EL PARAÍSO NO SE PERDIÓ, EXISTE
Un relato profundo y espiritual sobre un encuentro revelador en el parque García Lorca, donde un anciano sabio recuerda que el paraíso nunca se perdió: vive en la naturaleza, en el amor y en la memoria de lo sagrado.

Lo que hayas amado quedará; el resto
serán cenizas (San Agustín)
La historia de aquel hombre que en el parque García Lorca echaba pan a los pájaros y decía que Dios lo compartía con ellos, me ha traído a la memoria que cierta sabiduría sólo anida en las personas de edad avanzada. No recuerdo dónde he leído que en Oceanía, en las islas Fidji, cuando una isla quedaba vacía, parte de otras iban a ocuparla, y llevaban hombres y mujeres jóvenes para el trabajo y la reproducción, pero también llevaban un grupo de ancianos cuya misión era conservar y enseñar las costumbres y tradiciones a la nueva generación. Estos ancianos eran bibliotecas ambulantes, y cuando algunos de estos ancianos moría era como si se hubiese prendido fuego a una biblioteca.
Viene al caso esto de las personas mayores, porque el protagonista de este episodio fue también un anciano, un viejo, un carroza o como se le quiera llamar, pero que aparentaba una gran calma, sosiego, y tenía una mirada y una sonrisa de inteligencia.
Era a finales del mes de abril de este año. Mi mujer, Aurora, y yo paseábamos por el parque García Lorca al que la primavera había vestido de colores, y la luz de Granada en estas fechas le daba un brillo y un encanto especial que arrebataba y emocionaba hasta el punto que era un invitación a la oración. Todo parece renacer, y los cipreses, laureles, magnolios que son de hoja perenne la primavera les aniña, el verde les esclarece.
Estábamos en la rosaleda que vestía una radiante explosión de colores y perfumes… ¿Perfumes? Aurora iba metiendo la nariz en las rosas de las distintas clases al tiempo que comentaba, “ésta es muy bonita pero no huele, ésta tampoco, ésta un poquito, ésta nada, ésta ¡ oh, sí, qué perfume! Entonces aquel anciano de mirada inteligente, que nos seguía haciendo lo mismo que Aurora, oliendo las rosas, dirigiéndose a nosotros dijo:
“pasa el viento… Al pasar mata la rosa…
¡ y la rosa al morir, perfuma al viento!
Sorprendidos nos quedamos mirándolo. Entonces aclaró: “son versos del cantor de la Alhambra, Villaespesa. Y continuó: “Todas las rosas como todas las flores tienen su perfume singular, pero para sentirlo no solamente hay que oler con el olfato, sino con los cinco sentidos, y, además con el alma, con el espíritu, con el sentimiento, con la imaginación, con el amor… Quien mejor entendió el lenguaje de la Naturaleza, pues todas las cosas hablan, fue San Francisco de Asís expresado en el Cántico del Sol, del que el escritor francés Renán dijo que era la “más completa expresión del sentimiento religioso moderno”. Y así lo creo yo también. San Francisco con su sencillez y aparente ingenuidad llamando hermano al sol, al viento, a la luna… “Hermana agua, hermana tierra que nos da flores y frutos…” que los pájaros y peces le escuchan, que los animales todos le obedecen y toda la Naturaleza. Cuando estoy en cualquier jardín es San Francisco quien me recuerda el Jardín del Edén, y al volver a casa tomo la Biblia y releo la Creación del Mundo en el Génesis: “El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer, así como el árbol del conocimiento del bien y del mal”. Y les mandó que lo cultivaran…
Al llegar a este punto para no pasar por ignorante y para que supiera que yo también leía la Biblia le pregunté: ¿Por qué le prohibió Dios que comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal, si de antemano sabía Dios que ese mandato no lo iban a cumplir? Y otra pregunta, si Dios es llamado “Sol de Justicia” y es inmensamente misericordioso, ¿Por qué impuso una pena tan severa?

Aquel hombre que me había escuchado con atención y una serenidad asombrosa me contestó que hay cosas que no podemos entender por mucha inteligencia y sabiduría que se tengan, pues no podemos rebajar a Dios a nuestro nivel. En estas cuestiones se cree o no se cree, pero su comprensión no está al alcance de nuestra inteligencia. Interpretado al pie de la letra da la impresión de que Dios no quería que el hombre tuviera conocimiento, es decir, sabiduría, pero no es así. Debemos fijarnos en que Dios que los puso en el Jardín del Edén con el mandato de que lo cultivaran, o sea, que trabajaran, pues la vida regalada es triste, aburrida, fea, insípida, si no se le añade el condimento del TRABAJO. Dejemos esto en el misterio y pasemos a otro pasaje: “No es bueno que el hombre esté solo; voy a proporcionarle una ayuda adecuada”. Y creó de una de sus costillas a Eva, su mujer. Había creado el AMOR. Esto es lo verdaderamente importante, y todos lo entendemos, lo demás es secundario, accesorio. Y los creó para que fueran felices a pesar de que en el pensamiento antigua la moral no se distingue de la cuestión de la felicidad, pues para el cristiano la idea de salvación se contradice con la idea de felicidad aquí en la tierra.
Por eso más importante que el jardín del Edén y todos los jardines que existen en el mundo son un leve reflejo, un destello del AMOR hombre-mujer. Si eres lector de la Biblia cuando lleguéis a casa leer el “Cantar de los Cantares” , que representa y expresa el sentimiento del amor con una gran pasión, fuerza y sentimiento. Y dicho esto nos dijo adiós, y se marchó con un ramo de risas en la boca y nosotros boquiabiertos y pensativos. Entonces recordé las palabras del premio Nobel Eucken que encaja con esto de la felicidad: “Si cada cual hace lo que en su lugar corresponde, todo marcha mejor y la vida es hermosa y encantadora”.
A continuación, nos trasladamos a otra zona, la de los celindos que atraían con fuerza, con su blancura y su delicado y misterioso perfume. No obstante, las palabras de aquel hombre de la mirada y sonrisa de inteligencia, revoloteaban en mi mente. El AMOR de la Creación de Dios. Entonces, mientras Aurora seguía metiendo las narices en las flores me acordé de aquellos versos de Quevedo que dicen:
Después que te conocí,
todas las cosas me sobran;
el sol para tener día
abril para tener rosas…

