EL GALLO CHULITO – CUENTOS Y RELATOS TURULATOS
El gallo Chulito, llamado así por su afición a agarrarse a donde veía plumas y torneadas patas, se había enamorado de la vaca Petronila, nombre dado por su amo en recuerdo de un amor de juventud que le dijo: ¡¡Tururú!!
Chulito se empezó a quedar flacucho porque ella lo rechazaba y salía corriendo cada vez que él le ofrecía un ramito de flores e intentaba arrinconarla.
Su amo le daba todos los días, para animarlo, un cucurucho de tramusos, y para que no lo despertara todas las mañanas a toque de diana. No conocía a la tal Diana, solo sabía que madrugaba y que el pollo quería saludarla.

No había manera de que levantara cabeza. Sus amigos de parranda le guardaban los gusanitos más gordos que encontraban.
Incluso le regalaron una bufanda para que se abrigara la garganta y unos pantalones de lana rojos y en el trasero raja.
Era harenero de profesión, pero no de los que cargan arena en el río para echar al camión…, no. Él era jefe del harén y como todos los que tienen un harén vivía del cuento de una tal Sherezade, y desde que había llegado, no lo dejaba ir al grano, porque no paraba por las noches con cuentos y cantos y él, sin poder con su alma, tenía que dar el callo todos los días como hacen los de libre profesión que no teniendo ni despertador, se guían por el sol.

El gallo Chulito sufría y donde iba la vaca, allí él iba. Para que viera que era complaciente y que con él no le faltaría de nada, cuando abría la boca por un casual y porque tenía que respirar soltando un ¡Muuuu! ¡Muuuu! Él se animaba y le respondía ¡¡Quiquiriquí!!
Enfadada por tanto acoso le dijo una mañana, mientras rumiando se comía una remolacha y con la cola se abanicaba las moscas que le importunaban:
—Oiga, pollo… Me tiene hasta el moño. Amo a otro. ¡Ni se le ocurra enamorarse de mí! Además, ¿no cree que soy mucha hembra para cuatro plumas y una cresta?
Masculló la vaca, cansada de verlo plantado delante sacando el pecho con la cresta roja como un tomate. Y dándose la vuelta, con todas sus fuerzas, le manifestó su complacencia.
A este, al oír que tronaba, solo le dio tiempo de agarrarse a un manzano con la uña que usaba cuando le picaba algo.

Quedando con la lengua fuera del espanto y de las cuatro plumas le quedó plantada una como un penacho, dándole toque de indio americano.
Turulato por el revolcón y decepcionado con Petronila, se fue renqueante al gallinero a ver cómo iban los huevos del ponedero. Y porque le ilusionaba que los polluelos, al salir del huevo, lo vieran a él primero.
Aunque solo vio a una gorda mamá gallina que, al verlo llegar, cacareo, ¡¡Cocorocooo!! ¡¡Cocorocooo!!
Y él le contestó:
—¿Quiquiriquí?
Que traducido quiere decir: “Ahora no estoy pa ná, pero esta noche te pasas por el huerto y en el pajar del tío Nelo te espero”.
Y si la pesada Sherezade, que no para de contarme cuentos, se calla y se duerme, echaremos unos picoteos.
No lleves cena. Ponte medias negras y, para alumbrarnos, yo llevaré una vela”.
María Eloina Bonet Sánchez

Precioso tu aporte de, arte Marielo, me encantó la historia de ese gallo chulito, eres una escritora genial.
Te deseo un buen año 2022 y éxitos.
Tony Rojas.
Una maravilla Marielo, lasrima que el gallo chulito no sepa aprovechar los cuentos de Sherezade, que tiene para mil y una noches y se vaya por ahí a que lo apesten con desplantes de complacencia. Un fuerte abrazo.
Alberto
Marielo me encantó la historia de ese gallo chulito, muchas gracias por está aportación:)