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EL NARCISISMO DE LAS PEQUEÑAS DIFERENCIAS

Un artículo incisivo y satírico sobre el “narcisismo de las pequeñas diferencias” aplicado a la política: cuando quienes comparten lo esencial se bloquean por detalles mínimos, mientras el ruido populista avanza sin frenos. Humor inteligente, metáforas brillantes y una advertencia final: unir antes de que sea tarde.

Javier Serra

Javier Serra

Sigmund Freud —ese maestro de la sospecha que descubría complejos sexuales hasta en la forma de tu esponja de baño— fue el primero en acuñar una expresión para referirse a una pulsión tan antigua como la humanidad misma: el “narcisismo de las pequeñas diferencias”, un mecanismo según el cual comunidades con territorios adyacentes y rasgos casi idénticos se empeñan en odiarse por detalles nimios. El concepto resulta extraordinariamente útil en el escenario de la política española, en particular al observar en el enésimo intento de unir a los atomizados partidos de izquierda. Si el bueno de Monterroso levantara la cabeza sin duda habría reescrito su más famoso microrrelato en estos términos: “Cuando despertaron, los partidos de izquierda todavía estaban discutiendo por el icono de su grupo de WhatsApp”.

Imagino asistir a un concierto de una orquesta filarmónica con mi traje de gala: Todos los músicos están de acuerdo en lo fundamental: la partitura debe ser progresista, el director no puede ser un déspota con delirios imperialistas y el público merece derechos sociales de primera. Sin embargo, la función no empieza nunca. El público empieza a removerse inquieto en sus asientos. Algunos silban, otros se van jurando en arameo. Yo decido quedarme (de lo contrario, no habría artículo) ¿El motivo del retraso? El primer violín se niega a tocar si el violonchelista no abjura de su pasado anarquista en la última asamblea de vecinos, y el flautista ha decidido escindirse para formar una “orquesta de vientos empoderados” porque el oboe usa una partitura en papel no reciclado.

Mientras tanto, en un estadio de fútbol próximo preparado para una actuación en directo, transmitida por redes sociales y apoyada por todos los magnates tecnológicos, oligarcas del mundo unido y tiranos de tres al cuarto, una banda de heavy social metal ha enchufado unos amplificadores del tamaño de un bloque de pisos. No necesitan afinar. Ni saber solfeo. Ni siquiera componer: eso ya lo hará una inteligencia artificial por ellos. Tampoco es imprescindible que suban al escenario; unos avatares 3D bastan. Solo deben pulsar las teclas adecuadas del bulo viral y gritar consignas que quepan en un tuit de catorce palabras. Las faltas de ortografía no penalizan. Su música es tan atronadora y burda como devastadoramente eficaz.

Mientras tanto, la filarmónica continúa empantanada en disputas bizantinas. Cada intento de ordenar el caos despierta de inmediato a los haters de guardia, siempre temerosos de perder un protagonismo tan ruidoso como irrelevante. Están tan ocupados en preservar la pureza moral de su interpretación de la sinfonía inacabada de Marx que olvidan un pequeño detalle: empezar los ensayos.

Es el eterno retorno de lo mismo, como diría Nietzsche (y con este ya he completado el trío de los maestros de la sospecha; prometo no añadir emoticonos con guiños). No hay nada nuevo bajo el sol. La izquierda se comporta como si la política fuera un certamen de virtud moral y no una herramienta imperfecta para

gestionar la realidad. Prefieren algunos ser propietarios absolutos de un glorioso 2% de los votos —puros, castos e inmaculados, aunque invisibles en parlamentos autonómicos y nacionales— antes que compartir un modesto 15% (¿estoy siendo optimista?) con alguien que no usa su misma marca de colonia.

Para terminar, una fábula infantil: cuando el lobo ronda, quizá lo menos urgente sea decidir si la casa se construye con acero inoxidable de producción sostenible, piedra caliza local u hormigón con certificado verde. Lo prioritario es levantar una casa sólida y cerrar la puerta. Ya discutiremos después el feng shui del salón. Antes de que el lobo se relama —mejor dicho, se chupe las zarpas— tras haberse dado un festín con nuestros restos.

Javier Serra

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