EL SÉPTIMO DÍA (1/7)
Relato distópico de Sergio Reyes Puerta que inicia con un gran apagón global. Oscuridad, miedo y soledad en una Málaga desierta donde la escritura se convierte en refugio.

Al séptimo día quedábamos pocos en las ciudades; la mayoría había huido. Y, para entonces, yo ya entendía, como nunca, el terror que supone la oscuridad para el alma humana. Y más aún en una ciudad casi vacía, como esta.
Dice la Biblia que al séptimo día Dios descansó. O lo dicen los curas, pues yo nunca la leí, pero deduzco que sacarían ese dato del texto sagrado. Y cuando pienso en semejante frase me imagino a una especie de Jesucristo en calzoncillos ―una imagen que, en estos días de miseria, me resulta más tranquilizadora que cualquier sermón― y repantigado en un sillón con orejeras. Un sillón verde o rojo, según me pille de ánimo, en un salón como el de mi casa, pero tan vacío como ahora está Málaga ―desierta, pero con sus inevitables obras a medio hacer. Hasta el Apocalipsis respeta los plazos de Urbanismo―. Eso sí, lo visualizo descalzo, las pantuflas tiradas de cualquier manera en el piso, y unos cascos enormes con los que escucha música mientras menea la cabeza, con ritmo. No logro adivinar si oye a Beethoven o a Rosalía pero, por la forma en que mueve la testa, está claro que es música. No noticias ni programas de entrevistas ni nada de eso. Música, sin más. ¡Ah! Y lo imagino, también, tocándose, con una mano, los huevos. En fin, que me lo pinto lo que se dice descansando de verdad, bien a gusto, como cuando te quitas un marronazo de encima después de días buscando cómo encasquetárselo a algún pringado.
Pues bien, nosotros, los humanos, somos ese pringado a cargo del mundo que él creó y hemos tardado menos de siete días en cargárnoslo todo. O casi.
A ver si me explico. Cuando digo que tardamos menos de siete días en liarla parda no me refiero a desde que Dios creara el mundo, que no sé ni cuándo fue porque no creo mucho en los curas, pero seguro que hace la tira de tiempo. A fin de cuentas, estamos ya cerca de la mitad de este siglo XXI. Me refiero, más bien, a siete días desde el del gran apagón. Algunos lo llaman la desconexión global. Yo, simplemente, el puto apagón. El día en que todos descubrimos que sin electricidad no somos más que monos asustados en cuevas de hormigón.
Decía que la liamos parda. Y no veas si la liamos y qué acojone da la oscuridad. Como jamás lo hubiera imaginado. De hecho, ahora mismo escribo a oscuras, a tientas, escondido en plena noche dentro de un viejo armario del campus universitario, atento a cualquier ruido amenazante que venga de fuera. Hoy mismo conseguí un lápiz y unos folios y me he organizado para no liarme ni cagarla al escribir.
He puesto los papeles en blanco a mi diestra. A tientas los voy cogiendo, de uno en uno. En la esquina derecha que tomaré como superior ―cuando está sin estrenar cualquiera podría serlo―, hago una pequeña doblez, de modo que ese pico apunte hacia mí. Así distinguiré luego, si fuera necesario, el anverso del reverso. En el borde inferior, cerquita del lado izquierdo, he hecho una pequeña rasgadura de apenas medio centímetro en la primera hoja, esta que estoy escribiendo ahora. Cuando comience otra página haré dos rasgaduras, tres en la tercera y así consecutivamente. Sí, ya sé que suena enfermizo. Pero hay quien colecciona cromos y yo doblo esquinas y rasgo pies de página para no volverme loco y, sobre todo, para orientarme en la oscuridad. De este modo dejaré mis escritos numerados y trabajaré mejor. Y una vez garabetee cada folio por ambos lados los iré apilando a mi izquierda.
Lo único que espero con esta escritura, aparte de mantener un registro lo más científico posible, es que contar lo que está pasando me ayude a comprender, a sentirme mejor, más seguro. A quitarme, en la medida de lo posible, los miedos. Aunque bien podría lograr el efecto contrario. ¿Quién sabe? En cualquier caso, necesito hablar con alguien de los ruidos y de los monstruos, desahogarme, buscarles una explicación racional, técnica. A ver si se me quita el cague que tengo encima. Y esta es la única forma que he encontrado desde que perdiera totalmente la confianza en el prójimo, hace unos días.
(Continuará)

