Portada » EL JACARANDA
anseve_A_young_noblewoman_in_an_elegant_vintage_dress_stands_un_2dc63a8e-40d6-4e48-8571-350e23994749

Aquella mañana, en la mansión de los duques de Chester, se notaba más agitación que de costumbre. La servidumbre se movía de un lugar a otro con diligencia y la tranquilidad que de ordinario reinaba en la solariega casa de campo se veía alterada por el trasiego y el ir y venir de los criados afanados en arreglar los salones y limpiar las enormes lámparas de cristal de modo que por la noche refulgieran como ascuas de oro. En sacar brillo a los hermosos candelabros de plata, como si pretendieran que compitiesen con el resplandor de las velas encendidas, y en adornar las mesas colocando profusión de jarrones conteniendo rosas de una rara especie conseguida mediante injertos y cuidados: la rosa azul Davinia con que lord Alfred quiso sorprender a su joven esposa bautizando con su nombre a tan bella flor azul, el color preferido de ella.

          El motivo de todos esos preparativos no era otro que celebrar el cumpleaños de la joven, de la cual estaba muy enamorado, con una gran fiesta que él mismo venía preparando cuidadosamente desde hacía ya algún tiempo para agasajarla. Se conocían desde niños y en sus juegos infantiles ella siempre hacía el papel de princesa raptada por un dragón alado, echando fuego por sus fauces, y él era el valiente caballero que acudía a salvarla luchando con el terrible monstruo hasta que lograba arrancarla de sus garras. Ella, como recompensa a tal valentía, se dignaba concederle su mano. Y así terminaban esos juegos de inocente y feliz infancia.

          Crecieron, pues, juntos y aquellos sueños infantiles se hicieron realidad. Davinia se convirtió en una bella joven de cabellos trigueños, ingenuos ojos azules y armoniosa figura, unido todo ello a una elegancia innata que emanaba de todos sus movimientos.

          Los dos, descendientes de rancia nobleza inglesa, tenían muchas cosas en común: amantes de la buena música, la poesía, los paseos a caballo por la campiña y, sobre todo, defensores a ultranza de la Naturaleza, los árboles, las flores y, en especial, los animales.

En su cuadra, los caballos eran tratados con especial cuidado y los perros, jamás atados – proverbial es el amor de los ingleses a estos seres-, eran considerados como si de un miembro más de la familia se tratase. Amén de los mil pájaros que volando en libertad alegraban con sus trinos el jardín.

          Una clara mañana de primavera se hallaban los dos jóvenes bajo aquel mítico árbol, hermoso ejemplar rey del jardín, que milagrosamente y a fuerza de cuidados algún antepasado había conseguido que creciese en aquellas latitudes de un clima inapropiado tan lejos de la América Tropical, su tierra de origen: el jacaranda. Su nombre significaba fragante por lo frondoso de la copa y las bellas flores azules que cada primavera lucía como lágrimas celestes. Objeto también de una antigua leyenda, se decía que dos enamorados, de frustrados amores, al morir se convirtieron él en el recio árbol y ella en sus bellas flores. También los poetas le habían dedicado inspirados versos: Yo quiero pisar la nieve azul del jacaranda, aludiendo en forma de metáfora a la lluvia de flores que al caer convierten el suelo en una gigantesca alfombra azul semejante  a las lágrimas de la enamorada de la leyenda. Tal era la belleza de aquel árbol tan querido por Davinia que, huérfana de padre desde muy temprana edad, cuando en algún momento se encontraba triste, corría hacia él y abrazada a su tronco hallaba el consuelo a su melancolía, como si de un padre protector se tratase ya que ella creció sin el amparo del suyo. Y el árbol, que parecía comprender su pena, agitaba las ramas como deseando darle un consuelo a aquella criatura tan querida para él

          Y bajo aquel raro ejemplar, aquella mañana de primavera, cayendo sobre ellos una lluvia de sus azules flores, Alfred atrajo a Davinia hacia sí proponiéndole que uniesen sus vidas para siempre. La joven enamorada, llena de júbilo, accedió a su proposición y el jacaranda fue testigo silencioso del primer beso que selló la mutua promesa de amor y su alma vegetal debió sentirse muy feliz al ser partícipe de la dicha de su querida Davinia, a la que tantas veces cobijó bajo sus ramas.

          Seguros de sus sentimientos, poco tiempo después celebraron los esponsales a los cuales asistió toda la nobleza del condado, antiguos lores y jóvenes amigos de la feliz pareja. Y la vieja mansión fue el marco de aquel acontecimiento que reunió a numerosos invitados en torno a los jóvenes duques que, ante un futuro esperanzador, formaban la pareja más feliz haciendo realidad las historias fantásticas que protagonizaran en su infancia.

          No faltaron los brindis al grito de ¡hip, hip, hurra y el baile que, naturalmente, abrieron los novios a los sones de un vals inglés que interpretaba la orquesta, más romántico y cadencioso que el vienés a decir de los bailarines que, deslizándose por el salón, disfrutaron de toda clase de ritmos bailables hasta altas horas de la madrugada en que comenzaron a despedirse no sin antes desear a los recién casados toda clase de parabienes.

