El folio en blanco
“El folio en blanco” reflexiona sobre el verdadero sentido del llamado síndrome del escritor. No es el papel el culpable, sino la imaginación adormecida. Para Leonardo, cada hoja vacía es un espejo que refleja lo que llevamos dentro: un páramo árido o un vergel fértil, según la riqueza de nuestras ideas.

Leonardo contemplaba con los ojos entornados la blancura cegadora del papel que tenía ante sí, tal albura le resultaba dolorosa, no podía soportarla, Aquel brillo cegador, que nada definía, blanco sobre blanco, sin contrastes, sin matices, le deslumbraba, le hería la mirada y laceraba algo muy dentro de él.
Aquel sinvivir le arrastró a tomar de inmediato la pluma y ponerse a remediar las molestias que aquel albor le producía. Encontrar un folio en blanco abandonado sobre una mesa era un claro síntoma de que el propietario del papel padecía alguna indisposición, seguramente el llamado síndrome de la hoja en blanco y que al sentirlo, como les sucede a muchos, había huido espantado.
Algunos escritores, hay quien dice que muchos, aseguran que la visión del folio en blanco les resulta inquietante, estresante, estrés que la mayoría de veces termina por llevar el folio y las ganas de escribir a la papelera.
Leonardo opinaba que cuando esto se aducía, simplemente se quería ocultar que lo que estaba en blanco era la imaginación del autor que se quejaba. Esto sucedía en los momentos o en los siglos en que la inspiración se le ocultaba por entre los pliegues de la cotidianeidad, Era la excusa que se utilizaba cuando no se disponía de ideas con las que quebrar la burlona virginidad de aquel papel.
No era, como se quería dar a entender, aun sin decirlo, un problema que aportara la blancura del papel, sino una quiebra de la imaginación, o como tiene ya expresado nuestro amigo Leonardo, una treta o medida de presión que ejercían las letras que habitan el cerebro del autor, que estaban hartas de que se les privara del protagonismo que les corresponde como principales artífices de las creaciones literarias.
El autor se llevaba la fama cuando sobre el papel aparecía una buena obra y culpaba al papel cuando era incapaz de rellenarlo dignamente. Pero ni en un caso ni en el otro se hablaba de las letras.
¿Y de qué, sino de las letras estaba compuesta la obra?
Pero de eso hablaremos otro día.
A Leonardo le sucedía todo lo contrario, era ver un folio en blanco y le resultaba irreprimible la necesidad de cubrirlo con las ideas que debidamente ordenadas en filas de letras se alineaban guardadas en su cerebro. Ideas que debidamente ahiladas en los anaqueles mentales, él revisaba diariamente para que no cogieran malas formas, se mantuvieran libres de modismos indeseados y no se contaminaran con todo lo que se escuchaba a su alrededor. Él decía que las guardaba para que en el momento en que las necesitara, esto es, para cada vez que viera una página en blanco, tenerlas dispuestas a remediar tal desacato.
Era muy triste encontrarse con un folio en blanco, estuviera donde estuviera. «Un folio jamás debe sacarse del paquete si no es para escribir sobre él», era una de las máximas de Leonardo.
Al ver un papel en blanco desaprovechado pensaba que aunque hubiera sido un olvido, un descuido, o peor todavía, una desidia, había que poner remedio inmediato a aquella negligencia. Esa era una de sus creencias, de entre otras muchas que a la gente le dio por llamar extravagantes.
Un folio en blanco es el compendio de cualquier posibilidad para alguien que está dotado de imaginación y sabe administrarla, pero, al mismo tiempo, es un desierto sin fin para quien no posee esa imaginación, o llámesele inspiración, soplo de las musas o Perico de los Palotes.
Según Leonardo todos somos conocedores de nuestra capacidad imaginativa, con independencia de que queramos mentirnos o no y en el caso de que nos mintamos, es una temeridad extender ese desierto, el folio en blanco, ante nuestra insensatez. Ya que, si tenemos plena conciencia de que en los anaqueles de nuestro cerebro no hay más recursos que los necesarios para cubrir nuestras necesidades básicas, al enfrentarnos a ese espacio árido sin medios para transformarlo, estamos haciendo una tontería como podría ser esta.
Verdaderamente el folio en blanco es un baldío, pero cualquier erial puesto en las manos adecuadas puede convertirse en un vergel, solo hace falta tener los conocimientos precisos y la decidida voluntad de convertirlo en un refrescante y acogedor oasis en que descansar de una etapa y preparar la siguiente.
Un folio en blanco es el espejo de la riqueza que acumulamos en nuestra mente por lo que a unos les muestra un árido páramo yermo, mientras a otros les pone ante sus ojos el más fértil de los oasis, pero el folio, como el espejo no contiene ninguna de estas cosas, no contiene nada, solo es un reflejo y según lo que le pongas delante, eso te devolverá.
¿Qué pasa entonces, cuando alguien que, en otros momentos, mostró con su erudición, haber tenido una rica imaginación y ahora se espanta ante el folio en blanco? Lo primero que se me ocurre es pensar que no se encuentra en el momento adecuado para asomarse a esa blancura, todo tiene su tempo y no hay que forzarlo, pero también puede ocurrir que ya haya empleado todo cuanto podía mostrarle al espejo, ninguna de nuestras cualidades es infinita.
Lo que nunca debemos hacer es echarle la culpa al folio en blanco, como si él tuviera algo contra nosotros, como si quisiera arruinar nuestro orgullo. El folio como espejo que es, nada muestra hasta que haya algo que reflejar, es el terreno baldío que espera las manos que lo labren.
Pensemos ahora en la actitud de esos que dicen padecer el síndrome de la hoja en blanco, pensemos en la cara que pondrán ante ese campo baldío. Ya hemos dicho, que el folio en blanco se asemeja a un espejo, reflejando, por tanto, lo que se muestra ante él. ¿Qué cabe esperar pues que refleje cuando se enfrenta a uno de esos que tanto padecen? Sin pensarlo mucho diríamos que si buscan inspiración en un folio en blanco, andan equivocados, hay cosas mucho más evocadoras a nuestro alrededor, y mirando el folio en blanco se genera un círculo vicioso de inacción recíproca, donde el folio solo refleja el pasmo con que el escritor lo recibe a causa de su pobre o nula imaginación.
Esto es lo que se me ocurrió al ver un folio en blanco, ahora le corresponde al lector juzgar qué es lo que refleja.

