pues, con lo que contaba. Estaba trabajando cuando comenzó el puto apagón. Aproveché para ir al aseo y me alumbré con la linterna de mi teléfono móvil ya que no teníamos iluminación, solo seguían en marcha los equipos informáticos.

―A ver si vuelve pronto la luz ―escuché de repente.

―Joder, qué susto. No te había visto.

―Perdona, no pretendía…

La cisterna, oportunamente activada, interrumpió las disculpas.

―En mi casa tampoco hay luz.

―Ni en la mía.

Nos lo habían avisado los nuestros por WhatsApp. No sabíamos aún que se había ido la luz en más de medio país y, prácticamente, todo el planeta. No podíamos imaginar que si seguíamos teniendo cobertura en los móviles y podíamos hablar con nuestras familias y amigos era gracias a los generadores de emergencia de antenas, centralitas y demás sistemas de telecomunicaciones. Cuando los mencionados sistemas comenzaron a fallar, a las pocas horas, empezamos a perder la señal en nuestros terminales.

En uno de esos mensajes, antes de que se cortara todo ―recibido a la vez que se producía la llamada de Javier―, una compañera me envió un pantallazo. Una noticia filtrada de una web universitaria que hablaba de un incidente crítico en el laboratorio subterráneo de biocontención. Explicaba algunos de los proyectos, como el del papel de la microbiota en el desarrollo de síndromes linfoproliferativos o el del estudio de los procesos biológicos asociados a trastornos mentales y enfermedades neurológicas. Pero también destapaba la existencia de experimentos más o menos secretos, como el Proyecto Tálasa. Este era, oficialmente, un desarrollo conjunto de regeneración de tejidos tanto para entornos submarinos extremos como para la superficie terrestre. La excusa era el buceo industrial, pero off the record corría el rumor de que estaban diseñando biohíbridos para operaciones militares en costas hostiles. Francia, Suecia y España metían dinero, cada país con intenciones que era mejor no preguntar. El campus de la UMA era perfecto: lejos de grandes focos mediáticos, con infraestructuras de primer nivel y un personal lo bastante brillante… y desesperado por financiación. Decía también la nota de prensa que varias criaturas experimentales, relacionadas con dichos experimentos, habían escapado por una por una puerta de emergencia desde el subsuelo del IBYDA y que había indicios de contacto con el exterior. Entre ellas estaría la que me había dicho mi excompañero: el maldito Tálasa. El campus se cerró, pero ya era tarde.

Lo peor de Tálasa no era su fuerza ni sus colmillos. Eso era previsible. Lo terrible era su capacidad de aprendizaje. Nos dijeron que había memorizado códigos de acceso observando simples patrones lumínicos. Que imitaba voces con una precisión grotesca, como si un loro mutante aprendiera a timar sistemas de seguridad. Incluso llegó a replicar gestos humanos complejos: abrir pomos, desbloquear puertas, manipular cierres. Se rumoreaba que una de las primeras víctimas fue un investigador que bajó a las cámaras de biocontención porque creyó reconocer la voz de su propia hija, llamándolo por su nombre. Esa fue la última vez que lo vieron. Al abrir, solo encontró su error. Tálasa había aprendido a esperar.

(Continuará)

Sergio Reyes Puerta

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