          Al fin, solos, pudieron exclamar en el silencio del salón, antes lleno de bullicio y algarabía. Y enlazados por la cintura, sintieron deseos de salir al balcón para respirar un poco el aire perfumado que les llegaba del jacaranda profusamente cargado de flores cuyas ramas altas alcanzaban a las balaustradas. Davinia, alargando sus manos, las acariciaba con mimo como si de un ser animado y muy querido se tratase. Y el árbol, agradecido, le correspondía dejando caer en sus manos las pequeñas flores a modo de besos azules. Se diría que con ellos, su viejo corazón de madera también deseaba una eterna felicidad a la niña que vio crecer bajo sus ramas.

          Pasado un tiempo, otra noche de primavera, la joven Davinia se hallaba ante el espejo de tocador de su habitación acicalándose con esmero para la fiesta con que su esposo había querido obsequiarla con motivo de su cumpleaños. Recogió los largos cabellos en un favorecedor peinado que dejaba al descubierto su esbelto cuello y el vestido, largo y vaporoso, semejaba una túnica griega que favorecía su bien formada silueta.

          Contemplándose coqueta en el espejo, se sintió satisfecha con la imagen que este le devolvía cuando, de improviso, apareció sonriente lord Alfred sosteniendo un estuche en la mano.

          –Toma, querida, es mi regalo de cumpleaños –le dijo mientras le hacía entrega del mismo.

          Davinia abrió la tapa y con gesto de sorpresa descubrió que contenía un hermoso pendentif formado por una preciosa aguamarina, del color de sus ojos, rodeada de brillantes de un claro fulgor. Era una joya magnífica.

          -Querido, pónmelo tú. Con este peinado lucirá mucho más –rogó la joven, mientras Alfred colocaba sobre el desnudo cuello la valiosa alhaja que, en contraste con la blancura de la piel, resaltaba en todo su esplendor.

          Davinia besaba largamente a su marido, agradeciendo tan maravillosa joya, cuando sonaron unos discretos golpes dados en la puerta de la alcoba. Era Jack, el eficiente mayordomo que venía a anunciarles la llegada de los primeros invitados. Así que, sin hacerlos esperar, salieron a su encuentro recibiéndolos como perfectos anfitriones.

          Y poco a poco, nuevamente el salón de la mansión se volvió a llenar de invitados dispuestos a pasar una alegre velada durante aquella fiesta de aniversario en honor a Davinia.

          Esta, con su proverbial amabilidad y carisma, fue recibiéndolos uno a uno, junto a lord Alfred, dedicando a cada uno de ellos una frase amable de bienvenida. Todos eran amigos y viejos conocidos desde hacía mucho tiempo excepto aquel joven, de aspecto un tanto excéntrico en su forma de vestir y en sus modales poco elegantes, que nadie conocía y que se había hecho anunciar como conde de Lexinton -quizá su título era recién adquirido- y que por medio de no se sabía cómo había conseguido una invitación para la fiesta. Naturalmente, fue recibido como un invitado más y mezclado entre la nobleza parecía sentirse en su propia salsa pues no cesó de bailar con todas las jóvenes demostrando dotes de gran bailarín y buen conversador.

          La fiesta estaba resultando espléndida y Davinia se sentía feliz y agradecida a Alfred por aquellos momentos de felicidad que estaba disfrutando junto a sus invitados y orgullosa de aquel regalo, el pendentif, pasaba sus dedos por la joya como asegurándose de que aún seguía luciéndola en su cuello.

           Llegadas las doce de la noche, que el viejo reloj de pared daba con sus atipladas campanadas, se apagaron todas las luces del salón para hacer más efectista la aparición de la enorme tarta de cumpleaños, luciendo un rojo corazón de fresa iluminado por las velas simbolizando los pocos años de la joven. El efecto fue espectacular y todos los invitados, sorprendidos, prorrumpieron en sonoros aplausos en honor de la homenajeada.

          De pronto, se oyó un grito que dejó en silencio a todas las personas asistentes a la fiesta. Tal grito lo había proferido Davinia al sentir, ya que con la oscuridad nada podía percibirse, cómo faltaba del cuello el valioso pendentif.

          Encendidas las luces de nuevo, todos acudieron en torno a la joven tratando de averiguar lo que le había ocurrido. Davinia, presa de nerviosismo, se echaba las manos al cuello prorrumpiendo en sollozos.

         -¡El pendentif! ¡ Alguien me lo ha arrancado!

Un murmullo de asombro recorrió toda la estancia. Aquello era inaudito. Era de todo punto inconcebible que entre aquellos invitados, amigos de verdad, pudiera hallarse un vil ladrón. Y con disimulo se miraban unos a otros recelosamente pues una cosa era bien cierta: entre ellos se encontraba el autor del robo.

          La situación era por demás embarazosa cuando, de repente, se escuchó un nuevo grito, esta vez desde el exterior de la casa, procedente del jardín, y acto seguido el sonido de un cuerpo al caer en tierra.

          Como impulsados por un resorte, abandonaron todos el salón, corriendo precipitadamente hacia fuera, y al llegar al jardín cuál no sería la sorpresa de ellos cuando al pie del jacaranda encontraron el cuerpo sin sentido del conde de Lexinton.

          No hallando explicación a lo sucedido, llamaron de inmediato a la policía, tratando al mismo tiempo de reanimar al joven que, al ver llegar a los populares bobbies, y una vez vuelto en sí, trató de huir ante el asombro de los presentes que no podían dar crédito a lo que sus ojos veían.

          Una vez esposado, ante los rostros llenos de incredulidad de todos, el que parecía ser jefe del grupo pasó a informarles:

          -Tranquilos, señores. Este hombre, falso conde de Lexinton, como él se hace llamar, es un conocido delincuente al que hace tiempo ya le veníamos siguiendo la pista pues no es este el primer robo que comete ya que tiene un largo historial delictivo. Al arrebatarle a usted, lady Davinia, el pendentif, debió escapar por la terraza del salón, ayudándose de las ramas altas del jacaranda, con tan mala fortuna, buena en este caso para usted, de perder el equilibrio y caer desde lo alto del árbol. Suerte ha tenido de no matarse pues tan solo presenta algunos rasguños y moraduras. Quizá las ramas le han amortiguado la caída. Lo extraño es que no le hayamos encontrado la joya pues no la lleva encima ni tampoco la hemos visto por los alrededores del árbol pues es posible que la perdiera mientras caía. Pero no se preocupe, lady Davinia, la encontraremos cuando se le interrogue y acabe declarando y delatando asimismo a su cómplice, pues nos imaginamos que debe tener alguno. Buenas noches, señores.

          Y tras despedirse el policía llevándose al falso conde detenido, los invitados regresaron al interior de la mansión, aliviados al ver resuelto el caso con tanta rapidez gracias a la eficacia de la policía de aquel condado. Poco después comenzaron a despedirse no sin antes dar ánimos y sinceras muestras de amistad a lady Davinia, pero con el regusto amargo del final triste de una velada que comenzó siendo una agradable fiesta de cumpleaños y acabó frustrada por causa de aquel individuo indeseable, afortunadamente, ya detenido.

          Los días fueron pasando y del pendentif no se tenía noticia alguna. Parecía como si un ser misterioso lo tuviera oculto y no dejara descubrir su paradero. El falso conde había sido interrogado en repetidas ocasiones acerca de dónde lo había podido esconder o si cabría la posibilidad de que hubiese tenido un cómplice y este hubiera huido con la joya dejando a su compinche abandonado. Todo inútil. El autor del robo juraba una y mil veces que él no tenía la joya ni sabía qué había sido de ella, así como que tampoco existiese cómplice alguno.

          Mientras, lady Davinia seguía muy apenada por la pérdida de la joya que con tanto amor le había regalado su marido, no tanto por su valor material, que por supuesto lo tenía, sino por la ilusión que el joven había puesto al hacerle aquel obsequio, ya que era el primer regalo que le hacía después de casados y sentimentalmente significaba mucho para ella.

          Una noche, cercano el verano, cuando las ramas del jacaranda ya se hallaban desnudas de sus azules flores, cual lágrimas que él había derramado al perderlas, Davinia, no pudiendo dormir, quizá algo más entristecida que otras veces, salió al jardín y se acercó a su árbol, al cual tenía olvidado hacía algún tiempo. Necesitaba, como cuando de niña estaba triste, de su protección, de aquella fuerza que le transmitía cual tótem sagrado y que conseguía aliviar su tristeza. Y como antaño, se abrazó con fuerza a su tronco sintiendo en su ser que poco a poco la invadía una sensación de paz. La luna llena iluminaba al gigantesco árbol y a ella la inundaba de luz.

          De pronto, agradecida al sentirse reconfortada, alzó los ojos hacia las ramas altas del jacarandá y sorprendida observó que algo brillaba… ¡Y allí, en la rama más alta de todas, se hallaba colgado el pendentif!

          ¿Qué extraño milagro había ocurrido? La muchacha no daba crédito a lo que sus ojos estaban contemplando. El pendentif, que ya daba por perdido, estaba colgado de esa rama como si de una nueva y extraña flor le hubiese nacido al jacaranda.

          Y de pronto, comprendió. De pronto lo vio todo claro. El ladrón, tratando de escapar asido a las ramas del árbol, perdió pie precipitándose hacia el suelo, soltando involuntariamente en su caída la joya que quedó prendida en la rama como si el buen árbol la hubiese recogido aguardando que su querida niña la viniese a buscar.

          Sí, de nuevo el árbol, su alma vegetal, le había brindado su protección cual si de un amante padre se tratara ya que, al faltarle el suyo, él había asumido esa misión de velar por ella para siempre mientras se mantuviese en pie.

          Y Davinia, con los ojos humedecidos por la emoción, se abrazó nuevamente al recio tronco del jacaranda que feliz obsequió a la joven con la única flor que aún le quedaba prendida, como si no quisiera desprenderse de ella, esperando que la joven  viniera a recogerla como un último beso azul. 

Carmen Carrasco Ramos, Delegada Nacional Granada Costa

2 pensó en “EL JACARANDA

Deja un comentario